Un final tan misterioso como el de PC Farías

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21 de mayo de 1998  

"Tuvo la carrera y el final de PC Farías." La frase, enigmática y sugestiva, corresponde a un funcionario del Gobierno que conoció a Alfredo Yabrán y que siguió de cerca su relación con la crema y nata del menemismo. La comparación con Farías (el hombre de las finanzas deshonestas de Collor de Mello, perseguido por la Justicia y que, también, murió de un balazo extraño en su casa) explica una historia de fortunas inexplicables, de influencias con el poder y de abismales ingratitudes a la hora de la desgracia.

Nadie sabrá nunca lo intensa, profunda y generosa que fue la relación que unió a Yabrán con la cima misma del menemismo. Ministros, secretarios de Estado, jueces y legisladores, además de sectores policiales, respondían a sus órdenes con increíble disciplina. El propio Presidente elaboró por lo menos tres versiones de su relación con el empresario: primero la desconoció por completo y después terminó aceptando en parte una amistad que fue más estrecha de lo que se dijo alguna vez.

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El control de Yabrán de un buen sector de la Justicia lo llevó a enfrentarse con el jefe de la SIDE, Hugo Anzorreguy, en una competencia feroz por el manejo de algunos jueces. Yabrán adjudicó siempre a Anzorreguy la difusión de su monumental sistema de seguridad (integrado en gran parte por ex represores) y no erró por mucho; en verdad, la SIDE había comprado un informe de la Gendarmería sobre los anillos de seguridad que rodeaban a Yabrán y ese documento tomó luego estado público. El informe lo sepultó: ningún empresario honesto necesita un ejército en torno de él.

En la cumbre de su poder, Yabrán lo trató a Anzorreguy (en la casa de un amigo común, Emir Yoma) con desprecio y soberbia, que dejó líbido y callado al jefe del espionaje. Fue la primera vez que éste sintió que Menem le abría la puerta de salida del poder. Conservó el cargo, pero nunca consiguió el perdón de Yabrán.

El primero y fundamental error de Yabrán fue haber presionado para que una muy alta expresión oficial lo recibiera con honores cuando ya Duhalde y Cavallo lo perseguían como mastines hambrientos. El segundo hombre en la jerarquía de la administración -el jefe de Gabinete, Jorge Rodríguez- lo acomodó al lado de él, en la Casa de Gobierno, frente a una tormenta de fotógrafos. Pocos días después, en un sillón del Waldorf Astoria, de Nueva York, Menem dio la primera muestra de cierta distancia. Analizando con un equipo muy íntimo las pésimas repercusiones de aquella reunión, el Presidente concluyó: "Ya hice demasiado por Alfredo". Era el Menem de manual: capaz de acompañar a sus amigos hasta la puerta del cementerio; jamás hasta la tumba.

Hubo algo más. Menem envió un mensaje reservado a Washington en el que aseguró que la historia de Yabrán con su gobierno concluiría si se respetaban los tiempos presidenciales. Por eso, Cavallo sostiene aún ahora que la euforia de Washington por seguir a Yabrán comenzó a debilitarse en los momentos finales de la gestión de Terence Todman.

Con todo, el papel del ex ministro (decisivo para desenmascarar al hombre más poderoso y desconocido de la Argentina) contó desde el primer momento con el apoyo del gobierno norteamericano. "Yo sé que Cavallo nunca mintió cuando decía en privado que detrás de él estaban los Estados Unidos", asegura otro ex ministro que compartió el gabinete con Cavallo.

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El momento más duro para Yabrán frente a la embajada norteamericana fue cuando tres diplomáticos lo entrevistaron durante varias horas. Voceros del empresario dijeron que había sido un encuentro cordial donde se expusieron todos los temas conflictivos. "Fue un interrogatorio, no una reunión", asestó el más importante de los diplomáticos que lo vieron.

Hace dos días, cuando Yabrán ya estaba prófugo, un alto funcionario del Gobierno hizo un presagio que jamás se cumplirá: "Lo verán con las manos esposadas y, tal vez, compartiendo la celda con Noriega". Esta última parte refiere a las versiones nunca confirmadas de la presunta relación de Yabrán con el lavado de narcodólares, que habría sido siempre -según esa fuente- la sospecha de Washington. El presagio era extraño porque nunca se supo de un proceso judicial en los Estados Unidos y las fuentes norteamericanas aseguraron siempre que no tenían pruebas contra él, aunque los intrigaba el origen de un patrimonio calculado en más de 3000 millones de dólares. "En 20 años no se hace esa fortuna en un mercado tan chico como el argentino", deslizaban.

El hecho de haber chocado con la muerte en Entre Ríos, perseguido por una partida de aturdidos policías provincianos, podría expresar que ya no contaba con la protección total y absoluta de Menem. En ese caso, el lugar más seguro del mundo hubiera sido la Capital (donde Duhalde sospechaba que estaba), porque a su policía la maneja el propio Presidente.

La conjetura y el misterio rodearán siempre su muerte, como la de P. C. Farías. Tal vez sucedió el hecho más simple y ninguna ecuación cerró en la cabeza de viejo conspirador: tenía demasiados secretos como para guardarlos en un pobre calabozo, demasiados secretos también para exponerlos sin provocar un sismo en la política y en el poder de la Argentina.

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