Del robo como obra de arte

Ivonne Bordelois
Ivonne Bordelois PARA LA NACION
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4 de febrero de 2020  • 16:59

El detenimiento, el esfuerzo, las precauciones, el cálculo, la osadía, la fantasía, la tenacidad, la energía, la transgresión, el esperar contra toda esperanza y el saber contra toda sabiduría: he aquí los ingredientes de toda gran obra de arte, desde Leonardo y Miguel Ángel hasta Picasso. De estos ingredientes se alimenta El Robo del Siglo, animado por un genial Belmondo porteño, Diego Peretti, quien encarna a un Fernando Araujo que es inspiración fulminante, ruptura trágica y previsible fracaso, todo al mismo tiempo.

En el desierto artístico argentino contemporáneo, sorprende y reanima ver de pronto una obra de esta envergadura alzarse y abrazar todo un horizonte estético inusitado, con el ritmo impecable y la precisión extraordinaria de una máquina impulsada por la calidad del pleno conocimiento, la plena convicción y la plena aptitud para llevar adelante un proyecto imposible como pocos. Y en las bambalinas, la risa inextinguible que denuncia la chatura e ineficiencia del aparato policial, la mezquindad del ambiente mediático, la pequeñez del público y los testigos circundantes, la cerrazón de un sistema que se amuralla en los límites sagrados de la propiedad privada, con mecanismos de seguridad que pueden representar la garantía justa de derechos incuestionables a un bienestar merecido, pero que en la mayoría de los casos son también la clave de la evasión de impuestos, el privilegio de los más ricos, la huella de nostalgias legítimas mezcladas con avaricias inconfesables, ahorros calculadores y beneficios dudosos de una clase apuntalada en secretos, orgullos, envidias, celos y herencias postergadas.

El gran viento del ingenio y de la geometría barre todas estas alimañas políticas y sociales y abre boquetes en la mirada azorada de un gentío desbordado ante un atropello de semejantes dimensiones. La astucia, la pericia hidráulica, la carpintería estrambótica, el riesgo económico y personal, el descomunal desafío, la capacidad psicológica de convocar a un grupo dispar y catalizarlo eficientemente en una empresa disparatada, las virtudes histriónicas improvisadas que permiten mantener un escenario inimaginable durante horas, no sólo sin violencia sino con logrados relámpagos de humor intempestivo: y el todo aceitado con una perfección de tiempos y gestos necesarios, ajustados a un diseño onírico que acaba por alcanzar una aplastante, inverosímil realidad. Esto es arte sin ninguna duda, arte complejo, arte que por su espíritu lúdico supera a la vez al realismo y al cine documental, a la comedia de costumbres y a la sátira política, al género policial y al terrorismo dramático de nuestro tiempo.

Una crítica miope cataloga al film como uno de aquellos que prefieren pasar por inocuos antes que incomodar con planteos complejos o perturbadores: sólo una bocanada de entretenimiento. La película de Winograd, por cierto, no perturba ni entretiene: deslumbra. Una pacata lectura moralista trata de pinchar en vano la explosiva esfera de entusiasmo que este film propaga. No se debe exaltar el robo, nos informan gravemente los guardianes de la corrección política, mientras desfilan ante nuestros ojos inéditas escenas de violencia y pornografía garantizadas por los diarios y canales más burguesamente respetables, y mientras distintos y sucesivos gobiernos roban a mano alzada con la complicidad de jueces de todos los bandos.

No es el robo lo que aquí se exalta, sino la capacidad de extraer, de una operación delictiva condenable, una metáfora que alcanza a toda la sociedad, exponiéndola en sus virtudes más altas y en sus defectos más alarmantes, y al mismo tiempo exhibiendo, con creatividad asombrosa, los recursos más avanzados de nuestro cine y los destellos de una poética contemporánea que creíamos inviable, hecha de frescura, originalidad, puntería crítica, inteligencia y vuelo trascendente.

No es el robo lo que aquí se exalta, sino el magnífico talento de una obra que nos permite al fin volver al orgullo de ser argentinos.

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