Un debate presidencial que tendió a la despolarización

Ana María Mustapic
Ana María Mustapic PARA LA NACION
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15 de octubre de 2019  • 17:51

En una secuencia de dos debates, el que se produjo el domingo pasado puede ser visto como un ensayo general. Puesto en esos términos, quizá resulte de interés detenerse en el modo en que los candidatos decidieron plantear sus intervenciones.

Es una obviedad señalar que en los debates electorales tercian los candidatos del oficialismo y de la oposición. Pero una particularidad del actual debate es que uno de los participantes es el mismo presidente en busca de la reelección. Este hecho limita sus estrategias, lo que no sería el caso si fuera simplemente el candidato oficialista. ¿Por qué razón? Porque un presidente que busca la relección sabe que será juzgado en primera persona por los resultados de su gestión. En cambio, un candidato oficialista, puede tomar cierta distancia.

Recordemos, por ejemplo, el caso de Eduardo Angeloz con su lápiz rojo respecto de la presidencia de Raúl Alfonsín. Si, además, el telón de fondo del debate es una grave crisis económica, el desafío de quien ocupa el cargo no es menor. Por el lado de la oposición, la mirada no puede sino focalizarse en Alberto Fernández, debido a que se proyecta como un posible ocupante del sillón de Rivadavia, muy por encima de los demás candidatos.

Concentrando, pues, la atención sobre Macri y Fernández, lo que llamó la atención fue la decisión de no ir al frente con la retórica de la polarización ideológica, lo que hubiera convertido al debate en un reñidero. Si no lo fue se debió, en primer lugar, a que Macri debe haber evaluado que colocar el contrapunto entre "dos modelos" hoy no suma electoralmente. En segundo lugar, a que Fernández puso el acento en el desempeño de Macri en el cargo.

Antes que resaltar las diferencias ideológicas se ocupó de presentarlo como un presidente que miente (la ubicación de Scioli en primera fila fue una puesta en escena que anticipó el eje de sus intervenciones) y, también, como alguien que desconoce lo que realmente ocurre a su alrededor. Pareció, así, que su foco estuvo dirigido a los votantes decepcionados de Cambiemos que a sus propios seguidores, más proclives a la condena ideológica; a estos seguramente logró complacerlos mostrándose como un aplomado político de tribuna, capaz de propinar certeras estocadas.

A pesar de haber sido calificado pocos días atrás de "sinvergüenza" por Fernández, Macri dejó de lado la artillería pesada de la polarización. Cediendo menos de lo esperado al juego de la provocación, prefirió ceñirse a una defensa de su gestión, tratando de jerarquizar sus logros mediatos por encima del negativo balance socioeconómico del presente.

Allí sumó una idea que supo estar ausente en su repertorio, el llamado a gobernar con consensos. Este agregado le permitió, luego, dar un paso al frente y aprovechar eficazmente la súbita evocación del pasado montada por el desliz chicanero de Fernández con su dedo levantado y acusador

Esta por ahora aparente convergencia hacia la despolarización quizá tenga escaso impacto sobre las preferencias de los electores, salvo en un punto: los votantes de Roberto Lavagna en las PASO. Sorprende su deslucida participación, con signos de desgano e incomodidad, como si hubiera perdido interés en seguir compitiendo. De todos modos, resta aún el próximo round. Cabe preguntarse si los principales protagonistas del debate están pensando seriamente en la futura gobernabilidad de la Argentina.

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