
"La única realidad es el aula", dice Barcia
Pide reformas de fondo en la educación
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El presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, ubica el problema de la libertad de expresión en un ámbito íntimo y primario, donde puede verse amenazada aun en un régimen democrático y en una sociedad que goza de la tecnología necesaria para servirse de los medios de comunicación más modernos.
La libertad de expresión es una mentira, dice Barcia, cuando las personas carecen del vocabulario apropiado para expresar con precisión lo que piensan. Según el académico, ésa es la clase de jóvenes que la Argentina produce cada vez más desde hace algunos años, porque se ha ido desatendiendo en las escuelas el trabajo de enriquecer y ejercitar el habla de los alumnos.
El problema, a su juicio, sería consecuencia de otro mayor: el progresivo deterioro de la enseñanza en el país, para el que no ve una solución inmediata. Porque Barcia es optimista, pero también escéptico. Si bien aprueba, en líneas generales, la actuación del gobierno nacional, no deja de señalar lo que considera una ausencia de programas y objetivos de largo plazo, con los perjuicios que esto causa, particularmente en el campo de la educación.
Barcia recibe a LA NACION en la sede de la academia que preside, una tarde de calor agobiante. Las persianas bajas filtran sólo hilos de luz, como en las casas de los suburbios en las siestas de verano. La penumbra y el silencio aumentan la sensación de que el tiempo no transcurre en esas habitaciones, donde se puede percibir, como dice Borges, "un olor a cosas guardadas" (curiosamente, durante esta entrevista Barcia citará "El informe de Brodie"). En el escritorio del presidente, iluminado con luz artificial aunque el sol quema del otro lado de la ventana, la personalidad de Barcia contrasta con la quietud del ambiente. Enérgico, entusiasta y locuaz, este hombre nacido en Gualeguaychú (provincia de Entre Ríos) en 1939 y doctorado en Letras por la Universidad Nacional de La Plata (donde enseña Literatura Argentina) analiza los problemas que actualmente atraviesa la educación en el país, con la autoridad que le da el hecho de haber consagrado gran parte de su actividad a la docencia y de haber publicado numerosos trabajos críticos sobre autores y temas de la cultura argentina e hispanoamericana. Actualmente, Barcia dirige el posgrado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral y el 1° de marzo será incorporado, como miembro de número, a la Academia Nacional de Educación.
-Como presidente de la Academia Argentina de Letras, una de sus preocupaciones ha sido siempre la calidad del habla, sobre todo en la vida pública.
-En nuestro país, como en cualquier parte, el nivel de expresión difiere según los ámbitos y el nivel cultural de las personas. Lo que se advierte es una decadencia generalizada de la lengua en dos aspectos fundamentales. En primer lugar, su riqueza, un valor importantísimo no tanto por razones gramaticales como culturales, relacionadas con la identidad nacional, la libertad de expresión y, por lo tanto, con la formación del ciudadano. En segundo lugar, su calidad: la lengua se ha vulgarizado. Esta decadencia se aprecia especialmente en el ámbito de los medios de comunicación, sobre todo en los orales. Aunque no hay que demonizar a la televisión y a la radio, se da en ellas una despreocupación creciente y yo diría que hasta un placerse en esta forma vulgar o pobre de hablar. Entonces, nos encontramos con una situación bastante penosa, porque no sabemos si los animadores o locutores hablan así deliberadamente o porque no pueden hacerlo de otra manera y pretenden disimular esa limitación con el falso argumento de que quieren ser fieles al habla del pueblo. Pero lo curioso es que el pueblo, en general, no habla vulgarmente, sino popularmente. Aquellos animadores radiales y televisivos suelen confundir lo vulgar con lo popular. El problema, sin embargo, comienza antes de llegar a los medios de comunicación. La pobreza expresiva ha ido creciendo hasta tal punto que hoy el alumno promedio no puede expresar lo que piensa porque carece de la riqueza lingüística necesaria para hacerlo. Entonces se entra en un círculo vicioso en el que la libertad de expresión se convierte en una mentira, porque quien no tiene el vocabulario adecuado no puede expresar su pensamiento en forma precisa y con todos sus matices.
-Lo que pasa en los medios de comunicación masiva es más el reflejo de ese problema que su causa.
