
"Comer sin educarse y sin leer es inútil", dice Manuel Antín
La visión política de un hombre del cine
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Dos problemas preocupan especialmente al cineasta Manuel Antín en relación con la Argentina actual: lo que considera como la ausencia de una política cultural que sea prioritaria para el Gobierno ("porque comer es indispensable, pero comer sin leer y sin educarse es inútil") y el hecho de que, a su juicio, el país se haya tomado al pie de la letra la exhortación de Ortega y Gasset: "Argentinos, a las cosas", en un exceso de literalidad que condujo al materialismo ("Somos cosas nosotros mismos") y al olvido de los valores.
Egresado del Colegio Nacional de Buenos Aires, formado en Derecho por la Universidad de Buenos Aires, novelista, poeta y dramaturgo, además de cineasta, Antín (nacido en Las Palmas, Chaco, en 1926) pertenece a una generación de artistas que, en los años 60, renovó el cine argentino con películas de contenido más intelectual y forma menos convencional que aquellos a los que estaban habituados la industria y el público locales. A esa filmografía, Antín aportó títulos como "La cifra impar", "Los venerables todos" y "Don Segundo Sombra", entre otros. Director del Instituto Nacional de Cinematografìa entre 1983 y 1989, durante la presidencia de Raúl Alfonsín, y actual rector de la Universidad del Cine (que él mismo ha creado y es uno de sus mayores orgullos), en diálogo con LA NACION, Antín reflexiona sobre la situación sociocultural del país, dice que le gustaría que Néstor Kirchner fuera "un presidente más sereno", recuerda su fugaz acercamiento al proyecto político de la Alianza (a la que define como "una gran tristeza") y evoca su prolongada amistad con Julio Cortázar, que influyó en su vínculo siempre ambiguo con la realización cinematográfica.
"Tuve con Julio Cortázar una relación marcada por una circunstancia curiosa, vista desde 2004, y es que él no era Cortázar en esa época (y yo podría agregar que no era Antín, pero nunca he llegado a serlo). El era, simplemente, Julio. Iniciamos una relación en virtud de que Julio era el escritor que yo no podía ser y al que yo plagiaba de la única manera que podía: haciendo películas, que es una manera de plagiar a los escritores sumamente aceptada. Filmaba aquellas historias suyas que yo podía haber escrito o que tenían que ver conmigo. Así nació una relación amistosa que se prolongó desde los años 60 hasta la muerte de Cortázar. Fue una relación por correspondencia, interrumpida por huelgas del correo y cosas por el estilo, que de vez en cuando se volvía personal, cuando yo viajaba a Europa o él venía a Buenos Aires. No nos veíamos mucho: una vez por año, más o menos."
-Usted suele decir que en lugar de cineasta habría sido escritor si hubiera tenido talento para serlo.
-Y decidí ser cineasta, a pesar de no tener talento para el cine, porque es más fácil: el cine es una cuestión de dinero.
-Si es cuestión de dinero, es más fácil ser escritor: sólo se necesita lápiz y papel.
-No. El dinero no hace que uno sea un buen escritor, pero sí permite que uno haga una buena película. El cine es dinero: es película virgen, equipos, decorados, vestuario.
-¿En el cine es más importante el dinero que las ideas?
-No. Hay un cine en el cual lo que importa son las ideas. Es el que he tratado de hacer y el que me gusta que hagan los otros: un cine no con mensaje, porque para eso están los carteros, sino con contenidos espirituales, estéticos, literarios.
-¿Alguna vez llegó a sentir que la actividad cinematográfica había dejado de ser sólo un sustituto de la literaria?
-En realidad, eso lo sentí desde el primer momento, porque uno es lo que los demás dicen que uno sea. Y los demás veían en mí un cineasta, no un escritor, y me convirtieron en director de cine. Así que no fue una decisión propia. Yo he sido más fiel a la literatura que al cine. Sigo escribiendo, aunque ya no filmo. Pero la escritura es un acto íntimo; el cine nunca lo es, y eso es lo que tiene de defectuoso. Uno puede escribir una novela y tirarla si no le gusta, y nadie se entera. Pero si hace una película que no le sale bien, no puede desecharla, porque hay cómplices: actores, técnicos... Uno tiene que resignarse a la película que ha hecho.
-¿Por qué dejó de filmar?
-Porque un día me convertí en funcionario del cine y porque nunca fui un cineasta convencido. Siempre me corría el escritor que no era. Uno debe ser de alguna utilidad y yo descubrí que no era de utilidad filmando, pero sí podía serlo tratando de fomentar la creación de buenas películas. En esa época, fui convocado para ayudar al doctor Alfonsín en su tarea de gobierno. Como funcionario de cine, empecé a abrirles la puerta a los jóvenes, hasta tal punto que alguna vez alguien dijo que mi despacho era un pasillo. Y alguien más dijo que yo le daba créditos a cualquiera.
-¿Quiénes eran esos cualquiera?
-Eran Luis Puenzo, Carlos Sorín... Eran "cualquiera" para la gente que estaba acostumbrada a que el cine estuviera en poder de la industria y de los directores tradicionales.
