Cambio de hábito: de candidato a presidente

Ana Iparraguirre
Ana Iparraguirre PARA LA NACION
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6 de diciembre de 2019  • 14:32

Hace poco más de 6 meses, cuando un 18 de mayo Cristina Kirchner anunció que sería candidata a vicepresidente, Alberto Fernández comenzó su recorrido para convertirse en candidato a presidente. Un camino que le requirió despojarse de muchas cualidades adquiridas en la gestión como jefe de Gabinete para resaltar y reforzar las habilidades necesarias en un candidato. Hoy recorre el camino inverso, volviendo quizás a sus orígenes -más relacionados con la gestión que con la campaña electoral-. Pero los caminos recorridos dejan huella y volver sobre los propios pasos no es una tarea fácil. En la transición de candidato a presidente, incluso un gestor avezado como Alberto Fernández va a encontrar muchos de los mismos desafíos que encontraron sus predecesores e incluso sus pares en otros países.

La campaña requiere definiciones tajantes y contundentes. Las cosas son blancas o negras. Ellos o nosotros. Pero la gestión de gobierno es diferente, sobre todo para los problemas que debe enfrentar un presidente. Barack Obama explico en una entrevista: "Nada que tenga una solución perfecta llega a mi escritorio. De otro modo, alguien ya lo hubiera resuelto. Cada decisión que tomas lo haces con un 30 a 40 por ciento de probabilidad de que va a ir mal". Alberto Fernández rápidamente descubrirá -igual que lo hizo Macri- que culpar a su predecesor por los problemas del país no alcanza para garantizar la gobernabilidad. Gobernar requiere encontrar soluciones a problemas complejos que, muchas veces, implican cruzar los límites imaginarios establecidos entre ellos y nosotros durante la campaña. Al fin y al cabo, Alberto Fernández será el presidente de todos los argentinos.

Y es justamente para liderar a todos los argentinos que un presidente debe tener la habilidad para reconciliar los intereses políticos, sociales y económicos de sectores diversos y, a veces, antagónicos. Mientras la batalla electoral demanda una disciplina casi militar para mantener un mensaje único, la gestión de gobierno exitosa requiere la construcción de consensos. La habilidad de un candidato está en marcar un contraste claro -como cambio versus continuidad- pero la habilidad de un presidente está en poder deliberar, ceder y presionar al mismo tiempo. Como ilustró Eisenhower, un presidente "no lidera golpeando a la gente en la cabeza (.) El liderazgo es persuasión, conciliación, educación y paciencia. Es un trabajo largo, lento y difícil".

Gobernar requiere encontrar soluciones a problemas complejos que, muchas veces, implican cruzar los límites imaginarios establecidos entre ellos y nosotros durante la campaña

Sin embargo, el tiempo que requiere construir un liderazgo de consenso es el que empieza a correr el 10 de diciembre. Aunque no hay acuerdo sobre la duración del período de luna de miel con el que puede contar un presidente, sí hay acuerdo en que son en los primeros meses, semanas o días de gobierno cuando un presidente puede impulsar las reformas más importantes de su agenda con las menores resistencias. En el caso de Alberto Fernández el mandato es claro: reactivar la economía. La mayoría de los votantes consideran que Alberto Fernández hará un mejor trabajo en el área económica que Mauricio Macri y es ésta una de las razones principales que le permitió atraer nuevos votantes hacia su espacio. Quizás por eso mantuvo hasta último momento la incógnita sobre su equipo económico. El presidente electo sabe que cuanto más tarde largue a la cancha a su equipo económico, más tarde tendrá que empezar a hacerse responsable de los problemas económicos. Y, por consiguiente, más tarde comenzará a correr el reloj de su luna de miel.

Como ilustró Eisenhower, un presidente "no lidera golpeando a la gente en la cabeza (.) El liderazgo es persuasión, conciliación, educación y paciencia. Es un trabajo largo, lento y difícil"

Durante la campaña Alberto Fernández se dedicó a construir una coalición de apoyo electoral lo suficientemente grande para ganar una elección. En el gobierno va a requerir construir coaliciones de apoyo diferentes para cada uno de los problemas que enfrente si quiere avanzar con su agenda de gobierno. Y en muchos casos esas coaliciones van a implicar tensionar a la propia base de apoyo que lo acompañó durante la campaña. Nelson Mandela ejemplificó esto ya desde su inauguración cuando, a pesar de la resistencia de sus seguidores, invitó a líderes del antiguo apartheid a su gabinete. Tuvo la claridad de ver que influenciar la opinión de los sudafricanos para generar la unidad que sería su legado era más importante que satisfacer a su propia base. Alberto Fernández debería tener bien claro su legado antes de entrar a la casa de gobierno, ya que de eso dependerá cuánto y en qué circunstancias está dispuesto a tensar a la base que lo llevó a la presidencia, y por consiguiente, a su jefa política, Cristina Kirchner.

Mientras la batalla electoral demanda una disciplina casi militar para mantener un mensaje único, la gestión de gobierno exitosa requiere la construcción de consensos

En las cartas que los presidentes salientes les dejan a los presidentes entrantes en Estados Unidos se repite una y otra vez una clara advertencia sobre la complejidad del cargo al que unos pocos y privilegiados ciudadanos acceden. George Bush Senior le advirtió a Bill Clinton: "Habrá momentos duros que se harán todavía más difíciles por las críticas que parecerán injustas"; Clinton le recordó a George W. Bush: "La carga que hoy recae sobre tus hombros es grande"; éste le transmitió a Obama que "habrá momentos difíciles"; y Obama le recomendó a Donald Trump como "sobrellevar los momentos inevitablemente difíciles". Alberto Fernández está a punto de entrar al club selecto de los presidentes, un club con mucho poder y también muchas limitaciones.

* Politóloga, Directora de Dynamis Consulting

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