-Ciertamente, los responsables de esta situación no son los medios sino la educación argentina. Hoy, difícilmente se trabaje la lengua en clase como se hacía antes, porque no hay tiempo para hacerlo. Si uno tiene 45 alumnos en un aula es difícil que pueda tomar exámenes orales, de modo que se toman exámenes escritos, y esto empobrece la elocución del alumno. Lo que ocurre en este momento es que se ha perdido de vista el hecho de que el ochenta por ciento de la vida de una persona se hace con comunicación oral, no escrita. Y la expresión oral está siendo descuidada por la educación. En las universidades se toman cada vez más exámenes escritos y menos orales. Yo soy profesor de una facultad de comunicación y el primer ejercicio que hago consiste en que el alumno se presente y diga quién es. La mayoría no sabe hacerlo, porque le falta ejercicio y porque, además, nunca se ha puesto a pensar cómo vende su imagen en una reunión diciendo cuáles son sus cualidades y sus limitaciones.
-¿Por qué le falta esa práctica?
-Porque no ha tenido maestros ni profesores que cultiven la riqueza y la flexibilidad de la lengua, y cuando el chico entra en contacto con la radio y la televisión se encuentra con animadores que hablan con la misma pobreza que él. Entonces, se siente justificado. Así, los medios, aunque no lo quieran, se convierten en escuelas de ratificación de los errores y limitaciones del alumno.
-A partir del estudio que usted ha hecho de la obra de Fray Mocho, por ejemplo, ¿qué cambios nota en el costumbrismo argentino desde aquellos textos periodísticos y literarios hasta los programas televisivos que se ven actualmente?
-Usted puede recorrer toda la obra de Fray Mocho y la de todos los costumbristas argentinos y no va a encontrar brutalidades ni vulgaridades. Encontrará dobles sentidos, alguna expresión brusca, natural y espontánea, que es propia de la lengua. El pueblo siempre es muy rico y muy gráfico para expresarse. Entonces ejemplifica con partes del cuerpo humano o con funciones del organismo humano, eso es natural, pero hacer todo el discurso en esta modalidad es un hecho desgraciado, porque entonces el habla se reduce a lo que se podría llamar la región subumbilical: lo que está por debajo del ombligo justifica el idioma. Los costumbristas enriquecen mucho el idioma al incorporarle modalidades expresivas, pero usted no va a encontrar que un buen escritor use una puteada o una grosería por día, que es lo que a veces se escucha por televisión. Una puteada situada en su contexto es un elemento orgánico, expresivo y contundente. A nadie se le ocurre decir "recórcholis" o "cáspita" cuando lo pisan o lo empujan en un micro (aunque, por otra parte, la urbanidad lleva a que uno piense dos veces lo que va a decir en una situación así). Ahora, si yo soy novelista o creador de personajes de ficción y tengo que hacer hablar a mis criaturas, trato de que hablen en el lenguaje adecuado a la historia y a sus respectivos papeles dentro de ella. Pero interesa que ese novelista muestre que tiene otros registros, porque si no los tiene, estamos ante el caso que mencionábamos antes: el de alguien que pretende disimular sus limitaciones (la incapacidad de escribir en otro registro que no sea el vulgar) con la excusa del estilo. Todo el manejo del idioma consiste en un problema de adecuación.
-Hace algunos meses, los académicos de Letras, Periodismo y Educación hicieron público su rechazo al uso de lenguaje vulgar en los medios de comunicación masiva. El hecho tuvo bastante repercusión y hasta hubo reuniones entre académicos, personalidades del ámbito de la televisión y autoridades del Comité Federal de Radiodifusión (Comfer). ¿Qué pasó después?
-Nada. La gente es ingenua y creía que con declaraciones bienintencionadas y definiciones muy valientes de intelectuales esto iba a cambiar. No cambia nada. Evidentemente, hay que cuidar muchísimo lo que se diga en medios como la televisión, porque a él tienen acceso tanto los que no saben leer ni escribir como los que sí sabemos. Yo miro toda la televisión que puedo, le aclaro.
-¿Por qué?
-Porque me gusta, me apasiona y me da instrumentos útiles para trabajar. Yo entro en el aula silbando la música de "Son amores" y ya sé que voy a tener un eco favorable. A partir de allí puedo analizar vocabulario y actitudes de los personajes y abordar otras cuestiones. El tema de la televisión es complejo, pero lo fundamental para que mejore el lenguaje que se utiliza son las políticas culturales de los gobiernos, las políticas lingüísticas que se instrumentan en la escuela y el grado de importancia que le dan los gobiernos al buen manejo de la lengua. Nosotros, como comunidad, ¿queremos vernos reflejados en la lengua de ciertos programas televisivos y radiales, o no? Porque si no lo queremos, mejoremos el nivel de educación de nuestros chicos.
-Al gobierno actual, ¿lo ve preocupado por la educación?
