La profecía de Milei que urge al Gobierno
El cambio en el Indec y el refuerzo de un discurso intolerante expusieron el temor del Presidente a un deterioro del humor social; la apuesta al dólar quieto y la orden de acelerar las reformas
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El progreso en la nueva Argentina libertaria es la promesa de un Tesla barato. Javier Milei sostiene altos niveles de apoyo popular sin disfrutar de la fiesta de consumo que vivieron otros presidentes decididos, como él ahora, a transformar la matriz económica y construir una hegemonía política. Tuvo habilidad para vender una esperanza basada en la idea de que el porvenir dorado requiere primero derrumbar el viejo régimen y atravesar un desierto de penurias. Pero, ¿hasta cuándo dura la paciencia?
Esa pregunta pesa en el ánimo de Milei y condiciona el ritmo de la gestión. El miedo a que se cierre la “ventana de oportunidad” para hacer los grandes cambios estructurales es el hilo invisible que une la sucesión de hechos que marcaron la última semana: la salida conflictiva de Marco Lavagna del Indec, la firma del acuerdo comercial con Estados Unidos, la presión para avanzar cuanto antes con la reforma laboral y la fundación de una oficina virtual para desacreditar al periodismo profesional.
El freno en el proceso de desinflación suena como una alarma en el tablero del Gobierno. Sobre todo, porque la actividad sigue estancada (a pesar de algún tibio repunte de la construcción), no hay señales de recuperación en el poder adquisitivo de la población y el Ministerio de Economía necesita profundizar el ajuste para mantener los compromisos fiscales. El fantasma de la estanflación asusta hasta al más audaz.
Milei no dudó en tirar a la basura el nuevo cálculo del índice de precios al consumidor que iba a publicarse desde este mes, ante la evidencia de que en el corto plazo la inflación iba a dar más alta que con el método anterior. Eso resulta del mayor peso que le otorga la fórmula ahora descartada a los servicios públicos, que subirán muy por encima de la inflación general a partir de febrero.
El portazo de Lavagna impidió encontrar una narrativa pulcra para semejante movida. Hasta el kirchnerismo salió a acusar a Milei de hacer kirchnerismo, con el recuerdo vivo de las estadísticas dibujadas de Guillermo Moreno. El ministro de Economía, Luis Caputo, atinó a justificar que el reemplazo de índice se hará “cuando el proceso de desinflación esté totalmente consolidado”. El jefe de Gabinete, Manuel Adorni, fue más sintético: ocurrirá “cuando la inflación sea cero”. Fin.

Milei se encontró tarde con un problema gestado hace tiempo. Lavagna había anunciado en octubre que para la medición de enero se regiría por el nuevo índice. El FMI lo aprobó y el Banco Central comunicó el viernes de la semana pasada que se venía el giro en la metodología y que habría “riesgos” en la dinámica de precios del primer trimestre.
A falta de un argumento técnico, se recurrió al enchastre. Desde la Casa Rosada llegaron a acusar a Lavagna de ser un infiltrado de su histórico jefe político, Sergio Massa, que maquinaba detonar una crisis en el momento en que Milei pone en juego su programa transformador. Algo así como una célula dormida en el corazón del poder.
Lavagna se suma a la lista de conspiradores en la que el Presidente anotó a Paolo Rocca hace 10 días y a la que se añaden cotidianamente periodistas, dirigentes políticos y hasta la madre de Ian Moche, un chico autista de 12 años. El origen peronista del funcionario saliente se exhibió como la prueba definitiva del delito. Un día de estos van a descubrir a qué se dedicó los últimos 20 años el secretario de Turismo, Daniel Scioli.
La perspectiva de dos o tres meses con un índice por encima del 3% significaba un desafío al mito de la infalibilidad de Milei, uno de los pilares de la Argentina libertaria. El Presidente presume de que lo que él vaticina se cumple. A los demás los ha tratado de “pifiadores seriales”, “mandriles”, “econochantas”. En su historial registra un buen número de cálculos errados, pero el relato oficial supo explotar el acierto de haber logrado una reducción drástica de la inflación heredada a partir de aplicar el ajuste prometido en la campaña.
El reloj corre sin pausa para que se cumpla el último pronóstico estelar de Milei: que la inflación mensual empezará con 0 a partir de agosto, en rumbo hacia la eliminación definitiva de la gran enfermedad de la economía argentina. La última vez que lo repitió fue en diciembre, después de las elecciones y cuando ya estaba dicho que en enero la medición empezaría a hacerse con el “índice de Lavagna”.

La meta se aleja. Incluso el 10,5% anual con el que se elaboró el presupuesto 2026 suena utópico. Las consultoras que releva el Banco Central estiman la inflación anual en 25%. Nadie espera una disparada de precios; tampoco el número mágico que prometió Milei.
Caputo, Milei y Adorni ya empezaron a ensayar una explicación alternativa ante la perspectiva de un incumplimiento: el “riesgo kuka”. Si los rivales siguen siendo “comunistas”, los actores económicos toman decisiones que resultan perjudiciales para la normalización de las variables. No importa que el pronóstico presidencial se hubiera hecho cuando los libertarios ya habían derrotado al kirchnerismo en las elecciones legislativas de medio término. No hay nada como un enemigo perfecto.
En la vida real mantener el índice oficial contenido no solo es un bálsamo psicológico para la suba de precios que golpea al bolsillo. Ayuda, además, a moderar los aumentos indexados de jubilaciones y prestaciones sociales. El Banco Provincia –dominado por Axel Kicillof- calculó que al no aplicarse el nuevo indicador el Gobierno se ahorrará un monto equivalente al 0,5% del PBI.
Reforma laboral
A Caputo se le suma la preocupación por los ingresos. La recaudación impositiva cae desde hace seis meses; en enero fue un 7,4% en términos reales.
Esa realidad condiciona la negociación con los gobernadores por la ley laboral, que incluye la posibilidad de una baja del impuesto a las ganancias para las empresas. De aprobarse podría implicar un recorte significativo de los fondos que reciben las provincias en concepto de coparticipación federal.
Milei y Caputo se resisten a quitar ese capítulo, una condición que ponen los potenciales aliados para destrabar la aprobación en el Senado, el próximo miércoles. El Presidente y el ministro consideran que sería atentar contra la idea de que el proyecto apunta no tanto a facilitar los despidos de trabajadores sino a impulsar la producción, a partir de la baja de costos para las empresas.