-¿A qué realizadores debería subsidiar el Instituto de Cine? ¿A los que experimentan con formas y contenidos nuevos o a los que pueden garantizar el acercamiento del público al cine argentino?
-Creo que no hay que discriminar, sino basarse en los proyectos concretos y analizar las cosas con prudencia y lucidez. Evaluar la industria cinematográfica exclusivamente desde el punto de vista económico es un error de personas que pretenden ser más de lo que pueden ser. El público es un animal salvaje. Cien personas de la mentalidad de Einstein reunidas frente a una pantalla tienen una edad de doce años. Y esto hace que no podamos confiar en el éxito de las grandes películas, como no debemos confiar en el éxito de las grandes obras literarias. Es interesante, por otra parte, que la selección se haga por medio de un sistema colegiado, de manera que no sea una opinión autocrática la que decide todo. En cierto sentido, eso faltó en mi gestión.
-¿Usted decidía solo?
-Sí, en aquel momento me pareció que era la mejor forma de manejar las cosas, entre otros motivos, porque ése era el estilo al que estaban acostumbrados los demás. Por otra parte, veníamos de una época en la que era muy difícil descubrir colaboradores; uno sospechaba mucho de todo lo que lo rodeaba.
-¿Qué opina de la decisión de impulsar nuevamente una cuota de pantalla para las películas nacionales?
-Creo que es una medida indispensable que debería surgir del acuerdo y no de la imposición. Es lo que hacen otros países culturalmente más evolucionados que nosotros, como Francia, Italia, España e Inglaterra. Hay una sola industria cinematográfica en este momento, y contra ella es difícil actuar (luchar es, en realidad, la palabra que corresponde): la industria de Hollywood está muy instalada y luchar comercialmente contra esta industria es imposible. Son los Estados los que deben sostener las cinematografías nacionales. Alguien podrá decirme que la Argentina no está en condiciones de sostener económicamente una cinematografía o una cultura, y tal vez ese alguien tenga razón. Pero yo no hablo de la Argentina que es, sino de la que me gustaría que fuera. Aquí pensamos exclusivamente en el presente, tenemos una especie de necesidad sensual de satisfacer nuestra actualidad sin reflexionar en lo que vendrá. Vivimos solamente para hoy. Somos un país de sobrevivientes y no de habitantes. Es una lástima eso.
-Hace poco, el secretario de Cultura de la Nación dijo que los temas prioritarios para el país no eran los de su área.
-El secretario de Cultura de la Nación utiliza fuera de contexto un sentido del humor que le es propio y que la gente toma en serio. Lo que creo que habría que hacer es convencer al Gobierno, y al secretario de Cultura, de que ya no sirve la frase de Ortega: "Argentinos, a las cosas". Ahora estamos todos en las cosas, no hay nada fuera de las cosas. Somos cosas nosotros mismos. Yo invertiría los términos y diría: "Por favor, argentinos, salgamos de las cosas", pensemos en que hay valores, además de cosas. A mí me aterra decir esto cuando en la calle hay gente que no tiene techo y a nadie le importa eso, en realidad. La gente pasa al lado de esas personas sin techo y ni siquiera las mira. Son parte del paisaje y eso es algo que está alentado por quienes nos gobiernan.
-Sin embargo, este gobierno sostiene que erradicar la pobreza sí es prioritario.
-Mire, yo he dejado de ver televisión para dejar de escuchar declaraciones. La gente se pasa la vida declarando. Lo que falta son acciones reales.
-¿Qué opina de la política cultural de este gobierno?
-Creo que no hay política cultural. Me parece que tal vez el único lugar en el que hay una presencia cultural es el Instituto de Cine, pero no veo lo mismo en otros espacios. Se han decapitado instituciones perdurables, como el Fondo Nacional de las Artes, y nadie sabe por qué. No vamos a resolver el problema argentino si nos olvidamos de la cultura. Porque comer es indispensable, pero comer sin leer es inútil. Comer sin educarse, sin saber lo que pasa en el mundo, sin tener confianza en las instituciones es inútil. La justicia, la cultura, la educación tienen que ser políticas de Estado prioritarias y no pueden ser postergadas por algunos otros valores que son secundarios y perecederos. Es inútil darle de comer a la gente hoy, porque tendrá hambre mañana y el hambre de mañana será mucho peor que el de hoy si se le suma el embrutecimiento y el descreimiento.
-¿El Estado tiene que tener medios de difusión?
-Sí, pero no para lo que los tiene. El Estado tiene la obligación de convertir Canal 7 en Canal (á). Debe utilizar la emisora estatal para instruir. Hay una cosa que se llama educación a distancia (cuya existencia los políticos parecen ignorar), que se puede hacer por medio de la televisión y que sería muy interesante llevar a la práctica: se podría enseñar idiomas, poner en el aire historias de vida. En Canal (á) uno se entera de quiénes fueron Lugones, Puccini, Wagner. Los funcionarios del canal oficial deberían empezar por ver un poco de Canal (á).
