
Evocan a Jean Mermoz, pionero de la aviación
La Fuerza Aérea lo recordó con un acto en Mar del Plata
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MAR DEL PLATA.- "Fue el más grande aviador que conocí; el más guapo, el que jamás sintió miedo." Vito Palazzo, el único sobreviviente de aquel grupo de valientes que también integró Antoine de Saint-Exupéry, no duda ni ahorra elogios al recordar a Jean Mermoz, el piloto francés que, a principios del siglo pasado, encabezó la habilitación de la primera línea aérea que uniría las capitales de la Argentina y Chile y, tiempo después, el resto del mundo.
Anteayer, en el año del centenario del nacimiento de "el (Charles) Lindbergh francés", como lo bautizaron en su país, la Fuerza Aérea homenajeó a este pionero de las rutas aéreas argentinas.
El acto se enmarca en el programa internacional de actividades diagramado por la Comisión de Homenaje a Jean Mermoz del Senado francés, representado aquí por Guillemette de Bure, nieta del fundador de la Compañía Aeropostale Generale de ese país, y Aeroposta Argentina, su brazo comercial en nuestro territorio. La acompañaron el cónsul general de Francia, Jean Louis Rystó, y el agregado de Defensa de esa república, coronel Joel Gross.
"Mermoz tenía un coraje fantástico y no le tenía miedo a nada", señaló la heredera de la línea que le encomendó a este piloto la misión de establecer aeropuertos, formar recursos humanos y poner en marcha un puente aéreo entre Buenos Aires, la Patagonia, Chile y Brasil.
El jefe de la Base Aérea Militar de Mar del Plata, comodoro Rodolfo Savoia, reconoció el orgullo de que este acto tuviera por escenario la unidad a su cargo: "Mermoz y sus compañeros establecieron un fuerte lazo que aún persiste entre argentinos y franceses", resumió.
Mermoz, que cumpliría 100 años el próximo 9 de diciembre, desapareció con su tripulación dos días antes de celebrar sus 35 años mientras piloteaba el hidroavión Croix du Sud frente a las costas de Dakar.
Hasta ese momento había tenido una trayectoria espectacular desde que se graduó como piloto en el Ejército del Aire francés. Sin chances laborales en su país, hizo experiencia en Siria hasta que, en 1924, fue contratado por Latecoere, la línea aeropostal más importante de Francia. "Para ser piloto hay que ser obrero", le dijo Didier Daurat, jefe de la compañía. Y lo derivó a los talleres como mecánico. Un año después recibía ya la medalla del Aeroclub de Francia por batir el récord de horas de vuelo: 800 con 120.000 kilómetros recorridos.
Tres años después, tras innumerables viajes sobre el mar Mediterráneo y el desierto del Sahara, fue derivado a Buenos Aires como jefe de pilotos de Latecoere y luego Aeropostale. Y el día en que cumplió 26 años lo celebró en el aire: por primera vez unía los aeropuertos de Buenos Aires y Río de Janeiro. Fue también él quien inició los vuelos nocturnos entre esos destinos: "Por su valor era el único capaz de tamaña proeza en aquella época", insistió Guillemette de Bure mientras revisaba una réplica a escala de los aviones Laté 25, que integraban la flota de su abuelo, uno de los cuales sobrevive en un museo de Quilmes.
"Maestro de pilotos"
"Mermoz fue maestro de nuestros pilotos", aseguró en el acto Oscar Rimoldi, historiador de temas aeronáuticos en nuestro país. "Estableció un vínculo -dijo- que desde entonces nos mantiene abrazados a franceses y argentinos."
En la Patagonia, que tantas veces sobrevoló, acumuló miles de historias, como en aquella obligada escala en medio de la cordillera de los Andes mientras volaba hacia Santiago de Chile con Henry de la Vaulx, presidente de la Federación Aeronáutica de Francia, como único pasajero. Se bajó de la aeronave y trabó las ruedas con su cuerpo para no caer a un precipicio hasta que su mecánico fijó topes con piedras.
El 14 de julio de 1929 inauguró el correo aéreo Buenos Aires-Mendoza-Santiago de Chile, hasta que unió por aire la capital trasandina con un aeropuerto francés.
"Cortamos el motor de atrás", fue el último mensaje que Mermoz llegó a dar por su radio el 7 de diciembre de 1936, en su 24» travesía a través del océano Atlántico. Su entrañable amigo Saint-Exupéry se negaba a aceptar lo peor: "Como siempre -escribió el autor de "El Principito"- llegarás tarde a uno de esos bares donde nos encontrábamos y aparecerás de pronto, sin explicaciones, sin excusas, pero tan plenamente presente que la espera quedará borrada y retomaremos nuestras viejas discusiones."






