
Juan Carlos Cattáneo: hay cosas que no cierran y muchas dudas
Criticó al juez Velázquez y a la policía; admitió diferencias con su hermano por IBM
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Tiene las manos grandes y húmedas. Las estrecha con firmeza. Juan Carlos Cattáneo está destruido y no lo oculta. Acaba de salir del juzgado de Enrique Velázquez para reclamar el cuerpo de su hermano, que a once días de su muerte sigue en una cámara frigorífica de la morgue judicial.
"Hay cosas que no cierran. Estamos esperando los peritajes toxicológicos, pero hay cosas que no tienen sentido. Sobre todo por su personalidad, su vitalidad. Bueno, aunque puede haber algo de negación, de pensar Ôcómo no nos dimos cuenta´, hay muchas dudas", confiesa a La Nación , mientras abandona el Palacio de Tribunales y camina con paso rápido por la avenida Corrientes. La gente no lo reconoce.
Habla como una ametralladora, con bronca y dolor. Bronca contra el juez Velázquez porque "es inhumano demorar la entrega del cuerpo". Y dolor "porque queremos poder llorar".
No nombra a Marcelo Cattáneo por su nombre. La relación entre los hermanos se había deteriorado un poco, desde que Genaro Contartese y Alfredo Aldaco, dos ex directores del Banco Nación, acusaron al menor de los Cattáneo de haberles dado, en nombre de IBM, parte de los sobornos por el contrato de informatización del Nación. Antes de su muerte, Marcelo entregó al diputado cavallista Guillermo Francos un cuestionario para poner en problemas con las preguntas a Juan Carlos Cattáneo. "No nos llevábamos mal. Teníamos enfoques distintos en temas puntuales en cuanto al contrato. Pero no estábamos distanciados", señala.
El juez federal Adolfo Bagnasco sospecha que este hombre, en realidad, pudo haber influido sobre su hermano doce años menor para que asumiera el riesgo de pagar las coimas. Primero ante la Justicia y luego ahora, Juan Carlos Cattáneo repitió que le parecía imposible que Marcelo hubiera pagado las coimas.
Juan Carlos Cattáneo hoy no quiere hablar de sobornos. Ni siquiera pregunta sobre el sumario en que se investiga la muerte de su hermano.
"No queremos interferir en la investigación. Tratamos de no preguntar y averiguar. No porque no nos interese, sino para que no se diga que estamos tratando de interferir", responde a la pregunta de si tiene novedades sobre la causa.
El celular suena dos veces. Lo detiene el semáforo de la avenida 9 de Julio. No para de hablar, cruza la calle y al llegar frente al Obelisco, sigue rumiando bronca contra el juez Velázquez. "Hasta podríamos recusarlo", desliza pensando en voz alta.
"No nos quiere devolver el cuerpo porque dice que no está la causa en su jurisdicción. Nos dijo que hay que tomar todos los recaudos para que esto no se convierta en otro caso como el de María Soledad (Morales)", relata.
Quejas contra la Justicia
Le ofrecieron a Velázquez velar el cuerpo con custodia policial y hasta contratar seguridad privada para cuidarlo y luego devolverlo. El magistrado no lo aceptó. "Yo puedo entender que me diga Ônecesitamos el cuerpo para hacerle un estudio especial´ o lo que sea, pero no. No hizo nada", se queja.
Rescata a la jueza María Gabriela Lanz de Ouviña, que intervino cuando su hermano apareció colgado de una antena en la Ciudad Universitaria, el 4 del actual. "Por lo menos la jueza dijo paso y se declaró incompetente, pero este juez no hace nada."
También elogia al fiscal Norberto Quantín, que durante el fin de semana largo se dedicó a rastrear el lugar donde fue comprada la ropa con la que su hermano apareció muerto. Para Juan Carlos Cattáneo, el otro fiscal de Cámara, Ricardo Sáenz ,"parece un hombre razonable". Pero se queja de la investigación policial. "Nosotros buscamos calle por calle en Núñez. Le dimos a la Justicia el dato de un amigo que llamó a la casa de mi cuñada diciendo que lo había visto el viernes 2 cuando estaba desaparecido, pero ningún policía había encontrado nada".
Silvina De la Rúa, la mujer de Marcelo, está aún conmocionada. Sólo cuando vio la agenda de su esposo en el juzgado admitió que el muerto era él. Ahora se dedica a contener a sus hijos. "Tienen que ir a la escuela todos los días sabiendo que su papá está en una heladera", dice Cattáneo.
El juez Velázquez le prometió que llamaría Silvina De la Rúa para explicarle los motivos por los cuales no iba a poder entregar el cuerpo. La última vez que el juez y la viuda estuvieron cara a cara no fue exactamente una escena pacífica. Un nuevo encuentro se prenuncia igual de tormentoso.
La madre de los Cattáneo está igual: "Hace once días que está vestida de luto. El otro día fuimos a comer con ella y cuando íbamos por la calle vio un afiche de una revista con una horca en la tapa. Yo no sabía qué hacer o qué decir."
Camina esquivando gente y se detiene en un quiosco para mirar la tapa de los diarios de la tarde. "Y encima los diarios, todos los días", se lamenta.
Su obsesión hoy, más que el caso IBM-Nación es el cuerpo de su hermano: "Yo estoy en la calle desde hace 30 años. Desde los 15 trabajé y nunca vi una cosa así. Esto no es Justicia", se queja con amargura. Llega hasta la esquina de la calle Florida. Suena nuevamente su celular. La mano húmeda devuelve el saludo con amargura.
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