
Días en Santa Fe, con aires de casa tomada
Jornadas de acuerdos políticos y asados
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Para los santafecinos, fue un veranito en pleno invierno, unas semanas de esplendor en las que se alquiló hasta lo inhabitable, se asó y se vendió en el instante cuanto salía del río y se vivió la sensación de ser, más que la capital, el centro del planeta, aunque lo que ocurría en la Constituyente interesara a la mayoría de los porteños menos que el desarrollo del campeonato de primera B.
En el fondo, el clima era bastante surrealista.
Doblando por cualquier esquina o saliendo de cualquier café podía aparecer en todo momento Carlos Corach, uno de los grandes protagonistas de la convención, sobre todo porque radicales y peronistas habían llegado a Santa Fe con parte del paquete sin atar y porque la gran especialidad del ex ministro del Interior era, precisamente, atar paquetes.
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Entre confidencias y negociaciones interminables, Corach lo hizo, a la medida exacta de los deseos del presidente Menem, que lo orientaba a la distancia.
Por las dudas, para asegurarse de que la reelección saldría limpia y sin grietas, estaba el hermano del mandatario, Eduardo Menem, y, para hacer confidencias a los periodistas en las largas trasnoches, entre café y whisky, estaban en primera fila el senador Jorge Yoma y el vocero Jacinto Gaibur.
Por el lado opositor a la entente radical-peronista, Chacho Alvarez, que por entonces ni siquiera soñaba con la Alianza, era también un candidato de fierro para los almuerzos y las comidas con la prensa.
Pero, además de ellos, estaban todos. Algunos, como el canciller Di Tella y el ministro Cavallo, llegaban y se iban, en visitas fugaces.
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Duhalde, que llegaría al sillón de Rivadavia siete años y medio después, cuchicheaba con los punteros bonaerenses que viajaban especialmente para verlo, ya que su relación con Menem comenzaba a rechinar.
Aldo Rico y su séquito cubrían en aquella carrera del siglo algo así como el papel de los hermanos Macana. Todos mezclados, en vivo, en directo y en simultáneo.
Eso sí: el espectáculo iba de lunes a viernes. Los sábados y los domingos, Santa Fe dejaba de ser casa tomada y recobraba su perfil tranquilo.
Todos -hasta los periodistas- se habían ido por el fin de semana. ¿Todos? No: como el galo Asterix, quedaba uno. Encerrado en la pieza (más que sencilla) del antiguo hotel en que se hospedaba, entre pilas de libros y con la ocasional compañía de algunos jóvenes seguidores, Raúl Alfonsín se mantenía en vigilia.
Razones no le faltaban para esperar el nacimiento de la criatura: más allá de cualquier disputa, él era el padre.
El autor fue jefe del equipo de enviados de LA NACION a la Convención Constituyente de 1994; actualmente, es el editor de la página de opinión
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