Tomás Moro, santo de los políticos y gobernantes

José Claudio Escribano
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31 de octubre de 2000  

Hoy, Juan Pablo II proclamará a Tomás Moro santo patrono de los políticos y gobernantes.

Cuando los esqueletos de tantas reputaciones políticas penden en el mundo del travesaño de la opinión pública, la primera impresión puede ser que el Papa se haya resuelto a dar, a los hombres que se doblan, la protección del mártir que murió por sus principios.

No es ésa una mala inferencia. Es como decir que Juan Pablo II ha dirigido una flecha imaginaria al centro de la corrupción pública, extendida, en las categorías de tiempo y espacio, como una endemia profusa de la contemporaneidad.

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Pero caben también otras ideas sobre los propósitos que animaron al jefe del Vaticano a ungir a Tomás Moro como santo protector de los políticos y gobernantes.

Primero, porque Moro fue un auténtico humanista que no creía en las verdades abstractas sino en las que tienen al hombre, criatura de Dios, como medida de todas las cosas. Consecuencia: el fin de la economía debe ser la prosperidad de todos los hombres y, por lo tanto, la invocación a "la noble igualdad" no debería de ser desde la escuela primaria la letra olvidada de un himno nacional.

Segundo, porque si bien su humanismo abrevó en los principios de Erasmo de Rotterdam, autor de "Elogio de la locura", Moro era, en el fondo, un inglés, un patriota que no podía consentir fácilmente la iniciativa de su maestro de que era necesario construir un reinado universal que uniera a todos los reinos. Consecuencia: frente a la globalización, como frente a todos los movimientos y jefaturas universales, como puede ser la de la propia Iglesia, hay espacio para los gobiernos y los valores que expresan la peculiaridad de cada comarca y de su lengua, su historia, el sentido del destino común, la geografía, la fauna, el clima, la comida, la memoria de los muertos...

Tercero, porque si bien Moro, que había sido lord canciller, murió por sus principios, no llegó al patíbulo como un tonto, sino como alguien que, aunque sin éxito, es cierto, supo hasta dónde tensar conjuntamente las cuerdas de la temeridad y la inteligencia. Consecuencia: la política está requerida de seres moralmente sólidos, pero eficaces.

En "Un hombre cabal", el libro de Robert Bolt que luego fue llevado al cine como "Un hombre de dos reinos", se registra un diálogo, tan histórico como agudo, entre el cardenal Wolsey y Moro.

Wolsey, que es cardenal primado de Inglaterra, inquiere a Moro las razones por las cuales no ha suscripto el documento por el cual los lores consienten el divorcio de Enrique VIII de su esposa, Catalina de Aragón. Moro, que en el fondo quería salvar su cabeza, contesta con palabras que confirieron celebridad a su genio: "El que calla otorga" ( qui tacet consentire videtur ).

El diálogo, en su esencia, continúa así:

Wolsey: -Vos deberíais haber sido eclesiástico.

Moro: -Como vos, eminencia.

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Wolsey moriría lamentándose de no haber servido a Dios como había servido a su rey, y Moro, cuatrocientos años después de su ejecución, en 1535, sería canonizado por la Iglesia Católica a raíz de haber considerado la verdad como más valiosa que la propia vida.

La lucha de Moro fue una lección constante por el valor de las palabras. Con sólo cuatro -El que calla otorga- hizo historia.

Con apenas unas pocas palabras más, dirigidas a cuestionar los orígenes de la convertibilidad del peso, el ex presidente Alfonsín cambió el eje por el que se articulaba el sustento político del ministro de Economía, José Luis Machinea.

Es interesante anotar esa consecuencia porque el problema con el uso de las palabras no está ceñido sólo a la necesidad de hallar las más apropiadas, sino que lleva, después, a interpretar ajustadamente los hechos que ellas provocan.

¿Puede dudarse, acaso, de que el ministro de Economía, tan cuestionado antes por el hecho de haberse debido su encumbramiento, un año atrás, al doctor Alfonsín y al Frepaso, es ahora, fundamentalmente, tributario del respaldo del presidente De la Rúa?

Sobre las palabras podrían decir algo más los embajadores de la Comunidad Europea que hace exactamente una semana invitaron a almorzar al ex presidente Alfonsín.

Se sabe que esos embajadores se sintieron en condiciones de enviar a sus respectivos gobiernos mensajes aliviadores sobre la interpretación de la situación política argentina. Más aliviadores, ciertamente, que la pendular hermenéutica que miles y miles de operadores económicos, de no más de 30 años de edad en general y de dudosos conocimientos políticos, extraen minuto tras minuto de los flashes informativos de sus computadoras.

Los diplomáticos europeos tomaron nota de que el doctor Alfonsín tiene por naturaleza menos convicciones que el presidente De la Rúa en relación con ciertas nociones de rigidez y seriedad fiscal. No es eso una novedad, pero extrajeron la conclusión de que Alfonsín no atentará en adelante contra la buena marcha del Gobierno.

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Otra razón sustancial para que el Papa proclame a Tomás Moro patrono de los políticos y gobernantes es su ejemplo de sentido común y tolerancia, sobre todo expresada en su obra famosa, "Utopía", pues en cuanto a los hechos existen controversias sobre cómo se entendía con los herejes.

Una manifestación de sentido común fue la del presidente De la Rúa cuando, dirigiendo el índice hacia dos de sus hijos, que jugaban al ajedrez, comentó, al recibir hace un tiempo la versión de que el doctor Domingo Cavallo aceptaría ser ministro si el jefe del gabinete nacional fuera el ex vicepresidente Carlos "Chacho" Alvarez: "Y entonces, ¿también yo me dedico al ajedrez?", preguntó, intencionadamente.

