
Los locales partidarios son una especie cercana a la extinción
En la Capital, hubo un cierre masivo de comités, unidades básicas y casas abiertas
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Rubén Facal se define como "peronista de Perón". Desde 1985 manejó una unidad básica en La Boca, el lugar donde nació. Desde su espacio, vivió con desconfianza la proliferación de locales como el suyo, que sumaron más de 30 en los años 90. En poco tiempo, el furor dio paso a la crisis y quedó bajo el control de la única unidad básica de La Boca. Pero esta semana también él debió cerrar, se lamentó ante LA NACION. Su historia es sólo una entre muchas similares.
Los locales partidarios, símbolos de la militancia política en décadas pasadas, redujeron significativamente su cantidad en los últimos años, víctimas de la crisis de representatividad, que no distingue niveles ni jerarquías.
Asimismo, muchos de los locales que aún se mantienen abandonaron su liturgia tradicional para transformarse en casas barriales, centros culturales y de jubilados que, en algunos casos, reniegan de su identificación política.
De esta manera se manifiesta una ruptura de la antigua cadena de prácticas partidarias, en la que los comités, las unidades básicas y -en menor medida- las casas abiertas, eran eslabones indispensables para las estructuras de la Unión Cívica Radical (UCR), el Partido Justicialista (PJ) y el Frepaso, respectivamente.
Menos para todos
Más allá de la percepción generalizada, en ninguno de esos partidos hay cifras precisas sobre la cantidad de locales y su disminución. Pero distintas fuentes confirmaron a LA NACION la magnitud del fenómeno en la ciudad de Buenos Aires.
La merma fue muy pronunciada entre los radicales. Mientras que pocos años atrás había más de 300 comités distribuidos por la Capital Federal, hoy no llegarían a 100, según la estimación de algunos militantes que conocen a fondo el partido en el nivel local. La conducción de la UCR-Capital no quiso dar datos sobre el tema.
También en el Frepaso reconocen que la participación de la gente bajó mucho en los últimos años. Según calcula un colaborador de las principales figuras partidarias porteñas, la disminución llega al 50%, cayendo de 100 a 50 casas abiertas en los últimos dos años.
Por el lado del PJ, quedarían unas 100 unidades básicas, de acuerdo con el cálculo de distintos responsables de locales, mientras que hace sólo tres años sumaban cerca de 300.
Más allá de la crisis política que, a partir del 19 de diciembre último, encontró eco en los cacerolazos y en las asambleas barriales, otras razones explican el fenómeno, según fuentes de los tres partidos.
En las huestes del Frepaso, la desintegración que sufrió el partido es un dato determinante.
El PJ porteño arrastra una intervención desde 2000, que redujo casi a cero la actividad partidaria. La UCR atraviesa su peor momento, tras la caída de Fernando de la Rúa.
Como denominador común aparece la crisis económica que hizo más difícil la manutención de los locales, cuyo costo es de entre $ 300 y $ 1000 por mes, según el barrio.
Oscar Vázquez es un militante radical que desde la vuelta de la democracia, en 1983, tiene un comité en Villa Crespo, donde de 15 locales que había en diciembre último hoy quedan ocho. "Desde la caída de De la Rúa estamos dándole al comité un enfoque menos partidario. Lo mejor que podemos hacer para que se acerque la gente es no demostrar que somos radicales", reconoció con resignación.
El militante peronista Alejandro Salevsky relató una práctica que lo llevó a cerrar su local, cansado de " manejos extraños". Durante el menemismo, "se abrían muchos locales para la época de elecciones, que no funcionaban durante el año", denunció.
Los llamados "locales fantasma" no son exclusivos del PJ. Un miembro de la anterior gestión del Comité Capital de la UCR reveló a LA NACION que la mitad de los centros sólo se abría durante la elección partidaria para ganar un espacio en la interna.
Más allá de los muchos espacios que siempre sostuvieron la lógica de la solidaridad barrial y que realizan asistencia comunitaria, "muchos han sido mantenidos por las prebendas del Estado y muchos otros hacen tareas zonales como extensión de su trabajo rentado en el Estado", criticó María José Lubertino, militante radical del centro porteño.
Juan Cruz Nocce es secretario general del Frente Grande en la circunscripción 17, que abarca los barrios de Chacarita, Colegiales y Palermo. Nocce subrayó que los locales que se mantienen abiertos sufrieron una transformación. "Hace 6 o 7 años eran centros de discusión cívica, ahora ya nadie se acerca para hacer política."
La responsable de una casa barrial peronista en Belgrano, que prefirió no dar su nombre, dio detalles del viraje: "En realidad se hacen las mismas actividades sociales que antes, pero sin banderas partidarias. En este momento, si hablás de política, te cuelgan".
La legisladora porteña por el Frepaso Sandra Dosch coincidió en
que el desencanto generalizado hacia la clase política repercutió también en las casas abiertas. "Muchos se transformaron en locales culturales o sociales -afirmó- porque la gente sólo se acerca para hacer reclamos vecinales."
Por su parte, el legislador radical Cristian Caram encontró algo positivo en la disminución de los locales. "La crisis hizo que se achicaran mucho las estructuras partidarias, y eso es bueno porque estaban sobredimensionadas", afirmó.
Desde el PJ, el legislador porteño Jorge Argüello argumentó que "los locales se redujeron como consecuencia de la crisis de representación, por la que los partidos se alejaron del rol de representar a la gente".
Las voces se multiplican, pero las experiencias son similares. Terminante, una joven dirigente cercana al senador Rodolfo Terragno (UCR) dijo: "Aunque muchos no se dieron cuenta, esta crisis es absolutamente terminal".
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