Reseña: Esperando a mister Bojangles, de Olivier Bourdeaut
Un folletín excéntrico y agridulce
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“Mis padres bailaban a todas horas, en todas partes”, es uno de los datos pintorescos que aporta el narrador de Esperando a mister Bojangles, la primera novela de Olivier Bourdeaut (Nantes, 1980), a medida que va construyendo un retrato familiar, en apariencia idílico.
Este hijo es un chico de edad indefinida que asiste a la escuela. Su padre, Georges, hizo una fortuna con una cantidad enorme de talleres mecánicos que luego vendió a un competidor. Se lanzó a este negocio impulsado por un amigo senador que decidió imponer una inspección técnica obligatoria a todo el parque automovilístico. Sus ganancias le han permitido comprarse un castillo en España y dejar de trabajar.
Los domingos por la tarde Georges hace unos ejercicios con pesas que denomina “gim-tonic” porque en la pausas se toma un gin-tonic. A todas horas se dedica a escribir libros y nunca llama a su esposa “del mismo modo más de dos días seguidos”. Ella trata a su hijo “como a un personaje de novela” y no quiere “saber nada de preocupaciones ni de penas”. “Cuando la realidad sea aburrida y triste –le dice al chico–, invéntese usted una buena historia y cuéntemela.”
El matrimonio tiene de mascota a una grulla y en un viejo tocadiscos siempre ponen la versión de Nina Simone de la canción “Mr. Bojangles”. Por su desacuerdo con las prácticas pedagógicas escolares, los padres sacan a su hijo del colegio y aplican en él sus propias ideas educativas. “Para las matemáticas –cuenta el chico–, me adornaban con pulseras, collares y anillos, me hacían contarlos para que aprendiera a sumar y luego me hacían quitármelo todo […] para que aprendiera a restar.”
El narrador describe todas estas excentricidades con afecto, humor y naturalidad y parece no compartir en absoluto la opinión de su maestra de que son “una familia de chiflados”. A lo largo de la primera mitad de la novela, el autor francés invita a sus lectores a un inofensivo juego de fantasía que algunos considerarán muy divertido. A otros les costará participar de él porque quizá les resulte superficial y no encuentren suficiente “interés humano” como para lograr “la voluntaria y momentánea suspensión de la incredulidad” de la que hablaba Coleridge.
Después de ciertos incidentes la actitud del chico cambia y reconoce que su madre está “perdiendo la cabeza por completo”. Cuando ella casi incendia la casa, la internan en una clínica psiquiátrica. Incluso en esta situación persiste un criterio positivo de la locura que surge más sensata, entretenida y amable que una supuesta cordura regida por una normalidad alienada, aburrida y severa. Esta paradoja ya fue tratada con maestría y sutileza poética por el director Philippe de Broca en la película Rey por inconveniencia. Poldy Bird también la abordó –desde una perspectiva más intimista– en su cuento “Mamá de niebla”.
Bourdeaut intercala en la trama central fragmentos de los textos que Georges escribe en sus cuadernos privados y que su hijo añade a su propio relato. “Yo no podía resignarme –dice en uno– a terminar la novela que era nuestra vida sin añadirle un punto final teatral. Teníamos que ofrecer a nuestro hijo un desenlace a la altura de lo que había sido la narración: un folletín alegre, lleno de sorpresas y rebosante de amor.” Para cumplir ese propósito Georges y su hijo fingen el secuestro de la madre, la sacan clandestinamente de la clínica psiquiátrica y los tres se refugian en el castillo español.
Aunque en la parte final los hechos irrumpen de manera impiadosa y quiebran el tono despreocupado (las palabras del padre incluso podrían traslucir una ironía ominosa), en la interpretación de los hechos se busca preservar el “folletín alegre” y se sacrifica la congruencia emocional a favor de una verdad ilusoria, edificada “con mentiras a diestra y siniestra”.
ESPERANDO A MISTER BOJANGLES
Por Oliver Bourdeaut
Salamandra
Trad.: J. A. Soriano
149 páginas, $ 245




