Sin respaldo, renunció Rodríguez Saá

Fue clave la falta de apoyo de la mayoría de los gobernadores; Puerta, titular del Senado, se negó a reemplazarlo y dimitió
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31 de diciembre de 2001  

Exactamente una semana después de haber asumido, el presidente Adolfo Rodríguez Saá presentó ayer su dimisión en forma indeclinable y se convirtió en el segundo presidente de la Argentina que renuncia en el año, luego de la caída de Fernando de la Rúa, hace tan sólo 11 días.

El titular del Senado, Ramón Puerta, que, según la Constitución Nacional, debería ocupar interinamente la presidencia de la Nación, renunció a su vez al cargo y se refugió en un campo en su provincia natal, Misiones.

La Asamblea Legislativa elegirá mañana o pasado mañana un nuevo presidente interino. Quedará a cargo dela presidencia el titular de la Cámara de Diputados, Eduardo Camaño. Fuentes legislativas confirmaron que el candidato de mayor consenso entre diputados y senadores para ocupar la presidencia hasta las elecciones de marzo es el senador nacional y ex gobernador Eduardo Duhalde.

Desde San Luis, adonde viajó de urgencia luego de una fallida reunión con los gobernadores del justicialismo en la residencia de Chapadmalal, Rodríguez Saá atribuyó su renuncia a la “mezquindad” de algunos gobernadores del PJ.

“Salvo los gobernadores de Formosa, Salta, San Luis, Buenos Aires, Misiones y La Rioja, los demás me han quitado el apoyo, sobre todo el gobernador de Córdoba, que priorizó la interna partidaria a los intereses de la patria -dijo, con el riojano Angel Mazza y el formoseño Gildo Insfrán cerca suyo-. Esta actitud de mezquindad no me deja otro camino que presentar mi renuncia indeclinable ante la Asamblea Legislativa”, dijo.

Después, el ex jefe del Estado detalló el proyecto de presupuesto 2002 que nunca llegó a enviar al Congreso y enumeró los logros de su gestión. “Se realizó el más fantástico plan de austeridad. Hemos evitado aislar a la Argentina. Hemos mantenido excelentes relaciones con todas las jurisdicciones, incluida la Capital Federal”, relató.

Muy sereno, de traje y corbata azules impecables, sintetizó así su breve gestión: “Todo lo he hecho en siete días, de los cuales sólo tres fueron hábiles. Hice un gran esfuerzo. Si ofendía a alguien, pido perdón. Lo hice todo con mi mejor sentimiento”.

Molesto con las comparaciones que comenzaron a hacerse entre su renuncia y la de De la Rúa (según confesaron sus colaboradores), Rodríguez Saá dedicó un párrafo entero para diferenciarse de su antecesor, que renunció en medio de una violenta represión y una treintena de muertes. Dejó en claro que tenía un plan de gobierno y económico, y que no estaba dispuesto a reprimir a la población. “No voy a ser el presidente de la vieja Argentina, no voy a ser el presidente de la represión”, dijo el ex jefe del Estado, en un mensaje con interferencias técnicas desde la residencia del gobernador, en San Luis.

Por problemas en la transmisión, muchos televidentes se perdieron el primer tramo de su discurso, que incluía la promesa de eliminar el corralito bancario, el principal motivo del cacerolazo y del bocinazo del sábado por la madrugada. “Va a prometer de todo, porque quiere irse con el plan ideal bajo el brazo”, admitieron a La Nacion fuentes cercanas al hermano del ex presidente, Alberto Rodríguez Saá.

“Dejo la presidencia en este mismo instante al presidente provisional del Senado (Ramón Puerta), a quien he hablado hace instantes. ¡Viva la Patria!”, concluyó Rodríguez Saá, rodeado por dieciséis personas.

En rigor, Puerta ya le había anticipado en ese momento que no estaba dispuesto a reemplazarlo. Pero Rodríguez Saá igual le entregó su dimisión a su edecán de turno, el capitán de fragata Horacio Nadale, para que se la diera a quien fuera. El edecán subió al avión Tango 03, el mismo que había trasladado a Rodríguez Saá desde el aeropuerto de Miramar hasta la capital puntana, y aterrizó en Buenos Aires pasadas las dos de la mañana. Con Puerta renunciado, Nadale tuvo que conformarse con entregar la misiva al secretario parlamentario del Senado, Juan Carlos Oyarzún.

Fue al final de una jornada gris, que se había oscurecido aún más durante la tarde, cuando Rodríguez Saá recibió en Chapadmalal a sólo cinco de los 14 gobernadores peronistas que había invitado la víspera para definir un nuevo gabinete, luego del cacerolazo que derivó en la renuncia de todos sus colaboradores, entre ellos, del ex intendente Carlos Grosso.

En soledad

Cerca del mediodía, cuando el director de Ceremonial, Sergio Grillo, le confirmó que ni De la Sota ni el santafecino Carlos Reutemann asistirían, Rodríguez Saá terminó de entender que se había quedado solo. Casi igual que De la Rúa. Y decidió cambiar el tono ejecutivo por uno más conciliador, casi de súplica. “Mañana en los diarios pueden salir dos fotos: yo con ustedes parados a mi alrededor. O la de un presidente con los milicos (militares) atrás”, dijo.

Lo escuchaban, mudos, el bonaerense Carlos Ruckauf (inusualmente conciliador, según allegados de Rodríguez Saá), el misionero Carlos Rovira, el riojano Angel Maza, el formoseño Gildo Insfrán, la puntana María Alicia Lemme y el salteño Juan Carlos Romero. “Gracias por venir.... acá tenía para mostrarles el presupuesto. Pero les confieso que estoy desolado por esta escasa concurrencia”.

“Mirá, Adolfo, acá todo empezó porque vos tomaste varias medidas inconsultas, con una evidente intención de quedarte” hasta 2003, le recriminó, con una sonrisa entre dientes, Ruckauf. Con menos vocación diplomática, Romero fue directo al grano: “Tendrías que haberle dicho la verdad a la gente. Que estamos quebrados, fundidos, y no vender planes de empleo y promesas incumplibles”.

Maza le ofreció comunicarlo con De la Sota, que estaba en Buenos Aires. Rodríguez Saá aceptó, pero se encontró con una muralla. “Antes de pedir apoyo, tenés que cumplir con el llamado a elecciones del 3 de marzo”, le gritó el mandatario cordobés. “Gallego envidioso..., vos cag... todo”, le respondió el Presidente. Cortaron al mismo tiempo. “Si es así, yo me voy a San Luis a renunciar”, gritó. Enseguida se subió al avión. Afuera, un centenar de vecinos hacía sonar sus cacerolas, sin saber que esta vez, también, precederían la renuncia de un presidente.

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