
Una verdadera charla entre amigos
Reflexiones sobre el chat con los lectores de LA NACION
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El chat con los lectores del lunes último estuvo genial. Y estuvo genial gracias a que fue precisamente un chat y, por lo tanto, pareció todo muy desordenado.
Me explico: cuando me preguntaron si prefería una sala más controlada, mi respuesta fue que en un chatroom más estricto sólo pueden hablar algunas personas, aquellas a las que el periodista invitado confiere voz (así se llama en la jerga).
Aunque eso podría ser más organizado, lo cierto es que resulta mucho menos divertido y, además, traza una línea infranqueable entre el invitado y los lectores. Y tal como yo lo viví, fue un honor que tantas personas quisieran acercarse a conversar conmigo, no al revés. A mi juicio, son los lectores los que definen la experiencia de un chat, y por eso todos debían tener derecho de voz.
Dicho esto, y aunque a primera vista la sala controlada podría parecer más eficiente (enseguida diré por qué esto está lejos de ser cierto), mi impresión es que pudimos reproducir la experiencia que se vive en cualquier sala de chat, cualquier madrugada entre amigos.
El tema que elegí para este chat fue, sin duda, demasiado amplio. Y sesenta minutos se pasan volando. Todo eso puede corregirse con cierta facilidad. La sesión en sí fue, para mí, formidable. Y lo fue, en gran medida, porque realmente funcionó como un chat, y no como una conferencia. No hay nada de malo en una conferencia, por cierto, pero tratándose del suplemento Mi PC, era menester respetar la esencia de Internet. Esto es, la participación.
Inteligencia colectiva
En particular, fueron excelentes las acotaciones de varias personas que me ayudaron a ir respondiendo la avalancha de consultas. Esto demuestra, una vez más, que Internet es un ejemplo soberbio de inteligencia colectiva y colaboración.
Con veinte o treinta preguntas por cada diez segundos, era no sólo imposible responder todo, sino también empezar a pensar una respuesta. No digamos tipearla. Pero como todos tenían voz, existió siempre la posibilidad de que se entablaran diálogos en paralelo, por privado o no, y de esa forma hubo mayor eficiencia que la que un solo individuo podría razonablemente conseguir.
Es verdad que, para quienes no están habituados al chat, la dinámica fue, sobre todo al principio, difícil de seguir. Una especie de montaña rusa verbal. Pese a esto, la reunión del lunes último fue una experiencia real de Internet, y no una transcripción de las formas de comunicación analógicas. Recuerdo mi primera experiencia en un chat, hace ya años, y al principio resulta vertiginosa. Pero esa sensación pasa al cabo de unas pocas charlas. En este caso, con un poco más de tiempo y con temas más acotados, el diálogo se ordena solo, como empezó a ocurrir hacia el final, el lunes.
El hecho es que LA NACION LINE supo generar un espacio virtual auténtico y nadie se quedó fuera de la experiencia, más allá de que muchas consultas no pudieron ser contestadas. Al respecto, los lectores saben que pueden enviar sus preguntas a informatica@lanacion.com. Lo que me emocionó, sobre todo, fue el alto grado de interacción, las posibilidades que se abren en esta clase de contacto y, salvo las inevitables excepciones de siempre, el amistoso respeto que reinó durante esa hora. Mi agradecimiento, pues, a todos los lectores que participaron, y también a los que nos escribieron diciendo que no habían llegado a horario.
Se repetirá.
Por Eduardo Dahl
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