San Luis, una provincia que parece ajena a la crisis que vive el país

La economía se maneja enteramente en pesos; el déficit es cero y es bajo el índice de desocupación
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30 de diciembre de 2001  

SAN LUIS.- Así no más, a primera vista, para lo que es hoy la Argentina, San Luis parece parte de otro país. Acá no pasó nada: ni saqueos, ni cacerolazos, ni Lecop, Lecor, Quebracho o Patacón. Acá todo se maneja en pesos. Hay corralito, pero los estatales cobraron el aguinaldo el 15, como todos los años, y los comerciantes dicen que las ventas de Navidad anduvieron bien.

Acá hay déficit cero, desempleo de casi un dígito, crecimiento económico y, cruzando la ruta 7, hay barrios enteros de casitas recién terminadas. Hay gente, hay ruido en las calles del centro de esta capital de 130 mil personas, pero no se escuchan redoblantes ni petardos. Anteayer había una cola de tres cuadras que daba vueltas a la manzana y terminaba en la sucursal de Banex, el banco provincial. Era para cobrar las pasantías de 300 pesos del gobierno provincial, un programa que le da empleo a seis mil personas. La gente tomaba mate. No había caras de angustia. Nadie hablaba de la economía. La cola avanzaba despacito, pero avanzaba.

"Esta ciudad es, no te digo una Suiza, pero un país aparte. Como si fuera un Chile dentro de la Argentina", explica Carmen Aiello, de 58 años, dueño de la cadena de supermercados SuperAiello. El día de los saqueos se dio el lujo de inaugurar una sucursal en un suburbio de esta ciudad. "Me dolió porque soy colega y justo me tocaba la inauguración, pero acá vivimos tranquilos," dijo en el piso de uno de sus locales, mientras los carritos se agolpaban frente a las cajas registradoras con las compras de Año Nuevo.

Hoy en día, el principal problema de Aiello es conseguir Fernet Branca. "Yo compro en Buenos aires, en el Once, pero los proveedores no quieren vender. Dicen que el dólar en Montevideo está a 1,70. ¿Qué tendrá que ver? Yo vendo 200 cajas por mes y apenas conseguí 60."

Dice que está orgulloso y contento porque un puntano,Adolfo Rodríguez Saá, acaba de asumir la presidencia de la Nación: "Espero que dure mucho tiempo. Va a andar bien".

Sutil control hegemónico

Lo que no se nota a primera vista en esta provincia es lo que siempre se le criticó al San Luis de Rodríguez Saá y sus 18 años a cargo del gobierno: que "el Adolfo", tal como lo llaman acá, alimenta su ambición de poder mediante el control hegemónico de los medios de prensa y propaganda, el sometimiento del Poder Judicial sobre la base de purgas y castigos, el manejo de un aparato policial más temido que lo aconsejable, y la utilización de su mayoría absoluta en las dos cámaras legislativas para influir en políticos de la oposición.

Anteayer, por ejemplo, fue suspendido de sus funciones el intendente de esta ciudad, el último escollo político que le queda en la provincia a Rodríguez Saá.

El intendente, que se llama Carlos Alberto Ponce, se la veía venir. Hace dos semanas denunció a Rodríguez Saá y a su hermano Alberto por por abusos y persecución política ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, un importante organismo no gubernamental con sede en Washington D.C., cuyo presidente, Santiago Cantón, inmediatamente pidió explicaciones por escrito al entonces canciller Adalberto Rodríguez Giavarini. El patrocinante de la denuncia es el abogado Luis Moreno Ocampo, ex fiscal adjunto en el juicio a las juntas militares.

Aunque tiene mandato hasta el año 2003, Ponce sabía que no iba a durar tanto. Lo sabía desde que perdió su mayoría en el Concejo Deliberante en las elecciones de octubre último. Desde entonces, las calles de "su" ciudad están empapeladas con prolijos carteles que dicen "Chau Ponce" y "Fuera Ponce, antes de Navidad".

Los concejales que responden a Rodríguez Saá, y que ahora ostentan mayoría, se apoyan en dos denuncias judiciales que acusan a Ponce de incitar, en diciembre de 2000, un disturbio en la Legislatura provincial que produjo varios destrozos. Ese día, la Legislatura iba a tratar un proyecto de ley del gobernador para dividir a la capital en cuatro municipios, con el evidente propósito de descuartizar el poder de Ponce.

Unos dos mil manifestantes frenaron la sesión y el proyecto fue cajoneado. Ponce dice que él no incitó a nadie: "Son mentiras inventadas por un par de testigos falsos".

Anteayer se reunieron los concejales adolfistas y decidieron la suspensión de Ponce, pero el intendente no se dio por vencido. Sus empleados se encerraron en el edificio de la municipalidad en señal de protesta.

"Todavía no me notificaron. Me fui para que no me encuentren," dijo Ponce a LA NACION en una playa de estacionamiento minutos después de ser derrocado. Fue la confirmación de que había pasado a una especie de semiclandestinidad para escaparle a la escribana del Concejo Deliberante.

Después de su última reunión de gabinete, el martes pasado, rodeado de colaboradores con caras de muertos en vida, Ponce proclamó emocionado: "Yo voy a resistir hasta el final, porque esta intendencia es el último bastión de la democracia en la provincia".

De aliados a adversarios

Las diferencias entre Rodríguez Saá y Ponce no podrían definirse como ideológicas. Ponce fue, durante muchos años, un estrecho colaborador del ahora presidente de la Nación.

"La primera vez que nos enfrentamos fue por un negocio: un contrato de un millón de pesos para hacer la inspección vehicular, que él aprobó sin licitación entre gallos y medianoche. Yo me opuse porque la inspección tiene que hacerla la municipalidad y me puse firme." De ahí, la relación se fue desbarrancando gracias a una serie de episodios no demasiado claros, que Ponce menciona en su denuncia ante el organismo internacional de derechos humanos.

"Me van a echar, pero me van a convertir en un mártir," se ilusionaba Ponce, sonriendo apenas, mientras se quedaba solo en su despacho.

Afuera en la calle la gente paseaba, compraba y trabajaba como siempre, con la confianza intacta y el orgullo inocultable de tener ahora de presidente al Adolfo, el caudillo puntano Rodríguez Saá.

Una voz discordante

"Yo voy a resistir hasta el final, porque esta intendencia es el último bastión de la democracia en la provincia. Me van a echar, pero me van a convertir en un mártir."

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