Sin moneda no hay desarrollo, ni inversión, ni aumento del empleo

Alfonso Prat - Gay
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5 de octubre de 2014  

La suerte de Juan Carlos Fábrega no quedó sellada en su última visita a la Casa Rosada sino en la primera. La independencia, como la virginidad, se pierde sólo una vez.

El cinismo y la brutalidad del kirchnerismo de sentarlo allí y mostrarlo por la TV Pública en cada crítica que le enrostraba Cristina Kirchner para forzar su renuncia fue la imagen de la semana. Pero igual de grotescas fueron las muchas otras ocasiones en las que se lo vio sonriente a Fábrega (o a otros antecesores de él), en la misma butaca, aplaudiendo las ocurrencias y anuncios de la Presidenta. El Banco Central no es un ministerio. Es un ente autárquico que "en el ejercicio de sus funciones y facultades? no estará sujeto a órdenes, indicaciones o instrucciones del Poder Ejecutivo Nacional, ni podrá asumir obligaciones de cualquier naturaleza que impliquen condicionarlas, restringirlas o delegarlas sin autorización expresa del Honorable Congreso de la Nación" (art 4 de la Carta Orgánica del BCRA).

Ninguno de los presidentes del BCRA de la era Cristina cumplió con este mandato legal e inequívoco de independencia funcional. Al contrario, violaron la ley repetidas veces aceptando y ejecutando órdenes del Poder Ejecutivo. De tanto violar la ley, perdieron autoridad moral para cumplirla si finalmente lo intentaban.

Por pedido de la Presidenta o de su ministro de Economía, Fábrega bajó prematuramente la tasa de interés, le quitó la licencia al BoNY y le giró al Tesoro utilidades inexistentes y más adelantos de los permitidos por su carta orgánica. Con cada una de esas firmas fue entregándose, sentenciando su condena. Y también alimentando la demanda de dólares que los autores de aquellas instrucciones despechadamente le endilgan a él.

Un incondicional reemplaza ahora a un obediente. La ley de abastecimiento y la llegada de Vanoli son una medida de la escasez de dólares y de la creciente necesidad de pesos que tiene el Gobierno al ingresar en el último año de mandato: los dólares y la máquina de hacer pesos están en el BCRA. Se profundizarán los controles de Kicillof, que ya acumulan tres años de fracasos.

Cuando el Banco Central está al servicio del Gobierno, la tentación de cubrir gastos excedentes con emisión monetaria es irresistible. Un axioma tan viejo como la moneda. Por eso en las sociedades modernas los bancos centrales están legalmente impedidos de financiar al gobierno con emisión (en Brasil, para no ir muy lejos, esa prohibición está en la Constitución). Cada vez que la maquinita estuvo al alcance del Gobierno, aquí y en cualquier lugar, el resultado fue la estafa de la inflación, una estafa que, como bien sabemos, siempre expolia más a los que menos tienen. Desde que los Kirchner consiguieron las mayorías, en 2005, los distintos presidentes del BCRA les han regalado la friolera de 1 billón de pesos de hoy, el equivalente al 23% del PBI o a un año entero de recaudación tributaria. Ningún gobierno saqueó tanto al Banco Central. Y así la inflación se comió todos los beneficios del crecimiento: hoy la pobreza es más alta que cuando asumió Cristina, en 2007.

La Argentina necesita un banco central independiente, profesional, creíble, transparente y responsable, que rinda cuenta al Congreso y que pague caros sus desaciertos (con la remoción del directorio). Sin moneda no hay inversión, ni aumento duradero del empleo. Una verdadera estrategia de desarrollo comienza con cambios profundos en el BCRA, no los cosméticos de estos días.

El autor fue presidente del Banco Central y es dirigente de UNEN

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