
"Estas hegemonías terminan mal", dice María Sáenz Quesada
Según la historiadora, es un error creer que sólo los peronistas pueden gobernar
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Llegó a la historia casi por mandato de familia. Siempre estuvo presente en su vida y en sus orígenes, que se entroncan con los linajes criollos de las provincias de Buenos Aires y Mendoza.
“Como vieja familia argentina, tuvimos que ver con muchos acontecimientos. Nuestros antepasados fueron actores secundarios, pero importantes en el relato de la patria”, dice la historiadora María Sáenz Quesada. Desde muy joven ella abordó la disciplina con una mezcla de curiosidad y ansiedad por entender el sentir de aquellas viejas familias, como la suya, que se iban viendo arrinconadas por el paso arrollador de la inmigración.
“Son interrogantes que se me fueron metiendo desde la infancia. Además, mi padre, Héctor Sáenz y Quesada, era historiador. Actuaba en el nacionalismo católico. Era de derecha. Yo, de alguna manera, tuve que reaccionar frente a todo eso y hacer mi propio cuadro de reflexión”, señala.
La historiadora se graduó en la Universidad del Salvador y se especializó en la divulgación de la historia argentina y latinoamericana. Desde 1985 se desempeña como subdirectora de la revista Todo es Historia, que dirige Félix Luna. Está casada con el abogado entrerriano Dardo Tuler. Autora de best sellers históricos como "Los estancieros" y "Mariquita Sánchez, vida política y sentimental" -por cuyo éxito arrollador se dice que el entonces jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires Fernando de la Rúa la convocó en 1996 para ser secretaria de Cultura-, Sáenz Quesada ha conseguido, sin duda, lo que se propuso hace ya unos cuantos años: volver más comprensible la historia argentina para sus compatriotas. Pero, además, lo logra con un perfecto equilibrio entre el rigor investigativo y el vuelo literario.
-Usted abordó en uno de sus libros a María Estela Martínez de Perón, una asignatura pendiente en el estudio de nuestra historia. ¿Por qué cree que ha habido tan poca reflexión sobre un capítulo trágico de nuestro pasado reciente?
-Me parece que el de Isabel es un tema que a la gente no le gusta recordar, que se ha ocultado tras el velo del ridículo y de la demonización de su entorno. Esa demonización y esa ridiculización resultan una respuesta tranquilizadora, que tapa todo. No nos olvidemos de que en el gobierno de Isabel hubo una enorme cuota de participación popular. Isabel formó parte de la fórmula Perón-Perón, que votó el 62 por ciento de la población. Eso no fue algo que nos pasó sin que nos diéramos cuenta.
-¿Por qué una mujer sin la preparación adecuada y con influencias espiritistas y de personajes conflictivos, como José López Rega, gobernó la Argentina durante casi dos años?
-Eso no se puede entender desde la lógica de las instituciones republicanas, sino desde la lógica del palacio. Perón se sentía el único centro. Durante sus dos primeros gobiernos apartó a las figuras que podían hacerle alguna sombra, como Mercante o Bramuglia. Cuando vuelve, en el 73, se lo mira como a una suerte de mago que puede ser árbitro en todos los conflictos y pacificar a una sociedad que se ha vuelto muy violenta. Cuando llega el momento de elegir compañero de fórmula, no piensa en algún representante del peronismo histórico, ni siquiera en el binomio Perón-Balbín, que hubiera sido más lógico. La elección recae en su mujer. Yo creo que es una decisión consciente y autónoma de Perón, que responde a una lógica de personalismo exacerbado. El no piensa en el futuro: piensa en resolver la interna con más de sí mismo, es decir, con su mujer. Pero, por estar gravemente enfermo, lo que logró fue abrir un capítulo terrible de la historia argentina.
-¿Fue, a su entender, una de las etapas más violentas de nuestra historia?
-Yo creo que hay que ver los años 70 como un todo, con gobiernos militares y con una democracia muy frágil cuando la hubo, sin la menor vocación por construir consensos y sin tolerancia. El peronismo no tenía una tradición democrática, sino caudillesca. Durante muchos años la propia proscripción del peronismo jugó en contra. Había también muchas culpas y responsabilidades en la forma en que se había hecho política contra el peronismo. Todo eso se fue dando en un marco en el que el modelo del castrismo cubano estaba muy arraigado en la juventud. No era algo nostálgico, como ahora.
