
Claves del Pacto de la Moncloa
Fueron instrumento para alcanzar el consenso en España
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MADRID.- Pocas cosas nacieron con tan mala prensa y acabaron en la gloria. A ese reconocimiento político llegaron los ahora célebres Pactos de la Moncloa, instrumento de consenso político al que se aferró la -por entonces- frágil transición española para superar una situación institucional y, sobre todo económica, casi explosiva.
Se firmaron el 25 de octubre de 1977, cuando el escenario político español era de diagnóstico reservadísimo. A un grado que difícilmente sospechen quienes hoy forman cola frente al consulado de Buenos Aires, a la espera de emigrar a un país en el que, por entonces, había que ser valiente para imaginar un futuro próspero.
En lo político, el vacío dejado por la muerte -dos años antes- del dictador Francisco Franco, jaqueaba al rey Juan Carlos, que asumió primero el gobierno temporal y, meses después, acabó como si nada con su primer presidente, Carlos Arias Navarro.
Eran tiempos violentos. La banda terrorista ETA entró en una escalada de atentados criminales, mientras grupos de derecha irrumpieron con presiones y asesinatos, algunos en pleno centro de Madrid. El descontento se expresó en huelgas y movilizaciones populares. Pero estaba claro que la sociedad española no quería eso.
Las dificultades cabalgaban sobre una gravísima crisis económica. Los precios se dispararon, sobre todo y azuzados por la crisis de 1973 los del petróleo, en un país que no lo produce. Las importaciones superaban en mucho a las exportaciones. La deuda externa se disparó en cuatro años a 15.000 millones de dólares y triplicó las reservas del Banco Español. La inflación se duplicó en sólo un año y llegó al 40%. "Niveles de América latina", decía la prensa de la época. Y para coronar, un desempleo sin precedente.
Paralelismos
Si algo tuvo claro Adolfo Suárez fue que necesitaba consenso. Y "concentrar" el esfuerzo político. El joven presidente había llegado al poder de la mano del rey Juan Carlos -"¿me harías un favor?", le dijo el monarca cuando le pidió que aceptara la presidencia. Y su designación fue duramente castigada por una opinión pública harta, que dudó muchísimo sobre lo oportuno de la decisión.
Hasta aquí, más de un paralelismo podría trazarse sobre aquellos difíciles días en España y los que hoy vive nuestro país. ¿Qué hizo Suárez? Entre lo primordial, buscó una mesa de consenso que, - tras más de dos meses de trabajo- cristalizó en los acuerdos de Moncloa.
Pese a que abarcaban varios compromisos, dos fueron los centrales: medidas de choque para la crisis económica y, sobre todo, una modificación de fondo en la forma de relación entre las fuerzas políticas, lejos de canibalismos. Ambas cosas, combinadas, significaron un mensaje de sosiego y responsabilidad política que resultó balsámico para una sociedad enervada.
La misma demanda de sosiego que hizo la sociedad apuró su firma. Por caso, más de un historiador español insiste hoy en que Felipe González, el entonces líder del Partido Socialista Obrero Español, fue, al comienzo de la negociación, uno de los más renuentes. Pero pronto advirtió el alto costo político que tenía entre los españoles una actitud de enfrentamiento.
Había más de un costado para la crítica. Visto hoy, el bloque de compromisos incluye voluntarismo. Y diputados y senadores no perdonaron que hayan sido redactados sin su participación, aunque luego se les diera el control pleno sobre su ejecución.
Ese fue otro de los puntos: Suárez confió en el sistema de consenso que propugnaban los acuerdos y delegó en el Congreso responsabilidades de contralor. Y en su equipo fue el vicepresidente Enrique Fuentes Quintana -y no él mismo- fue el encargado de exponerlos ante diputados y senadores, que finalmente los aprobaron.
El documento final fue firmado por todos los partidos políticos, incluido el Comunista Español, de Santiago Carrillo, y Alianza Popular, del ex ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Antagonistas históricos, ambos se sentaron a la misma mesa.
Fueron diez firmantes y todos ellos podrían haber optado por otra forma de hacer política. Pusieron en riesgo oportunidades personales y eligieron el consenso, algo de lo que nada sabían, pero que intuyeron más poderoso que una legítima -aunque también miserable- aspiración en su carrera. Y su obra -y no ellos- pasó a la historia.




