
Mutis de los candidatos por el costado izquierdo
Duhalde y De la Rúa, tras ese espacio del escenario político
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Una inesperada lucha por el costado izquierdo del escenario político se ha desatado en medio de la campaña. El centro del problema no es, sin embargo, la legitimidad del cualquier vertiente del pensamiento en un sistema de pluralidad, sino la escasa dosis de sinceridad que contienen esas posiciones y, por lo tanto, su innecesaria repercusión en el control de la economía, aquejada ya de una larga parálisis.
Han sido, sin embargo, las dos máximas expresiones del partido gobernante (el presidente Menem y el candidato Eduardo Duhalde) las que con más esfuerzo compitieron por el mayor destrozo del bazar.
Hay muy pocos políticos en la Argentina que, como Duhalde, conozcan la condición virtualmente innegociable de la deuda externa nacional, por lo menos en los términos de condonación que él planteó.
Tanto su referente económico, Jorge Remes Lenicov, como el jefe de los equipos de trabajo, Ricardo Gutiérrez (ambos destinados a ocupar cargos ministeriales en un eventual gobierno duhaldista) le han entregado informes y hablado de las características especiales de los compromisos argentinos. Pero Duhalde suele desechar esos datos de realismo para refugiarse en la posición de la Iglesia. Es un refugio de utopías y preconceptos, porque parte de suponer que el poder universal de la Iglesia es capaz de conservar secretos que están muy por encima de los economistas sensatos. "Si lo dice la Iglesia por algo será", desliza Duhalde con los reflejos de la preglobalización.
El otro elemento que lo propulsó al desaguisado fue la participación estelar de su contrincante de fondo, Fernando de la Rúa, en la reunión de la Internacional Socialista. Duhalde propuso la condonación de la deuda externa el mismo día en que el aliancista habló ante la crema y nata del nuevo socialismo internacional.
Cerca del 95 por ciento de esa deuda es innegociable si lo que el gobernador aspira es un acuerdo de condonación. Tanto la Iglesia, en Roma, como el poderoso Grupo de los 7 se refirieron en términos de misericordia a países endeudados con ingresos de 800 dólares per cápita. La Argentina tiene un ingreso es de 8300.
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El 70 % de la deuda externa (de alrededor de 130.000 millones de dólares) está en títulos al portador; es decir, se desconocen sus tenedores. Está diseminada en títulos en poder de cambiantes de fondos de inversión, de compañías de seguro y de AFJP.
Sólo un 17 % está en los organismos multilaterales, como el FMI, el Banco Mundial y el BID. Un 6,5 % está centralizado en el Club de París (deudas de gobierno a gobierno). La banca comercial controla un 3,7 % de la deuda y las letras del Tesoro significan sólo un 2,8 por ciento.
La porción que incluye al Club de París, a los organismos multilaterales y a la banca comercial (un 26 % del total de la deuda) es lo único que podría ser materia de discusión política para establecer nuevos plazos de financiación, que es lo que -con más mesura- propuso De la Rúa.
El límite es la refinanciación: no hay experiencia histórica de que organismos o bancos hayan condonado una deuda, como planteó Duhalde.
Es cierto, por otro lado, que los compromisos de la deuda externa son una lápida demasiado pesada sobre la economía nacional. Según el programa de pagos del próximo año, el país debería girar 9500 millones de dólares de intereses, 13.000 millones de amortizaciones y 3000 millones por las letras del Tesoro. Descontando que fuera posible una refinanciación de las amortizaciones, la Argentina necesita, por lo menos, unos 12.500 millones de dólares para destinarlos a su deuda externa.
Duhalde puede haber confundido las décadas. En los 80, cuando se produjo la tensa crisis internacional por la deuda, la Argentina tenía esos compromisos en manos de unos 500 bancos, pero sus tenedores estaban identificados. Después del plan Brady, no lo están. Como si esto fuera poco, Menem adjudicó a la oposición un proyecto económico devaluacionista, cuando sabe que ni De la Rúa ni sus referentes económicos soñarían con tal desbarajuste.
Según el ex secretario de Hacienda y actual hombre de confianza de Alfonsín, Mario Brodershon, lo dicho por Menem fue mucho peor que lo de Duhalde, porque "significa una incitación lisa y llana a una corrida bancaria. La gente podría preferir comprar dólares ante la devaluación anunciada por Menem", opinó.
Pero el Presidente juega con la suerte de su propio gobierno, porque la corrida podría estremecer a su administración, cuando ya se perciben sus signos de debilidad, naturales de un proceso de transición.
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Es allí donde se admite que De la Rúa planteó el conflicto en términos posibles: una negociación política para refinanciar la deuda con los organismos multilaterales y con el Club de París, mientras el país procura reactivar su economía. Son 25.000 millones de dólares de deuda global.
Los candidatos orientan la campaña a la economía. Refieren al plano de las propuestas no sinceras y de la competencia por una izquierda infiel y teatral.



