
La política barrabrava exige resultados concretos
La intolerancia a la crítica y el insulto a los contradictores se ha consolidado como política de Estado mucho más rápido y más consistentemente que la moral que pregona el Presidente
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La velocidad con la que se producen y reproducen acontecimientos en la Argentina permite pasar por alto situaciones significativas y, sobre todo olvidarlas o darlas por superadas demasiado rápido. Javier Milei y su gestión comprenden como pocos esa dinámica de la era de la instantaneidad y la simultaneidad. Y la explotan al máximo.
La contraindicación, como siempre, está en el abuso de esa receta. La acumulación deja huellas que, salvo que se produzcan mejoras estructurales, terminan dándole relevancia a las formas y convirtiéndolas en problemas de fondo. Eso es lo que está afectando al Gobierno, además de los problemas reales y los resultados concretos del programa económico, que genera una Argentina cada vez más heterogénea y desigual, con perspectivas de profundizarse en la disparidad.
Lo sucedido el miércoles pasado en la Cámara de Diputados durante el informe de gestión del jefe de gabinete, Manuel Adorni, es un buen ejemplo, que podría entrar en el sobrecargado estante de las lesiones autoinflingidas con secuelas de largo alcance y merece volver a mirar algunas escenas.
En primer lugar, el Presidente no sólo expuso su imagen (en baja en la mayoría de las encuestas) en defensa de un funcionario bajo sospecha, que no terminó de aclarar ninguno de los interrogantes que dominan la agenda pública desde hace más de un mes sobre sus gastos suntuarios y su incremento patrimonial concretados durante los dos primeros años de gestión. Milei hizo más que eso.
Después de prometer la moral como política de Estado en ese mismo recinto hace apenas dos meses, la semana pasada oficializó la política barrabrava como metodología de conducción del Estado.
La llegada y la permanencia del Presidente en el Congreso, acompañado de su séquito de ministros, y los airados agravios con gestos agresivos, incluidos, que le dedicó a los adversarios y a los periodistas presentes que intentaron interrogarlo, lo asemejó demasiado a las escenas protagonizadas por los jefes de las hinchadas de fútbol. Nada más parecido resultó un por momentos desencajado primer mandatario a los líderes de las barras bravas cuando llegan la cancha secundados por sus aduladores coroneles o cuando se instalan sobre el paraavalanchas en el centro de la tribuna para hostigar a los rivales. Y alentar a los propios, hasta cuando se equivocan.
Las palabras en reconocimiento a la división de poderes y de respeto a las investigaciones judiciales, que expresó enfáticamente Adorni en su autodefensa y para no ofrecer ninguna prueba sobre el origen del dinero con el que solventó sus gastos, quedaron, así, ensombrecidas y desmentidas en la práctica.
La presencia dominante e intimidante del jefe del Poder Ejecutivo, rodeado de sus fanáticos ubicados en las barras y en las bancas, con sus ataques hacia los diputados de la oposición en la sede del Poder Legislativo fue una anomalía, aún en tiempos de incorrección política extrema, que subrayó el momento irascible del Presidente así como el aislamiento y la intolerancia dominantes en el oficialismo.
Sin lugar para el disenso
“Aunque hay certeza de que la economía va a mostrar mejoras y ya está habiendo indicios de eso, la inflación sostenida por encima del 2% desde hace 10 meses, más la caída de la actividad y el malestar social creciente, sumado a las peleas internas y las acusaciones por supuesta corrupción han generado un cambio en la dinámica del Gobierno y en el ánimo presidencial, que es imposible de ocultar. Adentro todo es mucho más tenso y más cerrado. Sobra la desconfianza y el miedo. Si nunca hubo mucho espacio para disenso hoy no hay ni un resquicio para disentir. Yo prefiero callar antes que exponerme como alguna vez lo hice”, revela un destacado integrante del oficialismo.
El funcionario es uno, no el único, de los que ha reducido sus contactos externos, cuida las palabras como si fueran criptoactivos y solo habla con interlocutores que podrían ser observados por los hermanos Milei (como los periodistas no militantes) en absoluta reserva y, obviamente, cuando no está en dependencias públicas. No es de extrañar. En las redes sociales y en las reuniones de gabinete el síjavierismo y el síkarinismo compiten con la adulación al líder, sin temor al exceso ni al ridículo. Aún de parte de algunos funcionarios y dirigentes con trayectoria y prestigio previo.
