
Nunca lo voté
Alberto Fernández Para LA NACION
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Nunca voté a Raúl Alfonsín. El era radical y yo, peronista. Cuando accedió a la presidencia con el aval de más de la mitad de los argentinos, yo era parte de aquellos que creíamos en la opción justicialista.
Alfonsín ganó aquellas elecciones con una propuesta abierta. Culminaba cada uno de sus discursos recordándonos el Preámbulo de una Constitución que hasta entonces era periódicamente violada. "Somos la vida", rezaba alguno de sus eslóganes de campaña. La foto de una habitación oscura en la que se entreabría una puerta por la que se filtraba la luz era exactamente la imagen que pretendía simbolizar su propuesta.
En el gobierno fue un hombre de convicciones firmes. No fue el diálogo su característica más marcada. Se trepó a un púlpito para cuestionar el acompañamiento de parte de la Iglesia a los genocidas. Enfrentó en la Sociedad Rural los silbidos e insultos de un campo que muchas veces prefirió el silencio de las dictaduras que el bullicio de las democracias.
Cuando pocos lo creían posible, logró que un tribunal civil, en un proceso en el que se preservaron todas las garantías de defensa, condenara a los jerarcas de un proceso militar que había vulnerado la paz y la vida de millones de argentinos.
Su presidencia fue difícil. Cedió en el juzgamiento de los violadores de los derechos humanos, dictando las leyes de obediencia debida y de punto final. Eso, sumado a una economía devorada por la inflación, acabó por agotar su proyecto político. Por eso debió entregar el poder seis meses antes. Y aunque muchos vieron en eso una debilidad, es indudable que entonces demostró el temple necesario para priorizar la institucionalidad antes que su propio prestigio personal.
Después se retrajo. Dejó los escenarios que se montan para los presidentes y se convirtió nuevamente en lo que siempre fue: un enorme militante de la política. Entre críticas a veces despiadadas, continuó silenciosamente su labor y hasta se animó a convertirse una vez más en senador tratando de que su partido político no se diluyera en los difíciles días de Fernando de la Rúa.
En sus últimos años, tuvo la generosidad de compartir conmigo algunos almuerzos en su casa de la avenida Santa Fe, en los que servía pejerrey frito con puré de papas. Allí escuché de su boca reflexiones sobre sus días de gobernante. Pude verlo preocupado por la Argentina futura. Lo sentí entusiasmado con la idea de que un proyecto popular y progresista se instalara definitivamente. En estos días de dirigentes teledirigidos y de tantos asesores de imagen, Alfonsín estaba comprometido con lo que fue la pasión central de su vida: la política.
Por esas cosas de la política argentina, siempre estuvimos en veredas enfrentadas. Nunca voté a Alfonsín, pero siento que pudimos habernos encontrado en la misma marcha para cambiar el país.
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