
Nuevas detenciones en la causa del I Cuerpo
Ocho arrestados por El Vesubio
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Fueron ocho de los responsables del centro clandestino de detención El Vesubio. Acusados de haber secuestrado y torturado allí a 150 personas, fueron detenidos durante la madrugada de ayer.
Por orden del juez federal Daniel Rafecas, tres militares y cinco oficiales del Servicio Penitenciario de la última dictadura se sumaron ayer a los 36 presos por crímenes cometidos bajo la órbita del I Cuerpo de Ejército.
Son el general Héctor Gamen, el teniente coronel Hugo Pascarelli, el mayor Pedro Durán Sáenz y los agentes penitenciarios Ramón Erlán, Roberto Zeolitti, Diego Chemes, Alberto Neuendorf y José Néstor Maidana.
Todos ellos trabajaron en El Vesubio, que funcionó entre abril de 1976 y noviembre de 1978 en el cruce de Camino de Cintura y la autopista Riccheri, partido bonaerense de La Matanza. Este centro clandestino dependía del I Cuerpo de Ejército, cuyo jefe era el general Guillermo Suárez Mason, que murió en 2005.
Para los residentes de El Vesubio siempre era de noche; todos los detenidos tenían una capucha negra que no se podían sacar. En el expediente, una mujer que estuvo secuestrada allí durante su embarazo relató que Chemes (detenido ayer) le llevó una "capuchita" idéntica a las que les ponían a ellos. Era para su bebe.
Por El Vesubio pasaron más de 400 personas, indican las estimaciones del juzgado. Entre ellos el guionista de la historieta "El Eternauta", Héctor Oesterheld, y el escritor Haroldo Conti. Algunos sobrevivieron, otros todavía siguen desaparecidos.
Eduardo Kiernan y su mujer, Ana Di Salvo, son de los que salieron con vida. "Todavía discutimos por qué nos largaron", relata Kiernan.
El 7 de marzo de 1977 se los llevaron de su casa de Temperley. Eran peronistas de izquierda, pero estaban en contra de la lucha armada. Kiernan cree que, tal vez por eso, no fueron tan crueles con él como con los demás.
Durante 73 días, relata, vivió en una "cucha", una suerte de calabozo de dos metros. La pared tenía, a diez centímetros del piso, una argolla. De ahí enganchaban sus esposas y las de otros que compartían la "cucha" con él. Sólo salía cuando lo llevaban al baño, dos veces al día, y cuando le tocaban los interrogatorios, sesiones que incluían golpes y picanas.
"Yo me cuidaba de no hacer lío, pero un día perdí el control -recuerda-. Después de dos meses encerrado pensé que nos iban a largar. Nadie vino a buscarme. Fue muy angustiante. Me volví loco; grité mucho. «¿Qué te pasa? ¿Estás loco?», me dijo un oficial que me mandó a llamar. A los otros se los habían llevado para matarlos."





