
Los piquetes, en el foco de los turistas
Los visitantes extranjeros son testigos de las marchas y movilizaciones diarias por las calles porteñas
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Mediodía en la ciudad de Buenos Aires. Calor. Un grupo de turistas extranjeros, reconocibles por sus infaltables bermudas, mochilas al hombro y equipos fotográficos caros, mira pasar una marcha piquetera desde la esquina de la Avenida de Mayo y Perú. Los visitantes se mantienen a un costado y sacan fotos a la "colorida" columna.
Herencia de la crisis de 2001, los cacerolazos, las asambleas barriales y los piquetes en las rutas dejaron paso a movilizaciones y cortes de calle diarios en la ciudad. Y mientras los operadores turísticos hacen malabares para que cada convoy de visitantes no quede atrapado por una marcha, los viajeros, testigos mudos de un problema que les es ajeno, interpretan, cada uno a su manera, las imágenes del fenómeno piquetero.
Jack Smith se define a sí mismo como un "corremundo" (por trotamundos), en un inglés matizado por algunas palabras en español. Estadounidense, de unos 35 años, vive en Nueva York; comenta que su casa es el mundo y llegó a la Argentina para pasar un mes en el país. El día antes de partir a Mar del Plata -porque necesita asolearse, cuenta- lo encontró una manifestación piquetera en Diagonal Sur.
"Ya pasaron dos años; los muertos son del pasado", dice a LA NACION, enterado de los sucesos de diciembre de 2001. Opina que las manifestaciones pierden su efectividad porque son diarias y que deberían ser sólo medidas excepcionales.
André Saldanha, médico de profesión, y su flamante esposa, Ana Paula Monteiro -dentista- decidieron pasar su luna de miel aquí. La joven pareja de Recife, Brasil, recorrió durante 12 días el sur de Chile y la Argentina y pasará sólo cuatro en Buenos Aires. Habían visto varias veces a los piqueteros argentinos en la televisión brasileña, y tenerlos cerca les trae una imagen más familiar: "Son como los sin tierra de Brasil", dicen a dúo.
El matrimonio de Markus y Tabea Wipf tiene algo de argentino. Aunque son suizos, vivieron en este país entre 1983 y 1987, cuando trabajaban para el Ejército de Salvación, y su hijo menor nació aquí; por eso volvieron para una visita de dos meses.
Markus marca la diferencia entre la actitud policial de entonces y la actual, donde la fuerza se mantiene lejos de los manifestantes, y de su trabajo social de varios años saca una conclusión: "En este país se puede trabajar con los pobres, pero no se les debe regalar; ellos deben hacer algo a cambio".
Mientras mira pasar a la columna piquetera, se fija en los rostros cubiertos con pañuelos y en los palos. "Me dan un poco de miedo", confiesa.
Muchos turistas extranjeros no son observadores desprevenidos, sin mencionar a los que vienen exclusivamente a ver con sus propios ojos el movimiento piquetero, entre los que hay militantes antiglobalización y estudiantes de distintas carreras.
Marek, un polaco alto y rubio, poco amigo de la preguntas, estará dos semanas en la Patagonia. Pero primero, en su breve paso por Buenos Aires, se acercó a conocer la famosa Plaza de Mayo, la de las Madres. "Polonia tiene una larga historia en protestas sociales, y este lugar es un símbolo muy importante para nosotros", dice, mientras fotografía la plaza repleta de manifestantes.
Preocupación local
Karina, jefa de recepción de un hotel del microcentro (que prefiere no revelar su apellido por motivos comerciales, pero también por miedo a represalias piqueteras, según confesó), contó a LA NACION que ese establecimiento coloca rejas cuando hay manifestaciones.
"A los turistas los afecta porque cortan la calle; entonces tienen que cruzar la marcha para tomar un taxi", se quejó.
El director de operaciones de una importante cadena hotelera relató que al turista le da temor el piquetero encapuchado con palos. Ellos, como medida de seguridad, sacaron los grandes vidrios de sus hoteles y los reemplazaron por un material más resistente.
Celina, que como recepcionista de un hotel cinco estrellas está en permanente contacto con los pasajeros, diferenció a los latinoamericanos, para quienes el tema es algo más normal, del resto. "Los europeos y americanos preguntan más y les resulta un elemento de turbación, excepto a los holandeses y franceses, que están muy interesados en la protesta social", relató.
Para Elena Boente, vicepresidenta de la Cámara Argentina de Turismo, el mayor inconveniente para el visitante es que las protestas le impiden las actividades programadas.
"El city tour no puede llegar al Congreso, la Casa Rosada, la Catedral o el Cabildo, cuyo acceso siempre se cierra", comentó a LA NACION. Y señaló otro problema. "En el microcentro, desde la plaza San Martín hasta la Plaza de Mayo, hay 60 hoteles que tienen que trasladar permanentemente a su pasaje."
Boente opinó que el gobierno porteño debería impedir el acceso de los piqueteros a los corredores turísticos y expresó la preocupación del sector por posibles cortes en el acceso a Ezeiza. "Sería tener de vuelta en la CNN las imágenes de 2001, con los turistas corriendo por la autopista 2 kilómetros con las valijas", recordó, y agregó: "Nos costó casi 2 años levantar la imagen negativa del país en el mundo".
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