Reseña: Felicidades, de Juan José Becerra

José María Brindisi
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7 de julio de 2019  

No siempre, pero con mayor frecuencia de la que se cree, la literatura demuestra que uno más uno es, sencillamente, dos. Esa aritmética semántica irrumpe en la última novela de Juan José Becerra (Junín, 1965) a partir del juego que se establece entre el título del libro, ¡Felicidades!, y el demoledor epígrafe de Céline que antecede la historia: "Es juventud lo que pedimos de nuevo". En la distancia que surge entre la algarabía y la angustia, el título reelabora numerosas veces su sentido. Andrés Guerrero, su protagonista, es un hombre que acaba de cruzar la barrera de los cincuenta años y es asaltado por una brutal crisis de la mediana edad. Esa crisis no solo potencia su natural cinismo sino que además lo empuja a inmolarse en una suerte de constante sincericidio, como si buscara estrellarse para que algo, por fin, logre conmoverlo.

Antes de esa pugna, que no se presenta como una operación racional sino como un tsunami que pone en cuestión cada pieza del rompecabezas humano que es Guerrero, hay un viaje a Europa, una serie de encuentros con los espacios y coprotagonistas de la vida de Julio Cortázar, que el personaje emprende como curador de una inminente muestra dedicada al autor de Rayuela para el centenario de su nacimiento. Su mayor interés en el proyecto, sin embargo, es el de usufructuar la memoria del escritor para concretar la compra de un auto de lujo.

Guerrero hace el viaje en compañía de una pequeña comitiva, de la que forma parte una belleza irresistible que, para colmo, es la hija de un gran amigo, una suerte de sobrina postiza que lo arrastra a una previsible dependencia sexual y, más allá todavía, a una enfermiza ansiedad por recuperar el tiempo perdido. Muy pronto se intuye que la historia entre ambos encontrará un destino lógico: la felicidad plena, la debacle o ambas cosas a la vez.

¡Felicidades! es también, en principio, un espacio casi mágico: un bar en el que un alquimista al que apodan Samurai oficia de gurú de la noche. Para Guerrero, el lugar se convierte en algo así como un refugio, un oasis al que puede acudir para aislarse de las dudas que le produce el vacío cotidiano. Samurai lo trata como a un hermano menor, y aunque lo único que no parece poder brindarle es precisamente "felicidad", sí posee un catálogo de fuegos de artificio que al menos disimulan su falta.

Entre los muchos hallazgos de ¡Felicidades!, novela que confirma a Becerra como una voz importante de la actual narrativa argentina, está el de lograr que la figura de Julio Cortázar, aun atravesada por la feroz ironía de su narrador, aparezca desde una nueva perspectiva ("Cortázar me parecía una figura pop inflada como todas las celebridades, de una escala mucho mayor a la obra infantiloide en la que se apoyaba y que solo podía ser leída por jóvenes indefensos o adultos infradotados."; "el vanguardismo tardío de Cortázar, el provincianismo francófilo de Cortázar y los aires de superioridad de Cortázar, en los que siempre creí ver agazapado un fantasma de inferioridad social".)

La segunda parte de la novela parece atravesar todos los géneros posibles. Al margen de esa pirotecnia argumental, y de la mano de una percepción lúcida que cristaliza el absurdo en el que a menudo se autoflagelan tanto el mundillo de la literatura como el del arte, el valor fundamental de la escritura de Becerra reside en un falso tono coloquial que, trabajando sobre los pliegues del humor, se apropia de cada acto y cada pensamiento del protagonista para traducirlo en sus propios términos. Guerrero -y Becerra a través de su protagonista- siempre tiene algo que decir, como si el mundo lo pidiera a gritos y no hubiese otra posibilidad que aceptar el reto.

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