
Una lección para los incrédulos con sueño
Al último que escuché fue al senador Giustiniani. Cuando habían pasado demasiados minutos de su discurso, comprendí que me quedaría dormido. Me dormiría irremediablemente antes del desenlace. Entonces me sometí al último esfuerzo del día. Pensé: casi no hay dudas de que Rached votará por el no. ¿No has visto, acaso (en estos casos, siempre tomo distancia para hablar conmigo mismo) los gestos mínimos, pero perceptibles, con los que reaccionaba a las críticas certeras al Gobierno?
¡Por supuesto! Rached iba a votar por el no y eso dejaría las cuentas 36 a 36. Habría un empate, sí, pero de todos modos, ¿dónde estaría el misterio? Cobos debería quebrar esa igualdad. Contra su voluntad, claro, pero se vería obligado a hacerlo. ¿Y qué duda sensata podía abrigar yo de que, también en contra de su voluntad, el vicepresidente desempataría en favor de su presidenta?
A estas alturas, uno ya ha visto demasiados vicepresidentes contrariados y se desilusionó más de lo conveniente esperando gestos heroicos de los dirigentes políticos. Gestos heroicos, bellos y, además, útiles. A priori, el senador Cobos no parecía tener el perfil ideal para romper esa tendencia. El senador Giustiniani seguía hablando. Los párpados cedían. Me dormí.
Cinco horas después, volví a mirar el televisor. A cierta edad, uno apoya la cabeza en la almohada y pasan cinco horas sin sentirlo. En la pantalla, sobre la placa negra resplandecían las letras blancas: "El rechazo a las retenciones".
¿Qué rechazo? Por supuesto, el de los ruralistas, que sin duda estarían listos para un nuevo combate. No, decía la tele. El rechazo. Liso y llano. Es decir: era el Senado el que había rechazado y, por tanto, Cobos, increíblemente, había votado en contra.
Vi el replay, la repetición del gesto bello y políticamente heroico. Lástima: no lo vi en el momento excepcional en que se producía. Me hice acreedor, merecí una pequeña lección como las que recibimos sólo de tanto en tanto: presta atención, oh, tú, sujeto somnoliento, nunca des nada por sabido, no subestimes jamás el factor sorpresa.




