Reseña: Síndrome Praga, de Juan Pablo Bertazza

Laura Cardona
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23 de junio de 2019  

Rodrigo, el narrador de Síndrome de Praga, primera novela del poeta y periodista cultural Juan Pablo Bertazza (Buenos Aires, 1983), es un argentino que deja su trabajo de organizador de eventos en Buenos Aires por otro como guía de turismo en Praga, destino que desconoce tanto como el idioma. El día de su arribo, luego de ir en la dirección equivocada y perderse, tiene la sensación de haber llegado a una ciudad impredecible. Hay una distancia importante entre la ciudad imaginada y la real, piensa. Sobre todo en un lugar en que el lenguaje es totalmente ajeno y se convierte en gran figura a descifrar. Cómo es de verdad la ciudad bajo la apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde es el desafío que enfrenta el viajero, no el turista. Para el último basta un guía que le cuente la ciudad, o se la invente. El narrador tendrá varios desafíos por delante, el mayor quizá va a ser su propia extranjería, y no solamente por estar en otro país sino porque no siempre parece estar donde quiere estar, porque llega tarde, porque se pierde.

Rodrigo va a trabajar para DeePrague, la empresa turística de Iván, junto con otros compañeros, todos extranjeros y con sobrenombres latinos: Gonzalo, un egipcio; Roa, arrogante y competente guía y Katka, que se convertirá en el amor del argentino. El proyecto de Iván no es tanto innovar en recorridos como inventar nuevas leyendas y así se desarrollarán los tours, con un poco de historia real y otro poco de fabulación. Los comienzos de Rodrigo como guía son patéticos porque es lanzado con un mínimo de preparación y debe enfrentar preguntas de contingentes que no puede responder. Entonces miente e inventa, aunque se siente mal por hacerlo. Sin embargo, su progreso laboral irá de la mano de su papel como viajero que aprende a perderse en la ciudad y a palpitarla. Praga va apareciendo en el relato desde distintos ángulos y zonas, y cualquier lugar es bueno para convertirlo en objeto turístico: homeless, prostitutas, una iglesia, el campo de concentración de Teresin o el terrorismo islámico.

Fuente: LA NACION

Bertazza hace foco en una perspectiva interesante: el guía de turismo como narrador de ficción, con capacidad de referir datos e historias verídicas y de construir historias dentro de la historia, inventando, exagerando, resignificando. Visitar una ciudad y disponerse para que un guía la cuente también es un pacto de lectura.

La historia incorpora una línea argumental fantástica que funciona como eje menor pero determinante: en la frente de los habitantes aparece un número de cuatro cifras de modo inexplicable, que indica la fecha de muerte. Hay una invasión mediática y mucha desesperación junto con teorías literarias que relacionan el fenómeno con el famoso Golem. También un uso promocional: Iván manda a hacer vinchas con números para que los turistas se pongan en la frente. La atmósfera kafkiana es, sin embargo, más del personaje (que no leyó a Kafka) que de la historia.

El humor es una de las dimensiones destacables. Los encuentros y situaciones que vive Rodrigo y sus compañeros suelen ser desopilantes. Todo queda asentado en el diario que el personaje escribe día y día. Rodrigo escribe para entender: las emociones, los sinsabores, la desorientación, el desajuste externo. El diario también se convierte en una guía para el lector, casi como una puesta en abismo.

"Ya ve que hay cosas entre el cielo y la tierra de las que no tenemos ni la más mínima idea", reza uno de los epígrafes. Para este narrador entusiasta, desorientado, que se queja y a veces se siente como una pelota que van pateando los checos, Praga es ese espacio entre el cielo y la tierra que comienza a abrirle una geografía propia, personal, siempre extrañada que, a veces, coincide con el lugar real. En todo caso, la de la novela es una más de las ciudades invisibles que el lector debería visitar.

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