Eso sí, se reservaron una carta para no complicarse las cuentas. El artículo 212 del dictamen de mayoría que se discutirá en el recinto dispone que las rebajas impositivas no entrarán en vigor hasta que lo disponga el Ministerio de Economía “en función de las metas de equilibrio fiscal”.
Los gobernadores no quieren darle ese cheque en blanco a Caputo. Los negociadores de la Casa Rosada les ofrecen obras, ATN y promesas de gradualidad en la reducción de impuestos coparticipables. No hay sobre la mesa entendimientos de largo alcance sobre todo el paquete reformista libertario. El santafecino Maximiliano Pullaro sondeó sin éxito la posibilidad de pactar una solución al conflicto con la Nación por los fondos para cubrir el déficit de la Caja de Jubilaciones. El cordobés Martín Llaryora chocó con la misma piedra. El Gobierno plantea un regateo ley por ley. Incluso cámara por cámara.

Milei sospecha de casi todos los políticos que no militan en La Libertad Avanza (LLA). Cree que los une el ansia de empujar al fracaso el plan de liberalización de la economía. Los emparenta con sectores empresarios que resisten la apertura comercial y una mayor competencia.
Sin retorno
Por eso le impone a su equipo acelerar los cambios ahora que la oposición está sin rumbo, el sindicalismo se muestra impotente y la popularidad presidencial goza de buena salud. Celebró la firma del acuerdo comercial con Estados Unidos como un “hito fundacional”, palabras que repitieron todos los ministros que hablaron en público. Es necesario dar pasos que no tengan retorno, suele decir. Quiere que el Congreso lo apruebe sin demoras: espera llegar con los deberes hechos al viaje de promoción de inversiones que encabezará en marzo a Washington.
El gran desafío de Milei reside en cómo se vive la transición hacia la economía de mercado y sin barreras que sueña dejar como legado. En otras palabras, cómo evita que la destrucción de industrias y de empleos inevitable en la modificación de régimen desnivele la balanza de la opinión pública hacia el descontento. ¿Podrá el ministro Caputo seguir presumiendo de sus trajes comprados en Nueva York si en el corto plazo se estanca la baja de inflación y no se prenden los motores del crecimiento? ¿Será todavía un motivo de celebración que vayan a llegar los Tesla de Elon Musk a 52.800 dólares, como anunció Federico Sturzenegger, si las automotrices locales cierran líneas de producción?

“Cuanto antes hagamos todo, antes llegarán los beneficios”, dice un funcionario que integra la mesa del poder libertario. El dólar quieto ayuda en el camino, pero también anida potenciales problemas hacia adelante.
Existe un vértigo de Estado, que requiere permanente alimento simbólico. Hay una demanda de adversarios a los que Milei pueda vencer en nombre de la misión que le toca cumplir. Moisés, su héroe favorito, también enfrentó dudas y desafíos en el tránsito por el desierto.
La creación de la llamada “Oficina de Respuesta Oficial de la República Argentina” es un síntoma de ese espíritu. En realidad, no es una oficina ni da respuestas, sino otra cuenta de Twitter desde la que se hostiga a periodistas y a voces aleatorias que molestan al Presidente. No es más que un troll con membrete. Casi una caricatura de policía del pensamiento, que está a cargo de un burócrata que odia al Estado y comunica en las redes sociales bajo el confortable disfraz de un avatar llamado “Juan Doe”.


El entusiasmo de Milei con el invento dejó ver también una segunda intención, más allá de promover la autocensura y castigar al menos simbólicamente el disenso: el patrullaje contra los funcionarios que hablan con la prensa. El Presidente replicó el viernes en su cuenta de X un mensaje que lo decía con todas las letras: “Justamente de eso se trata. De revelar, no sólo el engaño de los operadores, sino también a los infiltrados en el gobierno encargados de armar las operetas a favor del negocio de la política para perjudicar al gobierno”.
Ministros, diputados y secretarios de Estado hicieron filas para aplaudir la iniciativa, con lealtad soviética. Es curioso que no percibieran el aire de familia con los años del kirchnerismo, que tan denodadamente combatieron. Desde la fobia al disenso hasta las desprolijidades con las estadísticas oficiales. Para el caso, Cristina también se compraba la ropa en la Quinta Avenida.
A Milei vuelven a acosarlo las restricciones del que tiene que gestionar un Estado. Si el nuevo índice de precios podía generar desánimo social (y encima aumentar el gasto público), se posterga hasta nuevo aviso. Los aumentos de tarifas que se frenaron en el año electoral toca dispararlos ahora que no hay votación a la vista. Si alguien expresa un matiz se lo acusa de traidor. Si las leyes libertarias se estancan, se activa a toda máquina el toma y daca de toda la vida.
“Prefiero una verdad incómoda que una mentira confortable”, ha repetido Milei hasta el cansancio, como si fuera el eslogan de una vida. Pero está atrapado en la paradoja del reformista: precisa tiempo para que los resultados económicos lleguen y para conseguirlo le sirven las herramientas que él mismo prometía erradicar. Maquiavelo sonríe en su tumba.
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