Secretos de una pasión inabarcable
¿Por qué el libro resiste la metamorfosis bit? Algunas ideas y la movida de las librerías independientes de la Ciudad de Buenos Aires, este sábado, de 14 a 20
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Leer no es leer. Leer es una experiencia alucinatoria inducida por una cadena de símbolos impresos en las páginas de un libro, acaso el más inocente de los instrumentos creados por la civilización, y también el más formidable.
¿Por qué pervive el libro, en el rutilante diluvio audiovisual? Me dirán que la pregunta es ociosa, porque el libro está obsoleto. O no me lo dirán. Lo pensarán y me dejarán hablar como a un loco. Pero entonces llegará la Feria del Libro, como cada año, y de nuevo llenaremos pabellones de pasillos que se bifurcan con volúmenes incontables. ¿Por qué?
Ahí está Agustina, la hija de unos queridos amigos míos. Tiene 14 años y no para de leer. Libros de papel, claro. Su pobre madre, que no sabe ya cómo costear la afición de su niña, se lamenta, sin poder ocultar su orgullo: “¡Un libro cada dos días!” Recuerdo entonces las palabras de mi padre, que en los años más penosos subrayaba una prerrogativa, con idéntica satisfacción: “En esta casa siempre hay plata para libros”.
El sábado que viene, de 14 a 20, las librerías independientes (sí, esas en las que uno encuentra joyitas insustituibles y en las que se demora durante horas fragantes con el corazón en la boca) tendrán una jornada de lectura y acciones conjuntas. Se llama Leer es un buen plan, y el título es impecable. No hay otro plan mejor, como no sea tal vez el de viajar. Pero algunos preferimos leer.
A la movida, originada por cuatro librerías (La Coop, Suerte Maldita, Ritualitos y Mandrágora), ya se sumaron otras treinta, y no para de crecer, me decía ayer Valeria Solarz, a cargo de la prensa de Leer es un buen plan. Tengo ganas de ir, y esa no es ninguna novedad. La pregunta es: ¿por qué? ¿Qué pasa con el libro? ¿Por qué se resiste a desaparecer, al revés que los otros hijos de su época, devorados por la metamorfosis bit?
Se vienen acumulando, en torno de los libros y las bibliotecas, una serie de confusiones y mitos aluviales, falacias centenarias y fotogramas de películas insensatas que fueron construyendo una mística errónea basada en malentendidos y caricaturas. La pasión por la lectura no empieza con la lectura, sino antes, con la escritura.
Alguien me decía el otro día en Facebook, por una foto que publiqué, que le parecía raro que todavía siguiera escribiendo a mano. Le respondí que, por el contrario, tenía mucho sentido, porque escribir es algo del cuerpo, como bailar. Es una extática combinación de la danza con la pintura y la música. Escribimos con las manos, como sembramos o tejemos; como acariciamos o amasamos el pan; como damos un puñetazo indignado sobre una mesa penumbrosa. En mi caso, uso desde hace 30 años una Mont Blanc Meisterstük Clásica; la pluma está gastada de acuerdo con mi forma particular de escribir, y nadie más tiene, por lo tanto, autorización para tocarla. Es así: uno escribe con el cuerpo y eso se proyecta en libros que tienen volumen y peso. Que tienen perfume y textura. Que esperan ahí, no se apagan como una app. Son los ladrillos de nuestras bibliotecas, que suelen arrancar humildemente, con unos pocos volúmenes, como los de Agustina, que dentro de muchos años acariciará los lomos dormidos y recordará épocas idas con lágrimas tenues en ojos más sabios. La mía empezó con unos libritos pulp que todavía conservo; fueron mi pasaje a esta afición que me llevaría hasta lo más alto y lo más hondo de la naturaleza humana. Con varios miles de volúmenes, esa biblioteca es hoy muchas cosas. Sobre todo, es un lugar, un tópos, un espacio. Nos sentimos resguardados en nuestras bibliotecas. Como fortalezas, nos protegen, y también nos aconsejan. Nadie usa una biblioteca; uno está en una biblioteca. La recorre. Escoge un volumen, lee un párrafo, consulta el oráculo de Avon, se vuelve a emocionar con Dickinson. Y todo arranca en las librerías, sobre todo en esas que contienen libros insustituibles y ofrecen una experiencia fascinante y embriagadora. ¿Que si hay libros insustituibles? Claro que sí. Pueden comprobarlo este sábado.







