Javier Milei, en Davos: del estupor de la primera vez y las críticas al wokismo, a una versión más moderada
El Presidente atenuó su discurso en comparación con lo que fueron sus otras dos exposiciones en el foro económico
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DAVOS, Suiza.– “El ejercicio del poder cambia. Uno aprende”, contestó el año pasado Javier Milei al periodista de Bloomberg que, en Davos, lo cuestionaba sobre una promesa no cumplida desde que había asumido un año antes.
Es cierto. No mucho, pero Javier Milei cambió desde que, en 2024 vino por primera vez al Foro Económico Mundial de Davos (WEF).
“Estupor”, era la palabra utilizada para calificar la reacción de los asistentes a la primera conferencia de Milei en Davos, sobre todo cuando listó lo que, a su juicio, son “los enemigos de la libertad”.

“Esos enemigos son todos. No hay diferencias sustantivas. Socialistas, conservadores, comunistas, fascistas, nazis, social-demócratas, centristas. Son todos iguales. Los enemigos son todos aquellos donde el Estado se adueña de los medios de producción”, había dicho Milei, dejando con la boca abierta a la audiencia.
El mundo quedó entonces con la boca abierta porque no conocía a ese plato volador que aterrizaba en Europa, supuestamente con una motosierra en la mano y gritando “Viva la libertad carajo”. Todos habían venido a escuchar a ese extravagante que prometía el cielo y la tierra y llevar a la Argentina a ser otra vez una potencia mundial en tiempo récord.
Pero nadie esperaba la violencia de sus palabras contra un continente y contra representantes de un occidente que, en el fondo, fue precisamente quien dio a luz a todos los referentes ideológicos del entonces nuevo presidente.
Incluso se trató de un Milei más belicoso, que criticó públicamente a LA NACION cuando publicó que la sala donde había disertado estaba medio vacía. “Mentiras”, se indignó el mandatario, a pesar de la elocuencia de las imágenes. Por entonces, Milei tuiteaba sin parar a imagen y semejanza de su gran aliado norteamericano, Donald Trump.

Esa costumbre y las mismas críticas se repitieron al año siguiente, incluso a través del ejército de trolls que estaba por entonces al servicio del Presidente. En sus primeros años de mandato, Milei había decidido que había que subir la apuesta en contra de ese Occidente que aborrece, controlado por “socialistas”, ignorando empecinadamente que la mayoría de los países europeos están gobernados desde hace décadas por partidos de centro-derecha y derecha conservadora. Y fue por eso que su discurso de 2025 provocó indignación mundial, en particular cuando decidió hacer un paralelo entre homosexuales y pedófilos. Ese discurso incluso derivó en una marcha de repudio en Buenos Aires.
“Pero, ¿por qué razón no se limita a hablar de economía, que es de lo que sabe?”, se indignó entonces un eurodiputado alemán de la Democracia-Cristiana.
La explicación tal vez resida en que Milei pertenece a la generación de aquellos que confunden popularidad con prestigio, términos mezclados y naturalizados por las redes sociales. Hoy, sus allegados lo reconocen: el Presidente se sintió satisfecho con la exposición mundial que le dieron aquellas dos intervenciones.
Pero todo tiene su límite, y sus asesores parecen haber comprendido que la imagen del Presidente comenzaba a sufrir consecuencias negativas, sobre todo en su propio electorado, en vísperas de unas elecciones consideradas fundamentales para el futuro de su gobernanza.
Entonces, Milei cambió. Dejó de hostigar cotidianamente a los periodistas que osaban decir que las salas en las que hablaba estaban medio vacías y a escribir tuits de la mañana a la noche.

Sin embargo, como bien dicen los franceses “on ne se refait pas” (uno no se vuelve a hacer). El Presidente sigue siendo en muchas cosas igual a sí mismo. Es el mismo que lo llevan a ver “comunistas y socialistas” por todas partes. Asimismo, ¿por qué tiene esa necesidad de dar clases de economía a un público que no entiende lo que está diciendo y que preferiría escuchar al hombre de carne y hueso? ¿Por qué no deja sus interminables referencias y análisis históricos para sus libros? ¿O sus debates con especialistas?
Este año, Milei tuvo la mala suerte de que su gran aliado, Donald Trump, se olvidara de que él debía intervenir inmediatamente después, y se lanzó en un monólogo tan desmesurado que consternó a los asistentes y, probablemente, le quitó un público dispuesto a asistir a su exposición.
Pero la verdad es que la persistencia de Milei en conservar para sus discursos ese formato doctoral y abstruso ha dejado de ser una novedad en Europa, donde entusiasma mucho más su nueva experiencia económica que sus mensajes. Esa podría ser también una de las razones por las cuales la sala de conferencias del Foro Económico Mundial atrae cada vez menos gente cuando el presidente argentino diserta en Davos.
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