Otra expresión criteriosa fue la del gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, cuando el sábado por la tarde tomó el teléfono con la determinación de sumar voluntades a fin de que se disminuyera la intensidad de los decibeles en su polémica con el ministro de Economía.

Ruckauf había anticipado su posición adversa al anteproyecto del presupuesto nacional del Poder Ejecutivo. El doctor Machinea lo calificó de "matón", tal vez llevado a un exceso entre su falta de vocación natural para las confrontaciones personales traumáticas y el reclamo del Presidente a sus colaboradores de salir a responder, golpe por golpe, las críticas más duras de la oposición.

"Es cierto, me excedí y procuraré enmendar la cosa", dijo Machinea a La Nación cuando se le comentó la gestión con la cual el gobernador bonaerense había señalado la inconveniencia de apresurar los tiempos propios de una competencia electoral, como será la del segundo semestre de 2001.

La irritación es pésima consejera, pero, ¿qué se hace, no ya ante los políticos experimentados como Ruckauf, sino ante los desaforados que desde el ámbito económico, y muchas veces sin otro sustento cultural que el de la disciplina en que se ejercitan, hablan, por añadidura, sin cuidar la gravedad de las palabras, como "huéspedes indiferentes y vacíos del suelo en que vivimos", por utilizar una expresión de Alberto Gerchunoff, de hace más de cincuenta años, en "Argentina, país de advenimiento"?

Frente a la irritación, la templanza de ánimo, porque no siempre el factor que provoca aquélla desciende de temperamentos inavenibles con el nuestro o de la mala fe.

El arte de ver correctamente lo que sucede en política no es distinto de todo lo que exige al ojo seguir las alternativas de una carrera de caballos o la sucesión de golpes sobre un ring. Sólo un ojo en debido entrenamiento puede seguir la velocidad rauda de los acontecimientos políticos.

Y así se explica que aun hasta los últimos días de la semana anterior en algunos cenáculos se haya hablado con seriedad de grados de posibilidad, por entonces decididamente nulos, de que el ex ministro Cavallo accediera a la condición de ministro de Economía.

En ese momento, en rigor, el gran artífice de la estabilidad, la desestatización y la desregulación económica de los noventa había prestado dos servicios señalados: a) al Gobierno, por haber alentado un movimiento destinado a sancionar favorablemente en el Congreso el presupuesto, por haber apoyado las nuevas medidas económicas y por haberse entrevistado con el ministro Machinea, en cuyo equipo dijo confiar; b) al ex presidente Alfonsín, porque al visitarlo no sólo produjo un efecto favorable entre los operadores económicos, sino que permitió a su interlocutor dejar atrás el traspié de sus infortunadas declaraciones sobre la convertibilidad.

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El propio Cavallo está dando manifestaciones de sentido común y tolerancia en el punto más vulnerable de su personalidad: la tendencia al desborde emocional. Hay quienes dicen que la comprensión de ese fenómeno ha comenzado por su propia mujer, Sonia, convencida de que su marido sería el mejor presidente con el que podría contar la Argentina, pero alertada también de que nadie es perfecto y que en aquél había una falla que corregir.

"El Mingo está cambiado" es una afirmación que se ha puesto a prueba en el ruedo político. Lo hicieron, a pesar de la exigüidad del tiempo compartido, sus ex colaboradores Juan José Llach, Horacio Liendo y Ricardo Gutiérrez, al término de un almuerzo que los reunió después de bastante tiempo.

"Es cierto. Comentamos que está con más calma interior", dijo a La Nación uno de ellos.

El sentido común suele estar abonado por la experiencia. Por eso, quienes conocen más al presidente De la Rúa prefieren poner en términos deportivos el tipo de avatares que el Gobierno sufrió hasta su viaje a España: "De la Rúa es un fondista; no es un corredor de cien metros", dicen con resignación, y también con esperanza.

Sin embargo, la vasta experiencia de muchos de los hombres situados en posiciones oficialistas no alcanzó en su momento para comprender que los disturbios en la Alianza activarían inmediatamente entre los justicialistas lo que bien podría denominarse "el efecto piraña" o "efecto tiburón".

Curiosamente, ese fenómeno se produce entre cualquiera de esos seres acuáticos con la condición de que haya aguas cálidas, o sea, temperatura alta. Cuando la hubo en la Alianza, es decir, cuando ésta se ofreció con sus disputas como una carnada propicia, los justicialistas, como la piraña o el tiburón, se unieron en frenesí todos a una, por instinto predador, sobre la presa inesperada que se les ofrecía.

No es ése un defecto; por el contrario, puede ser una aptitud, tanto en las profundidades del mar como en la política práctica.

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Por último, ¿por qué no inferir que Juan Pablo II ha computado, entre las virtudes de Tomás Moro, su disposición para el buen humor, válvula que descomprime pasiones y temores, libera de arrogancias y humaniza los espíritus con encono?

Moro es precisamente el autor de una oración para el buen humor, en la cual se hacen votos para evitar algo que puede ser tan pesado como una mala digestión. Pero la contribución suprema de Moro al servicio del buen humor fue a costa propia, antes de su ejecución.

Se había dispuesto que iría a la horca y su cuerpo sería descuartizado. Enrique VIII cambió la orden: que lo decapiten, simplemente.

Y Moro dijo: "Dios guarde a mis hijas y amigos de la clemencia del rey".

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