-¿Cree que los males de la Argentina pasan por el peronismo?
-No, en absoluto. Sería tan erróneo como decir que sólo los peronistas pueden gobernar en la Argentina. Ese es un discurso que se impuso en la crisis de 2001-2002 y que se ha instalado incluso entre los intelectuales, pero que a mí me parece peligroso. El fin desdichado de Alfonsín y el final caótico de De la Rúa reforzaron esa idea, pero uno debe preguntarse si quienes formaban la oposición tenían ganas de colaborar para que no se destruyera aquello que se estaba construyendo con tanta dificultad, es decir, los gobiernos con alternancia. El peronismo debería haber ayudado para que la Alianza pudiera terminar su mandato. La historia nos enseña que estas hegemonías terminan mal. Si no hay alternancia, es muy difícil imaginar un futuro en democracia.
-¿Hubo similitudes entre la crisis de los años 70 y diciembre de 2001?
-La diferencia es que ahora el arbitraje militar ya no existe. Las Fuerzas Armadas se desarrollan sin que nadie las llame y sin que ellas se agiten. Esta es una diferencia importante. Tampoco hay organizaciones armadas tan evidentes como en los años 70. En cuanto a la similitud, yo creo que la principal es esa ansiedad por no querer buscar soluciones permanentes.
-¿También hubo ansiedad en la Revolución Libertadora, tema en el que usted está trabajando?
-Yo creo que fue un gran error recurrir a las Fuerzas Armadas para derrocar a Perón. Había una gran resistencia estudiantil universitaria, también de los católicos, y ese tipo de resistencia pacífica hubiera sido mejor que las bombas y los fusilamientos. Este golpe -que fue cívico-militar y en eso se diferenció de otros- tuvo también esa impronta de impaciencia tan ejercitada por los argentinos, que nos lleva a borrar todo lo hecho, a reemplazar de un día para otro al gobernante que ha perdido consenso o fuerza y que, en este caso particular, sin duda había cometido muchos errores en la búsqueda de un poder absoluto incompatible con la democracia.
-¿Qué enseñanzas nos dejaron los hechos de la conflictiva historia política de hace treinta años?
-Hay que reconocer que la violencia política como recurso ha sido desterrada. Se valoran los derechos humanos y la democracia. Pero si se trata de comparar a la sociedad de entonces con la de ahora en cuanto al bienestar y a la distribución del ingreso, lamentablemente tenemos que reconocer que estamos peor que entonces.
-¿Se puede consolidar la democracia con fragmentación social y educacional?
-Es el peor de los escenarios para consolidar la democracia. Afortunadamente, la democracia sigue, pero con instituciones muy débiles, con creciente acumulación de poder en el Ejecutivo, con una corrupción que no ha desaparecido.
-¿Le gusta Kirchner?
-Lo que tiene de positivo es que se muestra cómodo en el poder, que le gusta tomar decisiones, lo que ha permitido reconstruir la autoridad presidencial. El peligro es que la concentración del poder en un reducido círculo de su absoluta confianza derive en una parálisis voluntaria del Congreso. Hay un desconcierto de la oposición que favorece esta concentración de poder. Además, veo una sobreactuación en esa confrontación permanente y en esa cosa de presentarse como nuevo cuando, en realidad, él y su gente tienen una historia bien enraizada en las décadas del 80 y el 90. No han aparecido ahora; no nacieron de un repollo.
-¿Podremos recuperar el orgullo de ser argentinos, superar la frustración de comparar la realidad actual con la de cuando éramos granero del mundo?
-A mí esa visión siempre me pareció un poco exagerada. Tenemos que ser más modestos. Si me preguntan de qué modo me gustaría recuperar el orgullo de ser argentina, diría que a partir del modelo de una república sencilla, democrática, con sentido republicano y con una ciudadanía dispuesta a exigir lo mejor de sus gobernantes. De modo que creo que es ese país el que tenemos que construir, pensando, más que en la Argentina rica de 1910, en aquella Argentina original de 1810, en la que todo estaba por hacerse.



