
Un secretario privado con cuentas millonarias y el amparo del poder
Es uno de los hombres de confianza de Menem; cultivó el perfil bajo y ahora la Justicia investiga su fortuna
1 minuto de lectura'
En antiguas monarquías, la posibilidad de acceso al rey establecía una jerarquía nobiliaria y de poder en la corte. Eran los tiempos de la Orden del Baño.
En un país republicano, pero de fuerte presidencialismo, como la Argentina, tales categorías no han desaparecido.
El caso más notorio ha sido el del difunto José López Rega, que de secretario privado de Juan Domingo Perón devino ministro de Bienestar Social y director-fundador de la escuadra paramilitar Triple A (1973-1976).
López Rega acabó sus días en la cárcel, después de huir de la justicia argentina durante una década.
Ramón Rosa Hernández debe de meditar en estos días en su suite del hotel Alvear sobre la suerte de este antecesor. Secretario privado de Carlos Menem durante sus dos períodos presidenciales, ha sido acusado de un enriquecimiento incompatible con sus funciones: acumular seis millones de dólares en una cuenta suiza, quizás -tal una de las hipótesis de la justicia argentina- en nombre de su jefe.
Pero ¿es Hernández un posible testaferro de Menem? O, también, ¿poseía el poder para reunir por sí solo seis millones de dólares?
En tren de responder a la primera cuestión, es indiscutible la relación de confianza, nunca destruida, entre Hernández y Menem.
Nacido en La Rioja, como éste, hace 51 años, Hernández era un conocido anotador de tantos para el equipo local de basquet del club Facundo, que Menem alguna vez dirigió.
Policía y bancario
Para financiar su vena deportiva, Hernández obtuvo un puesto como suboficial de la policía riojana que mantendría hasta 1978. Del mismo modo, obtuvo un empleo en el Banco provincial que le pertenecería hasta dos años después de haberse convertido en secretario privado del ya presidente Menem(1989-1999). Un gerente de la sucursal Buenos Aires del banco se hizo cargo del error y devolvió el dinero equivalente a los dos años de sueldo, actualizados (eran tiempos de la hiperinflación).
Estas tareas para las que, evidentemente, no tenía vocación, le permitían desarrollar las que realmente le importaban: el basquet, que abandonaría en los ´80, y el servicio personal de Menem, elegido nuevamente como gobernador en 1983.
Pese a alguna interrupción, no ha dejado ese servicio en forma completa hasta hoy, aunque lo ha deseado tantas veces, según su propia confesión a ocasionales interlocutores, en los últimos seis años.
Ni siquiera lo dudó cuando el avión en el que viajaba durante la campaña presidencial de Menem se vino abajo y sufrió graves quemaduras. Así, es una lealtad probada incluso ante la muerte.
Se puede reformular la segunda pregunta de este modo: ¿por qué se hizo tan imprescindible para Menem?
Menem comenzó su primera presidencia con dos secretarios privados: Hernández y Miguel Angel Vicco, a quienes se concedió el rango de secretarios de Estado.
Empresario por vocación, Vicco no sobrevivió al escándalo de la venta de leche en polvo en mal estado para un plan materno-infantil, aunque luego no habría una condena judicial. Había sido señalado antes como un influyente que compartía oficina con el cuñado del entonces presidente, Emir Yoma, para la gestión de contactos entre empresas y gobierno.
Hernández, en cambio, permanecía como la sombra de Menem, el que atendía sus necesidades más inmediatas, desde la ropa hasta la compañía (el entonces presidente se separó de su mujer en 1990).
Pero testigos directos de su trabajo le conceden mucho más valor. "Era el que abría o cerraba la puerta de acceso a Menem", explicó uno de ellos a LA NACION, "y eso tiene un valor incalculable en cualquier país".
Una anécdota famosa pinta su conciencia sobre ello: su pelea con la entonces secretaria de Audiencias, Amalia (Amira) Yoma, que habría cerrado la puerta que unía el dormitorio y la sala de recepción presidenciales. "La puerta del jefe la manejo yo", habría sentenciado Hernández.
Según la descripción de estas fuentes, poseía el poder sobre el sistema de funcionarios que gestionaba la intimidad presidencial. "Sabía todo. Tenía una red de informantes y alcahuetes que le ayudaban a controlar qué pasaba exactamente", relató uno de los consultados, que, como todos, pidió expresamente que no se lo identificara en modo alguno.
Nadie quería un conflicto con Hernández. "Hacía valer su poder de forma despiadada -contó la fuente-. Tendía trampas, humillaba gente, lo que hiciera falta." El director de Ceremonial, Alejandro Daneri, lo sufrió en carne propia. Cuando intentó impedir que Hernández entrara a la reunión entre Menem y Fernando de la Rúa previa al traspaso del mando, el secretario saliente lo apartó del camino de un golpe en la nariz.
Al mismo tiempo, todos le reconocen enormes cualidades profesionales: era exacto, discreto, puntual, correcto y de una energía inagotable, que le permitía seguir la rutina de Menem desde las cinco de la mañana hasta la trasnoche siguiente.
No sólo eso. Hernández tenía (y tiene) debilidad por la vida nocturna y las mujeres (casado y separado dos veces, es padre de cuatro niños). Durante años, la única posibilidad de satisfacer estas inclinaciones era pasar la noche casi sin dormir.
"Vivía al límite", dice la fuente. Al mismo tiempo, pulía su aspecto. Permanecía siempre delgado (era cuidadoso en lo que comía y bebía) y bien vestido (Versace era una de sus marcas favoritas), aunque este rigor con el aspecto físico tuviera su contracara en una cierta tendencia a la hipocondría: siempre temía estar enfermo o a punto de contraer alguna enfermedad.
No temía, en cambio, a las presiones del poder, y supo esquivar los escándalos que le habían costado el puesto a su ex colega Vicco.
El amigo de Cóppola
Sólo una vez quedó realmente expuesto: cuando su compañero de correrías nocturnas, Guillermo Cóppola (que lo llamaba cariñosamente "Monra" o "Monrita"), fue encarcelado, en octubre de 1996, por el juez federal de Dolores, Hernán Bernasconi, hoy condenado por fabricar el caso.
Hernández, según allegados a Cóppola, cortó todo contacto con el amigo en desgracia hasta unos meses después, cuando ofreció ayuda económica a la familia. La relación, sin embargo, no volvió a ser la misma.
Alguna vez se lo acusó, también, de apelar a servicios de inteligencia para vigilar enemigos o incluso a sus mujeres. Pero tales acusaciones nunca se tradujeron en datos concretos.
Durante la segunda presidencia de Menem, Hernández ya se lamentaba de lo extenuante de su modo de vida. Consiguió que un segundo secretario, Héctor Fernández, lo secundara y se turnara con él en las noches, pero aparentemente Menem no estaba tan satisfecho con el reemplazo, según una de las fuentes consultadas.
Lo había logrado tras la salida de Menem. Se perdió definitivamente en las sombras de su vida personal. Como no se le conocía negocio o actividad alguna, la prensa conjeturó que vivía de sus ahorros.
La justicia suiza lo devolvió ahora al pasado, al tiempo que abrió un interrogante sobre el volumen de esos ahorros y su origen.
María Estela Martínez de Perón fue a la cárcel y López Rega acabaría en ella años después. Menem estuvo preso unos meses. ¿Le tocará el turno a Hernández?





