
Para tarde es temprano, para temprano es tarde
Era lógico: en algún momento, las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos debían reencauzarse o, al menos, normalizarse. Como será lógico que, en algún momento, el gobierno de Cristina Kirchner, al igual que el norteamericano, se jacte de la división de poderes, pilar de la democracia.
Si no, no pocas embajadas involucradas en los sospechosos trámites de nacionalización de vehículos en la Argentina insistirán en formularle la misma pregunta que surgió en su gobierno apenas el fiscal federal Thomas Mulvihill ventiló en Miami las derivaciones del escándalo de la valija con casi 800.000 dólares que pretendió ingresar en el país Guido Antonini Wilson: ¿cómo no nos avisaron? No tenía obligación de hacerlo desde el momento en que, por principios republicanos, la Justicia es independiente de los otros poderes.
En el gobierno norteamericano son tantas las voces que forjan sus relaciones bilaterales y globales que, a veces, cuesta descifrar una opinión unánime. En el caso de la Argentina, la calificación asignada por el Departamento de Estado decayó de "excelente" en los tiempos de Carlos Menem a "positiva" en los tiempos de Néstor Kirchner tras un intervalo, previo a la IV Cumbre de las Américas, realizada en 2005 en Mar del Plata, en el cual fue "buena". Ese intervalo estuvo signado por la crisis.
El factor Chávez
Empeñado en diferenciarse de Menem y sus "relaciones carnales", el gobierno de Kirchner nunca se mostró interesado, al menos en público, en mejorar el promedio. El mote de "operación basura" adjudicado por su sucesora al presunto complot orquestado en Miami con el guiño de Washington demostró, o quiso demostrar, que iba por la misma senda.
Chávez, funcional a los intereses del gobierno argentino, divide. Pero, en realidad, ni los Estados Unidos están interesados en sumar enemigos ni en el gobierno argentino, más allá de los gestos a veces confusos, hay consenso para inclinarse como Bolivia y Nicaragua hacia un solo extremo y distanciarse del otro.
En el brote temperamental de Cristina Kirchner frente a la posibilidad de que el dinero que portaba Antonini Wilson fuera para su campaña electoral primó la reacción en respuesta a aquello que, incluso antes de las revelaciones del fiscal Mulvihill, el gobierno norteamericano quiso desalentar: la posibilidad de que un asunto policial, como pretendieron definirlo, tuviera implicaciones políticas. Las tuvo, sin embargo. Y ése es el problema.
En la primera señal del deshielo, el embajador norteamericano, Earl Anthony Wayne, recobró ayer su libertad de movimiento, ceñida hasta entonces a la Cancillería. Con la reunión con el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, procuró distender los ánimos, más allá de que, puertas adentro, cada uno jugara sus propias cartas. Era lógico: para tarde es temprano y para temprano es tarde en una relación que, más allá de los cortocircuitos, está atada a una mutua conveniencia en foros internacionales en los cuales cuentan más los votos que la susceptibilidad.




