Reseñas.Todos contra todos y todos contra uno mismo, de Bob Chow

Emiliano Sued
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24 de diciembre de 2016  

Una de las primeras manifestaciones literarias de lo que hoy se conoce como ciencia ficción fueron los relatos imaginarios de viajes espaciales. A mediados del siglo XVIII, se publicó “Micromegas”, un cuento que es considerado uno de los antecedentes más trascendentes del género. El pionero autor de las páginas que narran la visita a la Tierra de un ser proveniente de un planeta de la estrella Sirio fue el francés François-Marie Arouet, mucho más conocido por su seudónimo: Voltaire (1694-1778). Más de doscientos sesenta años después, la ciencia ficción, en sus diversas derivas, goza de buena salud, y el uso de seudónimos, acaso más difícil de sostener en estos días, aún se practica. El premio La Bestia Equilátera de Novela en 2016 fue para Todos contra todos y cada uno contra sí mismo, ficción futurista del escritor conocido sólo por el seudónimo Bob Chow (Buenos Aires, 1963).

El futuro imaginado en Todos contra todos… es una proyección aparentemente cercana, bastante conectada con la actualidad, verbalmente acentuada por el prefijo súper. Uno de los dos escenarios en que se desarrolla la novela es Buenos Aires. El punto de enunciación incluye una desilusión, una mirada hacia atrás que parece suspirar por una expectativa no cumplida y que instala un cariz distópico: “El futuro resultó ser villas miseria superpobladas y estas pequeñas pantallas desbordadas de mensajes”. Las mejores viviendas son monoblocs de “paredes industriales, construidas en forma rápida y efectiva, aprovechando el máximo espacio en el menor tiempo posible”. No sólo hay una Plaza Nisman donde el fiscal es homenajeado por un altar que lo consagra santo, sino que además su muerte todavía es materia de análisis periodístico.

El otro escenario es Samaipata, la localidad boliviana que fue parte del vasto Imperio inca. Sus ruinas, aunque menos visitadas, son tan valiosas como las de Machu Picchu. La vegetación de la región es exuberante, selvática. Allí reside la alemana Cordelia Krause, uno de los dos protagonistas. Trabaja para el laboratorio Quartech y fue enviada desde su país natal para seleccionar plantas autóctonas con potencial medicinal. Su belleza es inobjetable; una “anomalía genética”, a los ojos del narrador. Ésta y otras virtudes la sitúan al límite de lo humano. Para el ingeniero informático Martín Orlog, el segundo protagonista, será inevitable sentirse atraído por Cordelia. La sucursal de Quartech en Buenos Aires lo envía a Samaipata por unos días para resolver “asuntos operativos”. Orlog lleva consigo un supervirus: una versión presuntamente superior a todas las armas digitales conocidas. Además de su relación amorosa con Cordelia, su afición por la espeleología le dará otra razón para seguir en Samaipata; rápidamente se sentirá atraído por la chinkana, un pozo de profundidad y estructura desconocidas, en el que pocos se han atrevido a descender y del que nadie ha logrado salir.

Breves reflexiones científico-filosóficas y curiosidades informativas enriquecen la prosa de la novela, cuya trama es atractiva a pesar de que sus mejores intrigas quedan sin resolver. Todos contra todos… está atravesada por dos temas de recurrencia obsesiva: la inteligencia artificial y la inmortalidad. La consecución de la primera conduciría a la segunda. Una computadora que fuera capaz de autoprogramarse podría potenciar su rendimiento de manera exponencial. Esa “superinteligencia tendría como fin principal alcanzar la inmortalidad del ser humano”, asevera Orlog. Ese horizonte de expectativas está promovido por las ideas del estadounidense Raymond Kurzweil, actual director de ingeniería en Google y profeta de la singularidad: momento de la historia en que no habrá una distinción clara entre humanos y máquinas; el cuerpo será una combinación de componentes biológicos y cibernéticos. En el futuro imaginado por Chow, Orlog especula con un porvenir en que “el único temor pase a ser la sumisión al aburrimiento eterno”.

TODOS CONTRA TODOS Y TODOS CONTRA UNO MISMO. Bob Chow. La Bestia Equilátera 208 págs., $ 230

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