El miedo a comenzar una nueva historia de amor
Hace muchos años, antes de casarme, solía ir con una amiga al mismo bar de siempre. Ahí nos cruzábamos con personas con las que jamás hablábamos en la semana, de las cuáles sabíamos poco y nada pero que ese fin de semana se convertían en amigos. Efímeros amigos de un sábado a la noche con los cuales llegué a sostener algunas de las conversaciones más profundas. Creo que a veces nos resulta más sencillo hablar de sentimientos complejos con perfectos extraños.
Y había un chico en especial, uno al que veía ahí casi siempre. Teníamos veintilargos. Cuando él no tenía pareja, yo sí y viceversa. Jamás coincidimos. Con él apenas hablaba. Más bien nos veíamos a lo lejos. Nunca pasó nada pero existía como una cierta atracción.
Un día el bar organizó su fiesta aniversario. Recuerdo que me sentía muy bien, por dentro y por fuera. De esas sensaciones uno no se olvida. Él estaba. Se acercó a mí y me dijo al oído: “Yo con vos me casaría.” Una estupidez de sábado a la noche. Una de esas cosas que los hombres dicen sin pensar a chicas que apenas conocen. Yo me reí como tonta y le contesté con alguna pavada.

Pasaron muchos años. Tantos que me casé, viví en Tierra del Fuego y me divorcié.
Este último diciembre volví a ese bar con otra amiga. ¡Y ahí estaba él! “Hace mil que no te veo”, me dijo. También se había separado, tenía dos hijas chiquitas y estaba en pleno arreglo del nuevo hogar y mudanza. “Sabés que me mudo por acá, en el barrio”, me dijo. “¿En serio? Yo también me mudé por acá hace un tiempo. ¿Dónde vas a vivir?”
Cuando me dijo la dirección me quedé sin habla. Se mudaba a la misma cuadra donde vivo. Sólo un edificio iba a mediar entre nosotros. Íbamos a ser vecinos. Cosas del destino… Él, tan sorprendido como yo, me pidió mi número de teléfono (jamás intercambiamos nada. Ni Facebook). “Dale”, le dije, “llamame si necesitás una tacita de azúcar.”
Diez días antes de viajar a Nueva Zelanda, me llegó un mensaje de él: “Vecina, ya me mudé. Cuando quieras hacemos brindis de inauguración“. Lo vi dos veces antes de irme. Creo que en tantos años, jamás habíamos tenido una conversación en serio. Me descubrí charlando con él por horas. La noche anterior a viajar, me crucé a su casa para despedirme. Ese día me abrazó y me dio un beso suave. El primer contacto que encerraba un nuevo sentido entre nosotros.

Durante mis días en Nueva Zelanda me desconecté del mundo y me aboqué a dejarme sorprender por otra cultura, a descubrir nuevos sonidos y aromas. Entré en otra dimensión y me olvidé de mi vida paralela en Buenos Aires. Pero en aquel instante, en el cual el avión de regreso tocó tierra porteña y mi 3g revivió, el rumbo de mi realidad bonaerense volvió a encontrar su órbita. Y la primera señal fue un mensaje de él: “¿Cuándo volvés?”
Para lo que sigue les dejo un tema que, como dijo el sábado Simon Le Bon (Duran Duran) en uno de los recitales más emocionantes que viví, es muy sensual (y habla de los miedos):
Estoy en un escenario. Siento que acabo de interpretar algo intenso, un acto que me llevó a estar por lugares extraños, perdidos en espacios abstractos, suspendidos entre figuras extrañas e inmunes a la gravedad. Todo flota en esa nada y de pronto la función acaba y varios telones negros caen. Pero no son telones, son telas que bajan del cielorraso formando columnas desiguales. Una de ellas me envuelve. Quiero escapar pero no quiero escapar. Me dejo rodear con fuerza por la tela. La sensación es firme pero no me asfixia. En mí emerge una adrenalina inexplicable. Extrema. Entonces la tela negra que me envuelve se desprende con fuerza del suelo y me eleva a toda velocidad por los aires. El corazón me sube hasta la garganta y de pronto siento mucho miedo. Me doy cuenta de que estamos sobrevolando una ciudad. Alto, muy alto. La tela se contrae y me lleva hasta las nubes y después, sin soltarme, se deja caer con toda la velocidad de mi propio peso. Esos elevarse y saltar al vacío se repiten una y otra vez. La emoción, las sensaciones, la adrenalina, se vuelven extremas. Ahí es cuando caigo en la cuenta de que estoy soñando. Ahí es cuando caigo en la cuenta de que, a pesar del pánico que me dan todas esas sensaciones, no sé si quiero despertarme.
Los sueños son algo extraño. Muchos surgen nítidos apenas nos despertamos y después se esfuman, como si jamás hubieran existido. Lo único que queda es un vago rastro, una sensación de que algo hubo. Pero a veces, un simple estímulo, palabra o imagen del día, nos lo restaura, tal como si fuéramos un software, un sistema de almacenamiento infinito donde nada se pierde.

Eso fue lo que me pasó con este sueño. Lo recuperé mucho más tarde y supe que hablaba de mis últimos días. Un sueño cargado de miedo y placer. Uno del cual quería huir, pero en el cual también quería aventurarme. Pura contradicción. Fue un sueño que tuve después de volver a encontrarme con este hombre varias veces desde mi regreso.
Tengo toda la sensación de que algo nuevo está por comenzar. Me doy cuenta de que él me gusta. Y, mejor aún, siento que le gusto. Y, por eso, inevitablemente, los estúpidos miedos, las inevitables torpezas, el vértigo con tintes indescifrables, emergen. Me doy cuenta de que, a pesar de lo bien que la paso, ya están apareciendo mil “peros”. Pero tiene dos hijos, pero terminó su relación hace poco, pero debería estar solo antes de empezar a salir con alguien, pero tal vez no me gusta cuando hace algunos chistes malos. Pero estoy sola y podría elegir a alguien sin ningún pero.
Pero me gusta. No hay más que agregar.
No quiero autoboicotear algo lindo, algo nuevo, algo que anhelo. Deseo dejar fluir, sin importar el destino, los resultados, el final.
Sí, admito cierto miedo, pero estoy resuelta a no dejarme vencer por él. El libro está abierto y este capítulo acaba de comenzar. No está escrito. Todo depende de mí.
En un nuevo comienzo en el amor, ustedes, ¿experimentaron sensaciones parecidas? ¿Pudieron vencer los miedos y el autoboicot?
Beso,
Cari
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