Alberto Nisman: el hombre que no quería morir

Claudio Rabinovitch
Claudio Rabinovitch PARA LA NACION
Arrogante, audaz, egocéntrico, confiado en sí mismo como pocos, quizás nunca tomó en serio los mensajes amenazantes
Arrogante, audaz, egocéntrico, confiado en sí mismo como pocos, quizás nunca tomó en serio los mensajes amenazantes Fuente: Archivo - Crédito: Fabián Marelli / LA NACION
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17 de enero de 2020  • 15:42

Arrogante, audaz, egocéntrico, confiado en sí mismo como pocos: Alberto Nisman no quería morir.

A principios de los 80, en las canchas del club River Plate, al caer derrotado en un torneo de tenis colgó una pelota en la Figueroa Alcorta. No le gustaba perder a nada . Alguna tarde de esas, en la confitería del club, se "bajó" de memoria el ranking de todas las categorías de menores. Andaría por los 16 años. Siempre tuvo una memoria prodigiosa.

Una experiencia que me tocó compartir puede leerse en clave de un episodio que ocurriría mucho después: transcurría enero de 1989 cuando Nisman ocupaba el tercer rango en el juzgado de Gerardo Larrambebere. De viaje por Florianópolis, estalló el caso de la toma del cuartel de la Tablada, cuya investigación quedó a cargo de dicho magistrado.

Al momento de conocerse la noticia, Alberto empezó a comunicarse con el juzgado cada jornada, a consumir todas las revistas o diarios que llegaban a Brasil, hasta que me dijo: "Quiero volver a la Argentina, tengo que estar allí". No dispuesto a adelantar el regreso -faltaban creo que cinco días- le planteé que si quería lo hiciera solo. Por suerte pude convencerlo, pero atando cabos entiendo su precipitado regreso desde España días antes del fatídico 18 de enero de 2015 (¡otra vez enero!).

Luego entre nosotros hubo tres lustros de alejamiento, para después mantener una prudente distancia -no exenta de cortocircuitos- producto de nuestras respectivas tareas: él en la Justicia, mientras quien esto suscribe se desempeñaba como periodista.

Hasta que una tarde de diciembre de 2012, el personaje evocado en esta nota se acerca a la redacción del diario donde yo trabajaba a pedirme si podía hacer unas tareas de prensa en la UFI AMIA , porque había quedado una vacante en el puesto. Entre vacilaciones acepté y el mes siguiente me nombró la procuradora Alejandra Gils Carbó .

Molesto de que me exigieran documentos cada vez que tenía que ingresar a la fiscalía, le solicité una credencial. Su respuesta me sorprendió: "¿Para qué? Vos tenés que imponerte, caminar derecho mirando hacia adelante, nunca a los costados, y si alguien te detiene le decís: 'Yo soy el asesor de prensa del fiscal de la Nación Alberto Nisman'".

Alrededor de tres meses antes de su deceso, cenando en un restaurante -antes de ir al programa A Dos Voces que conducían Eduardo Van Der Kooy y Julio Blanck- y viendo mi semblante atribulado soltó una extraña frase que recuerdo casi textual: "Mirémonos, somos cincuentones y no se nos cayó el pelo, estamos bien físicamente (sic), tenés que disfrutar la vida, sacarte esa cara de angustia". Características de su personalidad y estado de ánimo.

El viernes previo al fatal desenlace en su departamento de Puerto Madero -que dos días después estaría salpicado por su sangre-, le señalé las razones por las que quería irme de la fiscalía. Me pidió que no lo dejara en el momento más importante de su carrera y que lo habláramos la semana siguiente. Le mostré un artículo de Pilar Rahola, elogioso de su misión, y añadí que desde luego iba a estar temprano el lunes en el Congreso, tomando nota. Abrió la puerta, su palmada en mi hombro fue la última despedida.

Ignoro quien fue el responsable de su muerte. Creo no ser original si pienso que quedó en medio de una interna de los servicios de inteligencia. Quizá nunca tomó en serio los mensajes amenazantes . Pero en ese submundo, el cartero nunca llama dos veces.

Por Claudio Fabián Rabinovitch

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