
Frases sin fortuna que pasan a la historia
Políticos y dirigentes suelen envolverse en excusas para tratar de redimirse de exabruptos y desaciertos
1 minuto de lectura'
Al calor de la tribuna. En el fragor de la campaña.
Esas son las frases a las que suelen apelar los dirigentes para justificar los exabruptos que dicen en público y de los cuales terminan arrepintiéndose, cuando no cargándolos sobre sus hombros durante largo tiempo.
El caso más reciente está todavía muy fresco, pero conviene recordarlo: el titular de la CGT dialoguista, o de los gordos, Rodolfo Daer, amenazó con echar a patadas al Gobierno con el que se fotografió hace pocos meses, luego de acordar algunos puntos de la reforma laboral.
Las cosas seguramente pueden cambiar en una relación de este tipo, pero no tanto como para que alguien piense, aunque más no sea por unos segundos y al calor de la tribuna, en intentar romper el orden constitucional.
Quienes tienen ganas de echar a De la Rúa no tendrán más remedio que esperar hasta la próxima elección presidencial. Como consuelo, para ir probando, tienen las parlamentarias del año próximo. Otra cosa no hay.
En las últimas horas, Daer se deshizo en disculpas, pero ello, aunque es valorable, no lo exime de ser uno más en la lista de quienes pierden el control o, tal vez deliberadamente, aprovechan la tribuna o la campaña para decir cosas que no deberían decir.
* * *
Aunque fue pronunciada en el recinto de Diputados, que suele ser también una tribuna donde muchos se acaloran, no puede dejar de recordarse una frase del diputado radical Ernesto Sammartino, hacia fines de la década del 40, cuando calificó al peronismo de aluvión zoológico.
Un país cuya sociedad ya vivía un enfrentamiento político que terminaría costando vidas y retrasos en el desarrollo no necesitaba semejante definición.
Pero así pensaban los antiperonistas, los gorilas, como se los conocía en la jerga política, y a ellos se refirió Perón cuando, siendo gobierno y pocos meses antes de la Revolución Libertadora, en 1955, habló ante una enfervorizada y colmada Plaza de Mayo y soltó: "Por cada uno de nosotros caerán cinco de ellos".
Perón, expresando una idea y utilizando un lenguaje que no resiste el menor análisis proviniendo de un presidente, se refería a los antiperonistas, entre ellos quien luego fue ministro de Defensa de Alfonsín, Roque Carranza, que habían producido algunos atentados en distintos puntos de la ciudad.
La frase de Perón fue toda una incitación a la violencia, que muchos de sus partidarios no tardaron en seguir, sumiendo al país en la barbarie.
Posiblemente, lo de Sammartino encerraba un odio visceral hacia el peronismo y lo de Perón, el ánimo de aniquilar como fuera a sus opositores.
Parece haber menos dudas sobre las intenciones del general Leopoldo Fortunato Galtieri cuando, en 1981, repitió una frase del general Albano Harguindeguy y aseguró que "las urnas están bien guardadas". Lo cierto es que sus ansias de que los militares se perpetuaran en el poder terminaron rápidamente, un año después, pero a un altísimo costo: el que dejó el estropicio de Malvinas.
* * *
En cambio, ¿qué llevó, ese mismo año de 1981, al ministro de Economía Lorenzo Sigaut a asegurarle a la población que "van a perder los que apuesten al dólar"? Sigaut , quien lógicamente pasó a la historia por esa frase, ni siquiera podía tener la excusa del calor de la tribuna, porque lo dijo en otro ámbito. ¿Hubo mala fe? ¿Desconocimiento de la situación que debía manejar? ¿Razones de Estado? Lo cierto es que la maxidevaluación que hubo poco después de las palabras del ministro dejó a miles de argentinos en terapia intensiva.
Pasaron algunos años y una noche de 1982, en el acto de cierre de la campaña del PJ, que postulaba a la fórmula Luder-Bittel, el candidato a gobernador bonaerense, Herminio Iglesias, no precisó de palabras para demostrar que su mente se había quedado detenida en el tiempo. Fue cuando quemó el féretro que simbolizaba la muerte del candidato presidencial de la UCR, Raúl Alfonsín. De todo el partido de Alem, en realidad.
La sociedad castigó ejemplificadoramente, en las urnas, a Herminio, hasta prácticamente hacerlo desaparecer de la política.
Fue Alfonsín, justamente, quien en la Semana Santa de 1987, al calor de una Plaza de Mayo repleta de fervor popular porque se terminaba de controlar una de las rebeliones carapintadas, aseguró: "La casa está en orden", siendo retribuido por una ovación que provenía de gente de todos los signos políticos.
¿Falta de información sobre lo que estaba bullendo debajo suyo, en las filas militares, o el arrullo del calor de la tribuna? Tal vez, algo de las dos cosas. Alfonsín y el país vieron poco tiempo después que la casa para nada estaba en orden.
En la siguiente campaña presidencial, en 1989, Carlos Saúl Menem conmovió al país al decir que, si ganaba, tomaría las Malvinas a sangre y fuego. Claro, era el Menem patilludo que parecía muy identificado con los antiguos caudillos riojanos y, además, estaba en Tierra del Fuego, cerca de las islas. Pero igual fue un exabrupto en un país que todavía no cerraba las heridas de Malvinas.
No se sabe si Menem habló racionalmente o no, pero sí es conocido lo que pasó cuando fue presidente: se alineó fuertemente con los Estados Unidos, que es como decir con Gran Bretaña, y hasta tuvo un canciller, Guido Di Tella, que hizo de la seducción a los malvinenses el eje de su gestión.
En el fragor de la campaña, Fernando de la Rúa dijo que no dispondría una suba de impuestos. ¿Lo traicionó el calor de la tribuna o la falta de un buen diagnóstico sobre lo que aspiraba a administrar? Porque habló sobre la "herencia recibida" luego de asumir, parecería que lo segundo.
El impuestazo, aplicado rápidamente por el Gobierno y del que Machinea no se arrepiente, para muchos economistas era necesario, pero para otros terminó por sumir al país en una profunda recesión.
Y más cerca en el tiempo, el líder de una de las centrales obreras rebeldes, Hugo Moyano, instó a la rebelión fiscal, un despropósito sobre el que no vale la pena explayarse.
* * *
Vistas a través del tiempo y al margen del daño o la decepción que causaron, algunas de esas frases pierden buena parte de la fuerza que tuvieron en su momento. Y, en algunos casos, hasta pueden mover a una sonrisa.
No por ello, sin embargo, dejan de ser importantes, pues el conjunto de ellas, más otras que también pudieron haber sido recreadas, demuestra que las clases dirigentes no siempre están a la altura de lo que se espera de ellas en materia de mesura, de transparencia.
Y eso no es bueno para un país que procura transmitir seriedad y confianza hacia afuera y hacia adentro.






