Los estadios del pragmatismo cristinista
Hubo un tiempo, a principios de este año, en el que Cristina Kirchner fantaseó con la posibilidad de apostar a todo o nada a un sucesor genéticamente propio, aun a riesgo de perder y tener que replegarse en una resistencia heroica. En ese laboratorio que comparte con su mano derecha, Carlos Zannini, su hijo Máximo y ocasionalmente algunos de los jóvenes camporistas, se evaluaron nombres que iban desde Axel Kicillof y Sergio Urribarri hasta Jorge Capitanich y Florencio Randazzo. Durante ese período, Daniel Scioli percibió gestos hostiles y analizó seriamente un escenario en el cual le negaran la posibilidad de competir por la Presidencia dentro del FPV. "Yo no voy a dejar el espacio. Si no me dejan ser candidato, me voy a mi casa", llegó a decir en una de las reuniones que mantiene los lunes con sus asesores en el Banco Provincia.
Hace dos meses, el escenario empezó a cambiar. La Casa Rosada comenzó a enviar señales de distensión hacia el gobernador bonaerense, los jóvenes camporistas adoptaron posturas menos rígidas y hubo menos controles hacia gobernadores e intendentes para expresar sus preferencias electorales. Este clima más laxo favoreció ampliamente el crecimiento de Scioli.
Pocos pudieron explicar con rigor el motivo del cambio de postura de la Presidenta. "Cristina se dio cuenta de que necesitaba a los gobernadores e intendentes del PJ para poder conservar poder, porque con los puros no iba a llegar muy lejos. Las elecciones de la Capital fueron una muestra evidente." La explicación pertenece a un importante intendente del conurbano bonaerense, que fue testigo de la progresiva mutación de los operadores camporistas en su territorio. Quien hizo punta fue José Ottavis, el pionero de la agrupación en la metamorfosis "del candidato propio" al "aceptamos a Scioli". "Wado" De Pedro se sumó al lote y le dio mayor volumen político por su relación privilegiada con la Presidenta y con el gobernador. Con excepción de Andrés Larroque, hoy la cúpula de La Cámpora asimila que la continuidad del proyecto puede quedar a cargo de Scioli. Hasta Mariano Recalde recorrió ayer con él la zona sur porteña para tratar de sumar algunos votos.
Pero el propio Scioli tiene una explicación menos lineal del viraje presidencial. En reuniones privadas, deslizó que Cristina asumió una postura más pragmática al ver los efectos sociales del caso del fiscal Alberto Nisman. Según él, la Presidenta temió una situación de inestabilidad institucional que pudiera complicar el tramo final de su mandato y manchar los logros de su gestión. De acuerdo con este razonamiento, Cristina se replegó hacia una posición más conservadora para no arriesgar su legado histórico, y terminó aceptando que era mejor formar parte del esquema de poder sobreviniente a una resistencia estoica en un contexto adverso, administrado por la oposición.
En una de las comidas familiares en Olivos -a las que ahora se sumó Camilo Vaca Narvaja, pareja de Florencia Kirchner-, Cristina expresó su resignación e incluso llegó a decir que no será ella quien designe al candidato a vicepresidente de Scioli para no quedar comprometida en una decisión que siempre le deparó más disgustos que satisfacciones.
Hace una semana, se ingresó en la tercera etapa, tras la depuración de la grilla de candidatos. Cristina busca ahora regular la interna para evitar que Scioli se despegue demasiado de Randazzo y logre una diferencia en las PASO que termine por eclipsarla a ella. También intenta que el ministro se transforme en el representante del ala progresista del kirchnerismo, que ve con cierta desilusión la ausencia de un exponente propio y que todavía procura entender por qué cambió tanto su líder. Quizás porque en el momento de administrar su retiro a Cristina le afloró su lejana veta peronista, que le recomienda no alejarse demasiado del poder.
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