-Este gobierno está haciendo cosas muy importantes, sin duda, como la revisión de la Corte Suprema, más allá de las opiniones que uno pueda tener sobre los candidatos que propone. También es importante lo que está haciendo en materia de derechos humanos, con excepción de la política hacia Cuba: no veo por qué no se define la cuestión con claridad y se dice que en Cuba hay una dictadura que está en contra de la vida democrática y de los derechos humanos. Por otra parte, este gobierno se ha preocupado por combatir la corrupción. Pero veo, por ahora, pocas expresiones de planes y programas de mediano y largo plazo. Es decir, estamos viviendo pendientes de la coyuntura, del parche y de la situación que hay que negociar. Es comprensible que esto sea así por un tiempo, dada la situación que se heredó, pero la política no es ir de coyuntura en coyuntura y jugar una contradanza permanente. Lo que no se puede extender por mucho tiempo más es la ausencia de planes, porque uno tiene que programar lo que desea hacer y, en la medida en que los argentinos sepamos cuáles son los objetivos del Gobierno en cada área, podremos acompañarlo o criticarlo. Los países se levantan con un proyecto claro.
-¿Qué piensa de lo hecho hasta ahora en materia educativa?
-No se han planteado reformas estructurales, que son necesarias. El Ministerio de Educación ha llevado adelante una campaña regalando libros en las canchas de fútbol y en distintos puntos turísticos del país, tarea absolutamente positiva, porque el destino de los libros es siempre misterioso: nunca se sabe hasta dónde pueden llevar al lector. Ahora bien, el hecho de regalar libros tiene un impacto mediático importante, pero no va a lo hondo del problema, que es la calidad de la lectoescritura y la formación del hábito de la lectura, que se crea antes de los 16 años. El sesenta por ciento de los alumnos que salen de las escuelas no sabe leer comprensivamente. Solucionar este problema es prioritario. Hace dos años, en Francia, las autoridades educativas detectaron un diez por ciento de incomprensión lectora en los alumnos y cambiaron todo el sistema de enseñanza. Aquí todavía no se ha hecho nada. La lectura libera, acompaña, revoluciona. Es de una riqueza increíble. Por eso, que no se la atienda debidamente es un crimen. Hay que tomar a la criatura desde que comienza a dar los primeros pasos y acompañarla en el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura. Y en esta tarea no se puede improvisar. Lo digo por experiencia: crearle el hábito de la lectura a una persona mayor de veinte años me ha costado un esfuerzo enorme. En cambio, es mucho más fácil hacerlo cuando un chico tiene quince años. Siempre que el docente sepa qué es lo que hay que darle para leer. Es como aquel que decía: ¿usted cómo le enseña a leer latín a Juan? Primero, es necesario saber latín, cosa que no siempre los docentes saben (no latín, sino la materia que tienen que enseñar); segundo, hay que saber cómo se lo enseña, y tercero, conocer a Juan. ¿Qué le gusta a Juan, la novela policial? Bueno, entonces uno empieza por Conan Doyle y termina en Borges. Pero esa progresión se da porque sé qué le interesa al alumno. Hay que retomar esos centros de interés de los que tanto ha hablado la pedagogía. El docente actual (lo veo sobre todo en los muchachos que estudian en la universidad) cree que todo lo que aprende él le puede interesar a un chico de 15 o 16 años. No es así, y en la educación no se puede operar con presión, hay que hacerlo con seducción. Si a usted la obligan a leer el "Quijote" en un momento inadecuado, en su vida querrá volver a leerlo. En cambio, si le dan una selección de capítulos que pueda entender y asociar con su propia realidad, usted, en el futuro, seguramente será lectora del "Quijote". Yo, para que los chicos leyeran "La celestina", les dije que había pasajes que no quería comentar en clase porque prácticamente rayaban lo pornográfico. Al día siguiente todos habían leído el libro. Por eso, volviendo al tema, creo que hay que terminar con las disputas acerca de los métodos pedagógicos y empezar a dar clases. Lo que pasa en estos momentos es que no hay actos de enseñanza y de aprendizaje en el aula.
-¿Por qué?
-Porque se han aflojado la exigencia de rendimiento y el concepto de autoridad. También porque falta una buena formación de maestros y de profesores. No hay responsabilidades por parte del alumno porque no hay exigencia. ¿Queremos ciudadanos con esta formación? Que la escuela contenga al alumno en situación de riesgo social es muy importante, pero la escuela no está hecha exclusivamente para la contención, y si sólo se dedica a eso pierde su papel específico. Hay que volver a enseñar.
-¿Cómo se recuperan el concepto de autoridad y, sobre todo, el prestigio que en otras épocas tenía la docencia?
