
Una ceremonia con emoción contenida
Cristina Kirchner llegó al Salón Azul del Congreso junto con sus hijos; con un cálido abrazo y un beso, el presidente saliente y la mandataria rompieron la rigidez del protocolo; homenajeó a Eva Perón y a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo
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"¡No, tenemos que firmar!" No habían pasado ni cinco minutos desde que había jurado como presidenta cuando Cristina Kirchner le hizo sentir el peso de su nuevo cargo a un Néstor Kirchner que, confundido y nervioso, pretendía entregarle los atributos del mando -banda y bastón- antes de que ambos rubricaran el acta que la proclamaba oficialmente como la primera mujer en ocupar la jefatura del Estado por voto popular.
Las risas que generó el incidente entre los presentes no alcanzaron para disimular la mirada glacial que Cristina Kirchner le dirigió a su esposo, que, avergonzado, sólo atinó a bajar la cabeza para buscar un micrófono y disculparse públicamente: "Nunca pude aprender el protocolo", dijo.
No fue ése el único momento en el que los Kirchner rompieron con el protocolo en una ceremonia signada por el hecho inédito en la historia argentina de una sucesión presidencial entre los miembros de un matrimonio.
También lo hizo la hija de la pareja, Florencia, que escoltó a su madre hasta el momento mismo del saludo con Daniel Scioli en el Salón Azul del Congreso, relegando a un segundo plano al vicepresidente electo, Julio Cobos, en su ingreso al Palacio Legislativo.
Recién cuando la fórmula electa posó para la foto junto a los anfitriones del traspaso de mando -Scioli y el flamante presidente de la Cámara baja, el peronista jujeño Eduardo Fellner- la joven fue conducida por la custodia presidencial hasta el sitial que ocupó la familia de la jefa del Estado.
Allí, a la derecha del estrado, se ubicó junto a su abuela materna, Ofelia Wilheim (vestida con un tailleur blanco acompañado de una estridente cartera dorada), y su hermano, Máximo, cada vez más parecido al Néstor Kirchner que muestran las fotos de los años 80.
Los palcos estuvieron colmados por una variopinta selección de invitados que iba desde los militantes kirchneristas, ubicados en las alturas del tercer nivel, que intentaron, sin mucho éxito, ponerle un poco de calor a la ceremonia con cánticos partidarios, hasta los más cercanos y enfrentados al estrado, entre quienes se pudo ver a las titulares de Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto y Hebe de Bonafini, respectivamente; Hugo Moyano; la boxeadora Marcela "la Tigresa" Acuña, y el juez de la Audiencia Nacional española Baltasar Garzón.
Los ministros entrantes y salientes se distribuyeron en otros palcos, ubicados a los costados del estrado. Se destacó por su energía Martín Lousteau, aún sin jurar el cargo, que para ubicarse en su lugar debió hacer equilibrio sobre varias sillas.
Emoción contenida
En una ceremonia marcada por la solemnidad, hubo varios momentos que quebraron la rigidez del protocolo. Uno de ellos fue cuando, tras la entrega de los atributos del mando, Néstor y Cristina Kirchner se fundieron en un beso y largo abrazo. Un gesto que difícilmente pudo haberse visto en un recambio presidencial de no ser porque en esta ocasión una libreta de matrimonio unía a sus protagonistas.
Fue ése el momento de máxima emoción para la Presidenta. Sus ojos se nublaron por las lágrimas, que, no obstante, no alcanzaron a brotar. Una situación que casi se repite cuando en su discurso revindicó a Eva Perón y a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo. Allí, se le quebró la voz de manera ostentosa.
Además, logró que los miembros de la Asamblea Legislativa se pararan para rendirles tributo a esas mujeres de pañuelo blanco ubicadas en los palcos del segundo nivel. En medio de ese escenario, resultó notorio ver a los diputados del macrismo mantenerse sentados en sus bancas.
Tal vez uno de los momentos de mayor voltaje de su alocución fue cuando mencionó el conflicto con Uruguay por las papeleras (ver aparte).
En lo que fue un reflejo de sus doce años como legisladora nacional, Cristina Kirchner no leyó su discurso, sino que improvisó durante los 45 minutos que habló ante una Asamblea Legislativa que le tributó aplausos en más de 20 oportunidades, casi todas impulsadas por los legisladores oficialistas.
Tras los saludos de rigor, la pareja presidencial partió hacia la Casa Rosada dejando atrás, entre ordenanzas que levantaban cortinas y alfombras, a Hugo Chávez haciendo lo que más le gusta: hablar con los periodistas.
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