Ese contexto explica tanto las actitudes presidenciales, como las características de la presentación de Adorni en el Congreso. Descalificar a los contradictores y críticos, no dar mayores explicaciones, machacar con los pronósticos optimistas, insistir con la prédica dogmática, blindarse ante los cuestionamientos y forzar indicadores y cifras para que muestren rasgos positivos es lo que manda. Hasta que lleguen mejores vientos.
La utilización de cuadros con cifras de una consultora privada por parte de Milei en su larga exposición en la cena de la Fundación Libertad y no de indicadores oficiales fue observada por varios economistas como un ejemplo del recorte narrativo y del uso de las mediciones en beneficio propio. También su nulo relacionamiento con los invitados en un ambiente favorable resaltó la percepción de aislamiento que domina.
Así, los pronósticos de varias consultoras privadas de una caída de casi un punto en el índice de inflación de abril, que estaría en torno del 2,5%, es una buena noticia, que entona al equipo gobernante y será sobreexplotada por la propaganda oficialista, aunque no suficiente para aventar malestares ni para cambiar el malhumor social.
Ese clima ha ido deteriorándose centralmente por el desempeño de la economía, que ha afectado el poder adquisitivo de los ingresos de la mayoría de los asalariados públicos (especialmente) y privados, sean éstos formales o informales. También por la destrucción de empleo en los centros más poblados o por la perspectiva de su destrucción.
El regreso de los aumentos de precios a los primeros lugares de las encuestas sobre los principales problemas del país y de los individuos, así como el sostenimiento de la pobreza y el empleo como preocupaciones centrales, junto con la corrupción tocan el meollo de la evaluación sobre la gestión del gobierno y la imagen presidencial.
Tanto los problemas económicos como la corrupción que en los dos primeros años del mandato mileísta se licuaban en la herencia recibida, ahora ya son imputados a Milei y su gestión, excepto por su núcleo duro de votantes. Además de su presento turbulento, el Gobierno ya tiene su propio pasado sobre el que se lo evalúa y debe rendir cuentas. En materia económica y en cuestiones de transparencia Milei y su equipo pusieron la vara a una altura que ahora le está costando demasiado alcanzar y la opinión pública se lo factura.
En ese sentido cobra valor la caída de 12% que registró frente al mes anterior en el índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT), no solo por la magnitud de la diminución sino por ser la quinta caída consecutiva después del triunfo electoral de octubre pasado.
“El problema no es el nivel en el que está en el tercer año de su mandato, ya que es un poquito más bajo que el que tenían Néstor Kirchner y Mauricio Macri, a esta altura, y bastante más que el que tenían Cristina Kirchner en sus mandatos y Alberto Fernández. Lo que preocupa es la tendencia ”, destacó Carlos Gervasoni, profesor de la UTDT y a cargo del ICG en la Departamento de Política y Gobierno.
En este punto, Gervasoni advirtió el impacto adverso que está teniendo para el Gobierno el caso Adorni, además de la marcha de la economía. “Sorprende la tenacidad del Gobierno en sostenerlo, cuando está claro que esto va a pura perdida. Cuanto más tiempo pasa Adorni en el candelero, peor para el Gobierno. Y me sorprende que no haya actuado como frente a otros casos como aquel famoso [escándalo] de José Luis Espert o ahora el del funcionario del Ministerio de Economía [Carlos Frugoni, por su propiedades en el exterior no declaradas]”, subraya el politólogo.
“El esfuerzo se le está haciendo demasiado largo a muchos que inicialmente apoyaban al gobierno, aunque su situación personal no fuera positiva. Ahora eso está cambiando y está afectando las expectativas”, explica Lara Gorburo, directora de la consultora Management & Fit. Y en ese punto coincide con Gervasoni sobre el impacto que está teniendo la realidad sobre uno de los grandes activos del Gobierno, que eran las expectativas positivas a futuro de la mayoría sociedad, aún entre quienes no la estaban pasando bien.
El impacto de esas realidades medibles ha sido retroalimentadas por el ejercicio de la política barrabrava presidencial, después del paréntesis electoral en el que Milei se autoimpuso un bozal (parcial) para el insulto y la descalificación.
