Más allá del policial. Otras historias, otros ámbitos

Los autores de género negro no siempre recurren a las tramas criminales por las que se hicieron conocidos, como prueban, entre otros ejemplos actuales, la nueva ficción de Leonardo Padura y un último libro de Andrea Camilleri
José María Brindisi
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21 de noviembre de 2020  • 00:00

Todo relato es, en última instancia, policial. La idea pertenece a Ricardo Piglia, y define el carácter de lo narrativo: siempre estamos yendo, incluso aunque no tengamos conciencia de ello, hacia alguna parte; siempre hay, en una historia, un norte que nos llama. Quizá se deba a esa raigambre detectivesca el hecho de que el género policial, en el fondo, no le sea del todo ajeno a ningún narrador y que atraviese la literatura contemporánea portando infinitas máscaras.

Lo cierto es que la evolución o, más atinadamente, transición entre el llamado policial "blanco" -el de Poe en Los crímenes de la calle Morgue o el de las novelas del prolífico William Wilkie Collins-, en el que predomina la razón incluso cuando los hechos resultan inexplicables, y el "negro", en el que el universo todo parece teñido por esa tonalidad -con Dashiell Hammett y Raymond Chandler como estandartes-, amplió o diluyó sus fronteras; no obstante, es en los grises donde suelen encontrarse los mayores hallazgos. Alcanza con observar la saga de G.K. Chesterton protagonizada por el padre Brown, ese híbrido firmado por Anton Chéjov -y recuperado por Borges y Bioy para la célebre colección que dirigieron en Emecé- cuyo título es Extraña confesión, o hasta algunos momentos del emblemático Sherlock Holmes de Conan Doyle, para vislumbrar hasta qué punto esos límites ya eran bastante endebles e incluso permitían pensar el policial no solo como un género sino en ocasiones como un medio, una lógica, un modo de ver el mundo desde su violencia naturalizada u omnipresente, y también desde sus misterios.

Esa transformación progresiva, o ese abanico ampliado, necesitó en adelante nutrirse de múltiples materiales, y acaso reflejó cada vez mejor la amplitud de intereses de autores como el brasileño Rubem Fonseca o el español Manuel Vázquez Montalbán, en los que el crimen parece en general una excusa para entreverarse con las profundidades y sin duda ambigüedades de la mente y del alma.

Discípulo del español, y nacido en 1925 como Fonseca -y como él, fallecido recientemente, ya nonagenario-, el italiano Andrea Camilleri no solo engendró en sus novelas policiales a un comisario-filósofo, cuya transparencia jamás fue sinónimo de sencillez, sino que además se tentó con sacar ambos pies del plato policial y desde allí entregar algunas de sus páginas más brillantes, como en el encantador absurdo de La concesión del teléfono o esa suerte de semblanza novelada de la vida de Pirandello llamada Biografía del hijo cambiado. Uno de los últimos libros del siciliano, que acaba de publicarse en español, es La liebre que se burló de nosotros, una serie de cuentos breves en los que un narrador interpreta las acciones de diversos animales (de la liebre del título a un zorro) y su relación con los humanos.

Otro descendiente ilustre del creador de Pepe Carvalho es el cubano Leonardo Padura, cuyo alter ego, el detective Mario Conde, ha dejado espacio de vez en cuando a inquietudes cada vez más diversas; sucedió, entre otras, con la notable El hombre que amaba a los perros -centrada en el asesino de León Trotsky, el enigmático Ramón Mercader-, y ahora vuelve a suceder con Como polvo en el viento, una ambiciosa obra de casi setecientas páginas concebida como el testimonio de toda una época.

El disparador de la novela de Padura es una foto: la misma aparece en el Facebook de la madre de Marcos -un cubano recién arribado a Miami-, y este se la enseña a su novia Adela, que aunque nació y vivió siempre en el exterior posee raíces en la isla y parece, para amargura de su propia madre, encaprichada en ahondar cada vez más en ellas. La imagen, festiva -la celebración de un cumpleaños, un cuarto de siglo atrás-, guarda un tinte nostálgico: se trata de la última vez que todo aquel grupo de amigos, el de los padres de Marcos y que se apodaba a sí mismo El Clan, estuvo reunido en pleno; unos días más tarde una tragedia se encadenó con otra, y allí comenzó el derrumbe. Pero el punto de inflexión, en el presente, pasa por Adela: algo vio, en aquella imagen de 1991, que la inquieta, y que en adelante comienza a desovillar la trama.

Ese viaje en el tiempo se torna una historia dispersa, pero es justamente esa cualidad digresiva, con sus morosidades fructíferas y algunas más arbitrarias, el núcleo que la novela misma pone en juego: Padura retrocede y -mientras el presente se articula como una larga espera- nos obliga a seguirle los pasos a cada uno de los protagonistas del Clan, a ser testigos de su dispersión. En función de ello, resulta esencial comprender que al margen de otras críticas a la realidad sociopolítica de su país que acaso el autor jamás había llevado a tal punto. Dicho sea de paso, Padura continúa residiendo en Cuba, en la misma casa de toda su vida.

Como polvo en el viento se centra en los años del llamado "Período Especial", un tiempo de una precariedad extrema hija de la caída de la URSS y el continuo bloqueo a la isla caribeña por parte de Estados Unidos. La dispersión geográfica, que asimismo es emocional -la mayoría termina labrándose barreras para no sufrir-, parece en muchos de los protagonistas de la novela enteramente comprensible.

Haciendo abstracción de la máxima de Piglia aludida al comienzo, poco y nada hay en el último Padura de sus raíces policiales, y es posible que en verdad la trama sea lo más débil de una novela que sin embargo conmueve a voluntad. Padura se las arregla de sobra para ramificar la expectativa, demostrando que su identidad de autor le paga cuantiosos dividendos. El caso inverso, podría decirse, es el de escritores de policiales como el sueco Henning Mankell o John Banville -que acaba de dar de baja a su seudónimo Benjamin Black, superando al fin el pudor de haber pecado volcándose al género criminal, y firmó Snow, su más reciente novela con su propio nombre-, que arribaron con éxito a las costas del género negro ya con un recorrido extenso en la novela tradicional y con un universo más amplio.

Si el policial sigue gozando de buena salud, tal vez se deba en gran medida a esta clase de escritores que, lejos de limitarse, beben de distintas fuentes y saben que la buena literatura es una batalla que puede darse en infinitos campos.

LA LIEBRE QUE SE BURLÓ DE NOSOTROS

Andrea Camilleri

Duomo

Trad.: Oriol Sánchez Vaqué

196 págs./$1095

COMO POLVO EN EL VIENTO

Leonardo Padura

Tusquets

669 páginas

$ 1600

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