Sopa de primavera en su honor
Tomaba la sopa, pero no quería crecer. Me consta. Un día tuve que llamarlo a su casa de Mendoza, hace tres años, y Quino me atendió el teléfono tomando una sopa. El caso, ese mediodía, era que Les Luthiers había ganado el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades –mismo galardón que, cuando se llamaba "Príncipe" de Asturias, el dibujante había obtenido primero –, y queríamos consultarlo sobre ese nuevo hito internacional para el humor argentino. Pensé que me estaba haciendo una broma cuando me lo dijo. ¿Justo él saboreando una sopa? Se rio –nos reímos juntos, era potencialmente un buen chiste– cuando le señalé tamaña paradoja: que el padre de Mafalda, la pequeña heroína de la infancia inteligente, famosa, entre tantas cosas, por su alergia declarada a "esos brebajes espantosos", confesara con tanta soltura el menú del día era para carcajadas. Y no paró hasta hacer sonar la cuchara contra el fondo del plato. Después de ese anecdótico intercambio, ya no hubo más entrevistas. Lo lamenté.
Aquel día, que ayer evoqué inmediatamente como una pequeña viñeta personal cuando supe de la triste noticia de su muerte, Quino estaba contento. Ya tenía 84 años y tuve que hablarle reclinada sobre el micrófono, fuerte y claro, para que con el manos libres pudiera seguir la conversación (y él sin largar la cuchara). Enseguida entendió por dónde venía la mano. Yo le proponía empardar su trayectoria con la de Les Luthiers a través del humor culto. Y él prefería hacerlo notar así: "La clave de su éxito, de la carrera tan fructífera y larga que tienen, está en ese humor tan extraño para este país, donde existe la tendencia de hacer reír con cosas groseras. Nunca se vulgarizaron ni bajaron su nivel. Además, son muy modestos, no son fanfarrones. El premio es simpático y ellos son muy simpáticos también", describía en tercera persona, pero sonaba como si se estuviera mirando al espejo.
No supo decirme entonces qué había hecho con los 50.000 euros que le dieron los reyes de España después de que Felipe le apretara la mano con una sonrisa que capturaron fotógrafos de todo el mundo. Sí recordaba que, más que un souvenir, la escultura de Miró la tenía bien a la vista en su casa, y sobre todo apreciaba mucho que le hubieran regalado unos juguetitos de goma, apilables, de colores, tipo bloques. Cosa de chicos, y ya decíamos, en la semblanza que le dedicamos para despedirlo, que él no quería crecer.
"El discurso de Mafalda estaba agotado y por eso dejé de hacerla, aunque los problemas que trata se van renovando y algunos están cada vez peor. Ahora tenemos al señor Donald Trump, que ha venido a traer un conflicto que hay que ver cómo lo resuelve este guapo..., que lamentablemente no es del 900", comentó después.
Se ha intentado explicar de varias maneras durante todo el día de ayer por qué Mafalda conquistó a generaciones y generaciones y generaciones de lectores. Mi hija de 9 se agarró con ambas manos la cabeza cuando supo que había muerto Quino. "De viejo murió", escuché que le advertía luego a una amiga por Zoom, como si la tranquilizara que no le hubiera pasado "nada malo". La naturalidad de los niños. Y al rato estaba ahí, en la biblioteca del living –donde van los ejemplares que no son suyos ni míos, los de todos–, hojeando el libro gordo de tapas anaranjadas que De la Flor editó cuando cumplió medio siglo. "Tiene olor a Mafalda", confirmó en el arranque, y empezó a reírse con el primer cuadrito. La perdí entre las páginas. "¿Y cómo hace uno para pegarse esto en el alma?", pensé enseguida, citando a la chica de la melena negra, mientras los mensajes se agolpaban en todas las pantallas y el trabajo urgente no me dejaba seguir dándole vueltas al asunto de la curita. Es que Mafalda nos dejó un montón de preguntas sin respuesta. En casa, de cena, ayer servimos una sopa de primavera en su honor.






