
La lucha contra la pobreza, el desafío de la década de 2000
Por Roberto Lavagna Para LA NACION
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Los años 90 han sido decididamente contradictorios. Al menos lo han sido para la mayor parte de América del Sur.
Por un lado, en el plano comercial, y sobre todo en el plano financiero, se ha avanzado en un proceso de mayor integración al mundo. Al mismo tiempo, se ha visto un saludable retroceso del Estado empresario.
Frente a estas tendencias positivas han aparecido otras profundamente negativas derivadas de un crecimiento bajo y/o inestable, de una fuerte ampliación de la brecha de ingresos y bienestar en la sociedad, y de un facilismo financiero que ha llevado a una peligrosa ampliación de la deuda pública.
En todo caso, está claro que no se produjo el efecto "derrame" del bienestar y la riqueza que algunos suponían habría de producirse desde los sectores de más altos ingresos hacia abajo. Al revés, los sectores medios han retrocedido y los sectores de más bajos ingresos han quedado lisa y llanamente excluidos. Si la situación no mejoró por "derrame" en los años buenos, los inicios de los 90, menos lo hará ahora, en medio de una situación de deterioro del crecimiento y de crecientes dificultades de financiamiento externo.
Si el retiro del Estado de la función empresarial fue altamente positivo, sin entrar en detalles sobre sus formas concretas -muchas de ellas objetables-, su retiro del frente social ha sido lisa y llanamente catastrófico.
Por eso no debería extrañarnos que los dos países más grandes de América del Sur estén hoy centrados en la lucha contra la pobreza. En mayo de este año, el gobierno argentino lanzó un programa integral de lucha contra la marginación, uno de los más grandes del mundo, según el propio Banco Mundial. El programa está constituido básicamente por 2.000.000 de jefes y jefas de hogar con un ingreso mínimo asegurado, más un programa de alimentos y el programa Remediar, que asegura medicamentos fundamentales para la población.
A su vez, el nuevo gobierno de Brasil está lanzando lo que ha sido su gran compromiso de campaña, el plan Hambre Cero, cuyo objetivo está explicado por el nombre mismo.
Esta década debe ser la del compromiso entre el funcionamiento del mercado y la globalización, y la reinserción social, la lucha contra la exclusión y el hambre. Ambas cosas no son contradictorias ni imposibles de ser procesadas adecuadamente. Por supuesto, ello requiere un enfoque integral de la política económica y de su articulación con las políticas sociales, y no sólo una visión centralmente financiera.
El desafío es importante en varios planos: el ético, el político, el social y -no asombrarse- el estrictamente económico.
En lo ético, porque ningún individuo normal puede ser indiferente a la condición social de sus compatriotas.
En lo político, porque no hay instituciones, reglas o seguridad jurídica que puedan sobrevivir en medio de una sociedad que se disgrega, donde los valores de la democracia se degradan y avanzan los riesgos de las soluciones extremas.
En lo social, porque cuando el tejido social evoluciona regresivamente -no importa cuál sea el punto de partida- los riesgos de vivir rodeado de "alambres de púas" son mayores, sea para encerrar a los que reclaman airadamente, sea para encerrarse en defensa propia en guetos privilegiados.
El desafío es también válido en lo económico en un plano doble: el obvio de la imposibilidad del crecimiento en un contexto de desorden ético, político y social, y el menos evidente que hace del consumo interno y de la capacidad de incorporación tecnológica una variable central del crecimiento.
Nuestros países no podrán crecer si no combinan la apertura al mundo y el salto exportador con un sostenido crecimiento del consumo interno. Igualmente, no habrán de crecer si su población carece de niveles de vida que garanticen la capacidad de desarrollar aptitudes en materia de desarrollo y aplicación de tecnología.
La década del 90 fue, para América latina en general y para América del Sur en particular, la del Consenso de Washington (vale la pena señalar que este Consenso fue mucho menos conocido aun en círculos intelectuales en Europa o Asia).
Ahora, en esta década del 2000, es el momento de rescatar aquellas partes válidas de este Consenso y articularlo con la política de integración o reintegración social. Un consenso superador del anterior donde la Argentina y Brasil tienen un rol fundamental por jugar.
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