Reseña. Prins, de César Aira

Parodia en varias direcciones
Débora Vázquez
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7 de octubre de 2018  

Reseñar un libro de César Aira es forzosamente una forma de plagio, porque casi todos ellos –y Prins no es la excepción– vienen con la crítica incluida, como si el propio autor hubiera decidido colocarla ahí, sin camuflaje, desencriptada. En otras palabras, por un lado está el relato propiamente dicho y, por otro, el relato de cómo está hecho ese relato, que en definitiva terminan siendo uno y el mismo.

Tener plena autoconsciencia de lo que se escribe es como redactar con un íncubo curioso apostado en el hombro. Y la imagen medievalista viene al caso porque el protagonista de Prins es un celebrado novelista de género gótico que decide dejar de escribir para preservar a sus lectores de su nefasta literatura. (Los talentosos fracasados son uno de los blancos favoritos de Aira.) Se le plantea entonces una duda existencial: ¿qué hacer con el tiempo ocioso? Y tras pasar revista a una infinidad de posibilidades opta por hacerse adicto al opio, extraviarse en sus visiones, olvidar sus problemas, mudar de dimensión. Es un plan de evasión perfecto, además de una velada metáfora de la literatura, y funciona.

El final encuentra al protagonista vagando por los pasadizos secretos de la Facultad de Ingeniería. Y recién entonces se advierte que el título, Prins, no es ajeno a la trama. Arturo Prins fue el arquitecto que dejó descabezado ese edificio gótico conocido como "la catedral" y el héroe de una falsa leyenda urbana que le improvisa un suicidio, tras una vida enajenada dentro de esa maldita obra en construcción.

La primera persona de Aira es muy mental. Y si bien hace muchas cosas, piensa muchísimas más. Su motor, por más que resulte paradójico, es la digresión. Pequeñas teorías, enumeraciones, explicaciones acerca del funcionamiento de determinados mecanismos, divagaciones, cálculos inútiles. Todo cabe en Prins, desde un debate intelectual acerca de la mala prensa que tiene la palabra "obvio" hasta la recapitulación del auge y ocaso de un vehículo como "la Estanciera".

El eficiente hilado de la trama y el empleo de un lenguaje sin veleidades es un buen contrapeso para la imaginación barroca de Aira. Pero lo más asombroso es la precisión de ese lenguaje, vastísimo por cierto, y su talento para el adjetivo justo e impensado, como por ejemplo cuando habla de "las simetrías asimétricas" o "el hedonismo puro y duro".

Desdecirse es una buena coartada para desorientar al lector y colocarlo en el centro de un laberinto. Hay una voluntad de desestabilizar, de superponer dimensiones, de crear objetos duchampianos como "la ballesta capicúa", que dispara al mismo tiempo dos fechas en direcciones opuestas, de marear con juegos de cajas chinas. El más evidente en Prins tiene que ver con el oficio del protagonista, que al principio asegura ser un escritor de novelas góticas, para reconocer luego que sus libros eran escritos por sus sirvientes, y finalmente que estos últimos no hacían más q ue copiar, plagiar –al igual que el Pierre Menard de Borges– los clásicos de la literatura gótica.

La parodia en Prins no solo apunta a la literatura de género, sino también a la de vanguardia. Aira sabotea al novelista que no fue y al novelista que es. Crea una obra centrada en sí mismo, se inventa como escritor y a la vez se pregunta cómo dejar de serlo. Un bildungsroman en reversa, o una novela de desaprendizaje. El trazo de su pluma es capaz de convertir una cosa en cualquier otra. Parecería que su libertad fuera absoluta. Pero esto no es cierto. Como en los cuentos de hadas, hay algo que siempre le estará vedado: asumirse como escritor serio y dejar de ser inteligente.

Prins, César Aira, Random House. 137 páginas, $ 399

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