
Doce inocentes, marcados para siempre por la cárcel
Muchos perdieron el trabajo y tuvieron conflictos familiares
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Las doce personas que ayer fueron declaradas inocentes por la Justicia estuvieron detenidas entre el 16 de julio de 2004 y el 7 de septiembre de 2005. Un año, un mes y 22 días.
Ayer, a la salida de los tribunales de Retiro, la alegría por el fallo del tribunal oral se mezclaba todo el tiempo con la bronca de haber pasado tanto tiempo en prisión sin motivos suficientes.
Todos reconocen que estuvieron en la marcha que terminó en el violento ataque a la Legislatura porteña, pero niegan haber intervenido en los incidentes.
Maltratos carcelarios, trastornos familiares, pérdidas de trabajos, hijos con problemas en la escuela son historias comunes que hoy unen a los liberados en el reclamo contra la jueza Silvia Ramond y el fiscal Claudio Soca.
"A mí me han destruido la vida. Mientras yo estaba presa mi marido sufrió un infarto", cuenta a LA NACION Margarita Meira, encargada de un comedor comunitario en Constitución. Meira, la única que ni siquiera fue acusada por el fiscal de juicio, fue una de las tres imputadas que fueron alojadas, en condiciones que ella califica como "inhumanas", en el penal de Ezeiza. "En un pabellón para 40 éramos 60, con un inodoro, una ducha y una hornalla para todas", relata.
Durante su cautiverio, Meira recibió el apoyo del premio Nobel de Literatura José Saramago y un saludo navideño del presidente Néstor Kirchner. Unos meses después de su liberación fue candidata a diputada nacional por un partido nacido en las asambleas vecinales.
"Lo más humillante"
También fueron a parar a Ezeiza María del Carmen Insfrán Ferreyra, del sindicato de meretrices, y Marcela Sanagua. "Fue lo más doloroso, sucio y humillante que viví", dice Insfrán, madre de un joven de 19 años. Cuenta que cuando la detuvieron ella era el único sostén de su hijo y de su nuera, quienes debieron vender hasta las ventanas de la casa para poder comer. "Lo único que encontré cuando volví fue un ropero y una cama; mi hijo tuvo que vender hasta mi ropa", detalla.
A Sanagua lo que más le dolió fue que su familia se enterara de algo que había guardado en secreto varios años: su trabajo como prostituta. "Para mí estar en la cárcel fue un desastre. Mi hijo de once años repitió de grado y mi hija de tres tiene problemas en la vista."
Todos los hombres fueron alojados en la cárcel de Devoto, a excepción de Antonio Medina, que fue destinado a Ezeiza porque en el momento de su detención era menor de 21 años.
"Fue muy complicado porque estaba solo. Cuando llegué a la cárcel me verduguearon mucho. Para ellos era un piquetero", cuenta Medina, de 22 años. En los primeros meses, debió enfrentarse cuerpo a cuerpo con otros detenidos que le querían robar la ropa y recibió heridas.
Ruiz, de 32 años, es uno de los que fueron a Devoto. "A mí esto me cagó la vida", resume. "En un momento éramos 350 personas en un pabellón con 80 camas", dice. Y agrega: "Había gente que se quedaba despierta de noche para poder dormir de día. Otros que se levantaban a las 7 de la mañana para conseguir agua para el mate a las cuatro de la tarde".
Carlos Santamaría, de 23, dice que sufrió mucho por las humillaciones a las que sometían a sus familiares cuando lo iban a ver. Pablo Amitrano hizo huelga de hambre durante 26 días. Hoy, espera que le devuelvan el permiso para vender panchos.
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