Coronavirus: Alberto Fernández impone su impronta en contraste con el pasado

Damián Nabot
Damián Nabot LA NACION
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17 de marzo de 2020  • 16:41

La pandemia del coronavirus le entregó a Alberto Fernández finalmente un lugar donde ejercer su liderazgo. Llegó con la imprevisibilidad de un cataclismo. Pero generó un espacio de acción a la medida de las fortalezas presidenciales, un lugar de conducción que los límites de la economía y de Cristina Kirchner le retaceaban.

No hubo una epifanía, un momento específico de revelación para el Presidente que lo convenciera de ser más extremo con las medidas contra la enfermedad. Los colaboradores del jefe de Estado lo reconstruyen como un convencimiento progresivo, donde fueron determinantes las visiones de Italia y España como escenas calamitosas de un futuro posible.

Llegado el momento, Fernández ocupó el lugar con una imagen inaudita para la lógica de la política agonal, aquella que sólo concibe construir poder a partir del combate permanente, y se presentó junto al opositor Horacio Rodríguez Larreta y al cristinista Axel Kicillof.

En España el crecimiento fue exponencial, los casos pasaron de 1000 a 4000 en cuatro días. Y el tránsito con la Argentina era intenso. Nadie tampoco señalaba oficialmente a Estados Unidos como país de riesgo en aquellas primeras reuniones. El propio Donald Trump había intentado transmitir que la situación estaba controlada, pero terminó por declarar el estado de emergencia el miércoles pasado. En la vorágine pandémica, Alberto Fernández profundizó sus certezas de extremar las medidas.

La primera reunión masiva con infectólogos y representantes de hospitales y sociedades médicas había sido inicialmente programada para el viernes pasado. Pero Santiago Cafiero le recomendó a Fernández adelantarla al martes 10. La dinámica de la crisis sugería ya entonces acelerar los tiempos.

El jefe de Gabinete repasa cada día el nivel de gasto de los ministerios y es el responsable de repetir una letanía antipática a sus colegas: "no hay plata". La recesión carcome los ingresos y ahora, en el Gobierno, nadie se atreve a aventurar cuál será el daño de la pandemia en la recaudación.

Malas noticias

La única certeza es que las buenas noticias serán escasas en materia económica. Con los números frescos en la retina, Cafiero se abocó primero a redirigir partidas para enfrentar los gastos urgentes que demandará la crisis sanitaria, como la compra de reactivos, la adecuación de laboratorios en otros lugares del país para evitar el colapso del Instituto Malbrán y el refuerzo del equipamiento de hospitales.

Así reunió retazos presupuestarios para un fondo de $1700 millones. Aquella fue la primera reacción concreta. Pero en cada nueva ronda con expertos, la perspectiva sanitaria se oscurecía cada vez más. Los mismos que habían desaconsejado suspender las clases luego dudaban. Finalmente, el Gobierno suspendió las clases el fin de semana y cerró las fronteras para los viajeros provenientes de países de riesgo.

El Covid-19 también enfrentó a Alberto Fernández con el pasado del kirchnerismo. En 2009, el gobierno de Cristina Kirchner demoró la reacción frente al avance de la gripe A

La llegada de la pandemia era inevitable. Ayer apareció el primer caso aparentemente autóctono. Desde hace semanas, la ambición realista del Presidente es esencialmente aplastar el sombrero, así se conoce a la imagen impuesta en el mundo que hace referencia a la necesidad de aplanar la curva de crecimiento de los contagios y transformar los picos en una meseta para evitar el colapso del sistema de salud.

El Covid-19 también enfrentó a Alberto Fernández con el pasado del kirchnerismo. En 2009, el gobierno de Cristina Kirchner demoró la reacción frente al avance de la gripe A, que en julio de aquel año dejó a la Argentina en el segundo lugar con más víctimas mortales del mundo. La confesión de que en aquel entonces se habían ignorado las recomendaciones de los infectólogos no fue una acalorada denuncia de la oposición, sino del entonces diputado del Frente para la Victoria, el sanitarista Juan Héctor Sylvestre Begnis, quien reconoció públicamente que se había ignorado el consejo de interrumpir las clases.

La medida recién se tomó después de pasar las elecciones legislativas de junio. Aquel brote también dejó sociedades políticas entre funcionarios y empresarios de laboratorios que sobreviven al presente, selladas al calor de las compras del Estado. Un año antes, Alberto Fernández había renunciado a la Jefatura de Gabinete. Su liderazgo en la crisis sanitaria también puede edificarse en contraste con el pasado.

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