-Al docente se lo ha vapuleado, y hay que gratificarlo. El docente no gratificado es un elemento resentido, disminuido. Yo, para que no me roben cuando me voy de vacaciones, pongo en casa un cartel que dice: "Docente". Jamás se le ocurre a un ladrón entrar en casa porque sabe que no va a encontrar nada, tal es la situación paupérrima en la que estamos los docentes. Aquí, la gente que piensa tiene que ser prestigiada. Hay al respecto una falsa anécdota de Aristóteles. Estaba el filósofo sentado en el umbral de su casa, con la mano en el mentón, cuando pasó un vecino que le dijo: "¿Descansando?" "No, trabajando", le respondió Aristóteles. Al día siguiente, estaba el filósofo cavando una zanja cuando pasa nuevamente su vecino. "Ah, trabajando", le dice el hombre. "No, no, descansando", responde Aristóteles. Ese vecino fue el primer pragmático de la Historia. Pobre del pueblo si llega a ser gobernante.
-¿Por qué cree que la educación, que cumplió un papel importantísimo en la organización nacional, ha ido dejando de ser un tema prioritario para los gobiernos argentinos?
-Mire, hay una esquizofrenia en esto: los últimos gobiernos que hemos tenido han declarado que la educación es uno de los pilares del país y que sin educación no hay futuro. Todo esto se declama siempre, pero a mí me suena a versos de Belisario Roldán, de mucho énfasis y poca concreción. Lo que ocurre es que la educación no interesa demasiado porque sus efectos se manifiestan en el largo plazo. Fíjese que la mala praxis en una operación se ve enseguida y uno arma un alboroto porque perdió a un familiar o perdió un riñón. El chico que, dentro de seis años, salga de un polimodal, se presente en una oficina a buscar trabajo y escriba "senior gefe" tiene la vida anulada. ¿Quién se hace responsable de esto? Nadie. Yo por eso insisto en que, en cuanto a educación, los gobiernos suelen ser como esos personajes de "El informe de Brodie" sobre los que Borges decía que eran incapaces de asociar el acto del coito entre el hombre y la mujer con un producto que salía después de nueve meses. Aquí, conscientemente, se especula con que dentro de nueve años ¿quién se va a acordar de cómo se gestó esto? Y por eso se dan las cosas así.
-¿No hay responsabilidad inmediata?
-No hay rédito inmediato: no se pueden mostrar fotografías de niños que han progresado en un año. Y todos sentimos que tenemos la exigencia de mostrar rendimiento instantáneo. Ese es el ritmo televisivo, que se ha colado en todas las actividades. También en la política: hay que mostrar resultados rápidamente. Esto, a veces, no se puede hacer. La educación es una tarea de siembra, y en la siembra que se deja de hacer se van sacrificando algunas generaciones. Por eso, no se puede perder más tiempo. ¿Sabe cuál es la frase que el general Perón no dijo, pero que, a lo mejor, pensó? La única realidad es el aula. Allí se juega todo. Tanto, que si el sistema es malo pero el docente es bueno el alumno igualmente avanza.
-Hace tiempo que usted trabaja en la organización del próximo Congreso Internacional de la Lengua Española, que esta vez se haría en la Argentina. ¿En qué etapa se encuentra ese proyecto?
-Yo empecé a preocuparme por el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española, que se hará en Rosario antes de fin de año, no bien nos enteramos de que se había comprometido con él el presidente Fernando de la Rúa. Y gestioné fuertemente para que los gobiernos que fueron sucediéndose después se preocuparan por el tema. Ninguno lo hizo. Finalmente, el presidente Eduardo Duhalde firmó el decreto pertinente, que luego, sin embargo, durmió el sueño de los justos. Las cosas comenzaron a moverse nuevamente hacia junio de 2003. Desde entonces, Rosario ha puesto toda la carne en el asador; el Instituto Cervantes ha comprometido cerca de un millón setecientos mil euros. Ahora, el decreto presidencial dice que el Gobierno pondrá cien mil pesos, pero que deberán ser recuperados de los fondos que se recauden. Esto no alienta mucho a gente que podría invertir en el congreso, como, por ejemplo, los empresarios españoles, que están esperando un gesto simbólico del Gobierno.Esto parece revelar que no hay una conciencia clara de lo que este encuentro significa para el país: vendrán representantes de veintiuna naciones de la comunidad hispanohablante y eso le dará relieve internacional a la Argentina. Se analizarán el problema de la inmigración, la identidad nacional y las traducciones en el marco de la globalización, entre tantos otros temas, como la enseñanza de la lengua española en América. Brasil, por ejemplo, es un consumidor de profesores de español y no es posible que todavía estemos pensando cómo vamos a articular con los brasileños la enseñanza de nuestro idioma mientras España avanza en lo que es un mercado interesantísimo para nosotros. No critico a España. Naturalmente, cuando uno no da un paso, otro lo hace. Simplemente, me parece que a veces no tenemos conciencia de las oportunidades que nos perdemos.





