El desafío de entender el mensaje de las urnas: nadie vota para atrás

Juan Germano
Juan Germano PARA LA NACION
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1 de noviembre de 2019  

El resultado final de las elecciones en nuestro país muestra con una potencia abrumadora la fuerza que poseen los electores para dar mensajes. El desafío real recae en la clase dirigente, que no debe dejarse tentar por un triunfo o una derrota, sino adaptarse para comprender y finalmente poder representar a un votante volátil e impredecible.

La dinámica electoral desde 2003 parece encontrar un tercio aproximado de votantes que no se sienten automáticamente representados por los dos polos principales, sino que pueden mutar en función del mandato electoral, es decir, de cuál es la pregunta que buscan responder en los comicios. Durante siete elecciones consecutivas, estos votantes líquidos entendieron que el mandato era qué hacer con Cristina Kirchner y el kirchnerismo. En 2005, 2007 y 2011 eligieron continuar. En 2009, 2013, 2015 y 2017 (aun con Macri como presidente), definieron ponerle un alto.

Cristina Kirchner fue una de las primeras en comprender que necesitaba dar un paso atrás para poder avanzar, y la designación de Alberto Fernández como candidato a presidente y el posterior cierre de listas sumando otros peronistas, intendentes, sindicalistas y gobernadores fueron los elementos diferenciadores. Así como Pro se amplió en 2015 hacia la UCR y la CC, esta vez fue el Frente de Todos el que creció. De esta manera, Fernández generó una campaña moderada en la que el eje rector fue mostrarse como una etapa superadora de la de Cristina. Logró que para estos votantes líquidos el mandato ahora se trasladara hacia qué hacer con Macri. Y contra ese mandato la situación económica fue determinante para sentenciar el resultado: 49% contra 32% en las primarias de agosto.

La salida al desconcierto post-PASO vino de abajo hacia arriba con las masivas movilizaciones espontáneas del 24 de agosto. Fue el actual presidente quien mejor y más rápido entendió el mensaje y nació una nueva épica de campaña buscando sacarles votos a las opciones minoritarias y, sobre todo, lograr atraer nuevos votantes.

La novedad fueron las sucesivas movilizaciones de apoyo mayoritariamente de clase media, que de manera sorpresiva iban ocupando la calle. Del lado opuesto, la campaña del Frente de Todos se mostró menos ordenada, comenzó a mostrar ciertos zigzagueos que culminaron con Alberto Fernández señalando que "él y Cristina eran lo mismo". Estas dinámicas terminaron activando a votantes que no necesariamente son macristas, pero sí se mostraron antikirchneristas. El mandato para estos votantes volvió a ser sobre Cristina y el resultado de octubre lo demuestra: mayores niveles de participación y un resultado más ajustado: 48% a 40%.

En definitiva, estos votantes líquidos y menos politizados están dando una muestra cabal de que buscaron en las urnas un poskirchnerismo y un posmacrismo. Esto, lejos está de significar que los líderes de esos espacios deban desaparecer, pero sí significa que necesitan aprender a evolucionar.

El gobierno entrante necesitará, tanto desde lo comunicacional como desde la toma de decisiones políticas específicas, encontrar su propio relato y mostrar que realmente "volvieron para ser mejores". Asimismo, el gobierno saliente requerirá una evolución que le permita reconfigurarse de cara a las elecciones de 2021. Creer que el 48% o el 40% está tallado en piedra y es el comienzo de un nuevo bipartidismo en la Argentina puede ser un error fundamental.

Los votantes, más que nunca, pusieron límites a ambos espacios obligándolos a negociar en un congreso dividido. Los polos requieren mutar y desarrollarse para poder cumplir con las expectativas de una sociedad cuyas demandas insatisfechas siguen creciendo ya que nadie, absolutamente nadie, vota para atrás.

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