-¿Se decepcionó de la función pública cuando tuvo la oportunidad de formar parte de un gobierno?
-No, de ninguna manera. Yo he escuchado muy frecuentemente en aquella época frases que no volví a escuchar. Recuerdo una ejemplar, de un político muy importante entonces, que dijo: "¿Cómo éste no va a ser un país mediocre si yo estoy donde estoy?" No he vuelto a escuchar algo así. Hoy veo gente que ocupa puestos importantes y cree que es lo natural. Dudar de que uno merezca el lugar que ocupa revela un sueño de perfección.
-Durante el gobierno de la Alianza la Secretaría de Cultura y Medios de la Nación convocó a un grupo de notables, que usted integraba, con el objeto de que analizara las políticas gubernamentales en esa área. ¿Qué fue de esa iniciativa?
-En aquel momento acepté la invitación porque tenía la esperanza de poder contribuir al mejoramiento de las cosas. Duré poco en el lugar, porque me di cuenta de que eran solamente actos solemnes, vacíos de contenido. Hace unos días, mientras me bañaba, por la ventana entraban las estrofas del Himno Nacional. Los chicos lo cantan como autómatas: les aprietan la barriga y sale el Himno. No creen en lo que cantan, porque nada de lo que ven a su alrededor les confirma una sola palabra del Himno o de la marcha. Volviendo a su pregunta, lo que pasó con aquella convocatoria confirmó mi adhesión al período democrático de 1983-1989. Yo me quedé seis años al frente del Instituto de Cine porque sentía que estaba en un buen lugar. Cada diez años aparece un grupo de directores que le inyectan nueva vida al cine. Pasó en los 60, los 70, los 80 y los 90. Tal vez las suyas no fueron películas de éxito comercial, pero se hicieron. ¿Cómo? Con el apoyo del Estado. No hubiera sido posible de otra manera. Pero es tan fuerte el poder de la actividad cinematográfica que ni los malos funcionarios del Instituto han logrado impedir el buen cine argentino. ¡Y mire que hubo malos funcionarios!
-Entre los buenos usted alguna vez ha rescatado a Julio Mahárbiz.
-No hizo una gestión adversa al cine...
-Hizo una gestión muy cuestionada.
-Cuestionada por motivos en los cuales yo no me meto, entre otras razones, porque no atribuyo a nadie lo que yo no soy capaz de hacer, al menos en principio.
-¿No es ésa una postura ingenua?
-Absolutamente. Tan ingenua como sostener la teoría de que los argentinos deben salir de las cosas. Pero, ¿no necesitamos un poquito de ingenuidad? ¿No es buena la ingenuidad? ¿No se construye con ingenuidad una universidad que dura ya catorce años, que no ha recibido nunca un subsidio?
-Usted integró también el Instituto Programático de la Alianza.
-Sí, y también allí duré apenas unos minutos. Cuando vi que era un lugar donde la gente sólo buscaba puestos y poder, me fui.
-Triste, ¿no?
-Nada hay más triste que la Alianza. Creo que para definirla no hay que utilizar otra palabra más que ésa. Ni siquiera "frustración": la Alianza es una gran tristeza.
-¿Cómo evalúa esta primera etapa del gobierno de Kirchner?
-Mire, en realidad, comparando la situación actual con aquella de donde venimos, estamos bien, tranquilos. Yo no quiero ser excesivamente esperanzado ni agorero. Ojalá que esta bonanza se convierta en realidad. Sin embargo, la Argentina parece haber quedado en manos de un solo partido que, para colmo, es un partido político atomizado. Eso hace sospechar que no vamos en buen camino. El peronismo es un partido que tiene la pasión del poder en dosis mucho mayores que cualquier otro. Siempre quiere ser el primer actor de la película (del drama, en este caso). Y me da la impresión de que la democracia, que fue alterada por el menemismo durante el gobierno de Alfonsín, y por el peronismo durante el de la Alianza, puede ser alterada en cualquier momento por disputas internas dentro del peronismo
-¿Qué opina de Néstor Kirchner?
-Creo que es un presidente un poco alterado, un presidente por confirmarse. Me gustaría que fuera un presidente más sereno. No entiendo del todo ciertas tensiones, ciertas decisiones y ciertos sobresaltos que tenemos desde el ámbito presidencial. Se producen designaciones demasiado sorprendentes.
-¿Se refiere a lo que pasó con el Fondo Nacional de las Artes?
-Sí, también a lo que pasó con la Biblioteca Nacional y a lo que pasa con la cultura en general. Siempre me ha parecido que las cosas que funcionan bien no tienen por qué ser modificadas. El Fondo Nacional de las Artes era un lugar impoluto. ¿Por qué meterse en ese terreno? Y, sobre todo, ¿por qué exponerse al error? A mí no se me ocurriría modificar lo que está bien. Hay que gobernar desde la paz, desde la racionalidad.
-¿Aceptaría nuevamente un cargo en la función pública?
-No. Tengo el mejor cargo del mundo.
-Encontró su lugar.
-Sí: me lo hice yo mismo.