Ataques presidenciales
Con motivo del día mundial de la libertad de expresión, celebrado ayer, varios reportes, como el monitoreo de la Libertad de expresión del Foro de Periodismo Argentino (Fopea) y el ránking de Reporteros sin Fronteras dieron cuenta del deterioro que este derecho fundamental ha tenido en la Argentina de Milei en sus dos primeros años de gestión y, muy especialmente, durante el año pasado.
El monitoreo de Fopea muestra que en 2025 se alcanzó el récord de agresiones a la libertad de prensa desde que existe ese registro, hace 18 años, y que el autor de 42% de los ataques fue el Presidente.
De esa manera, superó la cifra de ataques alcanzada durante el gobierno de Cristina Kirchner, en 2013, cuando el sueño de re-reelección empezó a chocar con el malestar económico y se topó con las revelaciones periodísticas sobre la ruta del dinero K y otros hechos de corrupción.
Ahora no solo resalta el número récord de ataques registrados sino que, por ejemplo, también se superó el número de acciones judiciales contra periodistas.
Por otra parte, un análisis de las 113.000 publicaciones propias y republicaciones efectuadas por Milei en la red X, efectuado por Fopea (Mileiinsultaenx.fopea.org) demuestra que una de cada siete contiene insultos, lo que lleva a un promedio de 60 posteos por día con agravios. Las categorías dominantes de esos insultos son la descalificación, la estigmatización y la animalización de sus destinatarios.
El Presidente justifica sus agravios e insiste en que sus pronunciamientos no son ataques a la libertad de expresión, sino que por, el contrario, él está ejerciendo ese derecho y que hay una relación asimétrica de la que es objeto. Esa posición, sin embargo, va en contra de toda la literatura sobre comunicación y política, así como de pronunciamientos judiciales y de organismos internacionales.
Las evidencias demuestran que la intolerancia a la crítica y el insulto a los contradictores se ha consolidado como política de Estado mucho más rápido y más consistentemente que la moral.
Numerosos miembros del Gabinete son consecuentes con esa práctica, tanto como se erigen en defensores del Presidente cuando la ejerce, en otra expresión cada vez más frecuente de la condescendencia (u obsecuencia) que reina en el equipo gobernante. “Solo para aclarar, la guerra hoy es del periodismo contra el gobierno, no viceversa”, publicó en X el ministro de Economía, Luis Caputo, quien se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los edecanes principales del Presidente en su rol de jefe de la barra brava.
En ese contexto y en ese sentido se dio la presentación de Adorni en el Congreso en la que no perdió más reputación de la que ya había perdido por la falta de aclaraciones suficientes de sus gastos y adquisiciones desde que ingreso al Gobierno, aunque tampoco le sirvió para recuperar al menos una porción de la imagen desgastada.
No obstante, el jefe de Gabinete, aplaudido por Milei y el resto del gabinete, recuperó muy pronto su estilo altanero y desafiante, tal vez demasiado confiado en que no tropezó más allá de su negativa a dar explicaciones y mostrar pruebas. También convencido de que lo benefició el presunto espionaje del que habría sido víctima su esposa, a juzgar por el minucioso detalle de sus actividades que hizo el servicial diputado kirchnerista Rodolfo Tailhade, para denunciar que Bettina Angeletti había usado en salidas particulares la custodia y los móviles estatales asignados al funcionario.
El problema para Adorni es que aún si la opinión púbica supiera los más que cuestionables antecedentes y prácticas de Tailhade vinculados con el mundo del espionaje y los condenara, como debiera, también podría preguntarse y preguntarle respecto de otra supuesta utilización irregular de bienes públicos. Sobre eso tampoco dio respuestas. Además, habría otros gastos inepxlicados y difíciles de explicar para sus ingresos que estarían por revelerse.
La reaparición prometida para hoy del jefe de Gabinete ante los periodistas, con motivo de la reapertura de la sala de prensa de la Casa Rosada, tras una semana de injustificable cierre, será una oportunidad para aclarar lo que sigue siendo demasiado opaco o para reafirmar la descalificación como política de Estado.
De insistir en la metodología de confrontación, deberá tener en cuenta que la política barrabrava también exige resultados para sostenerse. Y en este momento no sobran los casos de éxito para la afición descontenta.
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