El crimen de Aramburu. La historia de cómo LA NACION fue el primer medio en conocer la noticia del secuestro

Pedro Eugenio Aramburu en su departamento, en julio de 1969.
Pedro Eugenio Aramburu en su departamento, en julio de 1969. Fuente: LA NACION - Crédito: Investigación de Archivo Juan Trenado
Raúl Ivancovich
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28 de mayo de 2020  • 16:55

El 29 de mayo de 1970, alrededor de las 10 de la mañana sonó el teléfono en la redacción de LA NACION. El redactor que atendió el llamado escuchó, perplejo, una voz masculina que solamente dijo (textual): "Habla el doctor Ricardo Rojo. Quiero denunciar que fue secuestrado el general Aramburu. Avisen a otros medios".

-¿Y usted dónde está?

-En el departamento del general Aramburu.

Y cortó la comunicación.

El periodista, de inmediato, chequeó la información de la manera más directa: llamó al domicilio de Aramburu y fue atendido por la señora Sara Herrera, esposa del ex presidente. Preguntó si se encontraba allí el doctor Rojo.

-Sí, está acá. Le paso con él -respondió.

El dialogo fue breve y convinieron una conversación explicativa para otro momento porque no había "tiempo que perder". El cronista comunicó de inmediato la noticia al secretario de redacción y otras autoridades del diario, que se convertía así en el primer medio en enterarse del secuestro del expresidente.

Lo que se acaba de contar tiene la transparencia y claridad asombrosa de la memoria aun medio siglo más tarde. El redactor -sujeto de este relato- fue mi hermano Cesar Ivancovich, muy joven aun, que consagró parte de su vida al periodismo durante 40 años o más y que falleció -también joven- como editor de Política de LA NACION.

Dos horas más tarde, aquel mediodía de 1970, Cesar, menor que yo, me llamó a mi casa para decirme -sin duda alguna- que Aramburu había sido secuestrado. Me contó su asombro. ¿Qué hacía Ricardo Rojo en la casa de Aramburu? Los dos nos hicimos la misma pregunta: ¿esa figura de izquierda, el amigo y biógrafo del Che Guevara en el departamento de la calle Montevideo, domicilio particular de Aramburu? Insistió en la necesidad de reunirnos pronto por algunas razones que sintéticamente relataré más adelante.

Mi hermano sabía que desde los 14 o 15 años andaba yo por todos lados con los libros de José Ingenieros bajo el brazo, especialmente "Las fuerzas morales" y "El hombre mediocre". Sabía de mi enorme admiración por Lisandro de la Torre, con su retrato -el único- en mi incipiente biblioteca.

Pido disculpas por estos datos autorreferenciales, pero no puedo dejar de hacerlo por su conexión con el tema del secuestro de Aramburu. Intercambiamos información: él estaba ya en LA NACION y yo ingresaría meses después. Mientras, practicaba un incipiente periodismo, era corrector de pruebas de varios medios, en especial "La Vanguardia", dirigida por Alicia Moreau de Justo, y la revista política-literaria de altísimo nivel "Sagitario" en su segunda etapa, creada y dirigida por el eminente constitucionalista Carlos Sánchez Viamonte. Consigno esto porque esa actividad me permitió conocer y tratar a notables figuras de aquel país distinto.

Velorio del militar Pedro Eugenio Aramburu en julio de 1970; a la derecha, Roberto Marcelo Levingston, entonces presidente.
Velorio del militar Pedro Eugenio Aramburu en julio de 1970; a la derecha, Roberto Marcelo Levingston, entonces presidente. Fuente: LA NACION - Crédito: Investigación de Archivo Juan Trenado

En los primeros días de junio nos encontramos a almorzar solos. Allí me contó su contacto posterior con Rojo, quien le dijo que había concurrido al domicilio de Aramburu citado por el expresidente. Llegó puntualmente a la hora fijada y se sorprendió cuando la señora le dijo que un grupo de oficiales que respondían a un capitán traía una citación para que se presentara al Comando General del Ejército. Rojo se alarmó cuando la señora le cuenta que eran oficiales muy jóvenes. Consigno que entre los autores confesos del secuestro estaban Mario Eduardo Firmenich y Carlos Gustavo Ramus que tenían entonces 22 años, Fernando Abal Medina, 23, Carlos Capuano Martínez, 21, y Eduardo Maza, 27. Ricardo Rojo advirtió de inmediato que ningún Capitán del Ejército podía ser tan joven e hizo varias llamadas, que confirmaron su sospecha, y luego se comunicó con LA NACION.

César quería conversar el tema porque sabía algunas cosas y especialmente por mis contactos cada vez más estrechos y por nuestro rechazo visceral contra los autores del golpe que destituyo al presidente Arturo Illia.

Solo entonces le conté lo poco que sabía y la necesidad de desplazar a Juan Carlos Ongania, para nosotros un general falangista que había prometido quedarse 30 años en el poder. Entre otras cosas, le relaté que pocos días antes, el 22 de mayo, había llevado unos artículos al domicilio de Sánchez Viamonte, Florida 910. Pero en la esquina de Florida y Paraguay me encontré con él, quien afectuosamente me invitó a tomar un café en el Florida Garden. Ante mi sorpresa y una vez más con la confianza y el trato con que siempre me honró, me dijo: "¿Sabe de dónde vengo?"

-Ni idea -diríamos hoy

-De la casa del general Aramburu. Me citó porque quería hablarme del proyecto que diseñaba. Me dijo que había que buscar una salida "democrática", amplia, que incluso incorporase gradualmente a sectores peronistas.

Ante mi asombro, me aclaró que encontró un Aramburu distinto, dispuesto a dialogar con un arco político insospechado para nosotros.

-Tiene el futuro gabinete armado. A mí me ofreció la presidencia de la futura Corte Suprema de Justicia.

-Y usted que le respondió?

-Que lo iba a pensar; que necesitaba hablarlo con mis amigos, algunos compañeros del Partido Socialista y que luego le daría una respuesta.

No hubo tiempo.

Lo dicho hasta aquí es de absoluta veracidad y solo menciono pocos nombres de los muchos que participaron y no desconozco, porque ya no están. Solo consigno lo que me consta, como experiencia directa, personal y profesional. Lo hago con toda la seriedad, respeto y admiración que ellos merecen.

Espero, eso sí, que sirva para que cada lector saque sus propias conclusiones sobre este doloroso capítulo de nuestra historia, que aún hoy a todos nos interpela.

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