Vidas cruzadas: amigos, rivales, empresarios y al final, políticos
Scioli y Macri se conocen desde hace más de 30 años y siempre se tuvieron confianza; en octubre se potenciaron como enemigos para desplazar a Massa
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"Te dije... vamos a llegar nosotros dos." El mensaje ilumina la pantalla del BlackBerry negro de Mauricio Macri. Lo envía Daniel Scioli, desde su iPhone. Es la noche larga del 9 de agosto, y la frase, en modo cómplice, celebra el resultado de las primarias: Sergio Massa queda relegado al tercer puesto, una causa común por la que trabajaron en sigilo.
Un halo de confianza siempre envolvió a los dos candidatos presidenciales que se enfrentarán en el ballottage. Se conocen desde hace más de 30 años, comparten historias y amigos, y, desde veredas políticas opuestas, se allanaron el camino sabiendo que, algún día, el duelo sería uno contra otro.
Subieron a la montaña rusa de los 80 como veinteañeros que disfrutaban de ser hijos de empresarios prósperos. Con dimensiones diferentes: Casa Scioli se posicionaba en la venta de electrodomésticos y Franco Macri tallaba fuerte con Socma. Daniel y Mauricio dieron sus primeros pasos en los negocios familiares, acaso con menos entusiasmo que los que les despertaban otras actividades. Las salidas, por ejemplo.
Un personaje de aquel jet set los arrimó en esas rondas: Adolfo Donati, un bon vivant, de porte distinguido, cabello largo y anteojos enormes. Fue pareja de la actriz Nacha Guevara, aún hoy íntima de Scioli. "Era una especie de playboy, muy carismático, los acercó mucho", relata un testigo. Amigo de Franco, el hombre ofició de celestino de Mauricio al presentarle a Isabel Menditeguy, con quien se casó en 1994 y se separó una década más tarde.
Alfonsín iba por la mitad de su mandato, y Scioli estaba inquieto. Encontró su rumbo en el off shore, "la Fórmula 1 del mar". Esa disciplina lo hizo habitué de Miami y Europa, costas dibujadas de color esmeralda, yates y mansiones de un paraíso exclusivo para millonarios.

Incorporó lo que le faltaba a esa vida de película: la rubia y radiante modelo Karina Rabolini. Se casaron el 10 de diciembre de 1991 y Mauricio estuvo en la megafiesta en el boliche New York City. Desfilaban por la pista Susana Giménez, Alejandro Romay, la "bebota" Adriana Brodsky, los Fassi Lavalle y más. ¿El gran ausente? Carlos Menem. "Estaba en una gira", acota un asistente memorioso.
El menemismo había borrado la frontera entre farándula y política. Todos integraban el mismo mundo de fantasía. Macri y Scioli, admiradores del ex presidente, no tardaron en soñarse como hombres con proyección de poder.
Eran parte de un club de amistades compartidas. Cerdeña era una tierra mágica para ambos, y mucho más pasar el cálido verano europeo allí, en la casona del empresario Giorgio Nocella, casi un hermano para papá Franco y hombre entrañable del propio Scioli. En esa atmósfera inmejorable Daniel confesó su intención de "dedicarse" a la política. Lo escuchaban Francisco De Narváez y su mujer, Agustina Ayllón, y Alejandro Graivier y su esposa, Valeria Mazza. Mauricio, también huésped de lujo, se perdió la revelación por haber apurado su regreso a Buenos Aires, según el libro Scioli secreto, de Pablo Ibáñez y Walter Schmidt.
Para ese entonces, Macri había dejado Sevel para conducir Boca, escapándose de la sombra implacable de su padre. Lo que sigue es historia conocida: con el impulso de su padrino Menem, en 1997 Scioli fue elegido diputado por Capital. Macri tardaría más en ingresar al ruedo.
Match point

Es un domingo raro. Scioli, creyéndose banca, se despierta el 25 de octubre con la ilusión de ganar en primera vuelta y coronarse esa noche. Macri corta clavos para que se cumpla su meta del ballottage. Venían de trenzarse fuerte: el gobernador lo había acusado de "campaña sucia" por la difusión que tuvo su viaje a Italia -con una foto falsa incluida- en plena inundación. Luego apareció el Niembrogate y el complicado fue el líder de Pro.
Ninguno cree del todo los primeros números: el Frente para la Victoria se impone por poco. Cambiemos gana la provincia de Buenos Aires. Son horas dificilísimas para Scioli. Esta vez no hay un cruce de palabras amistosas con Macri. Sólo un pedido: el número de teléfono de María Eugenia Vidal, la nueva jefa de la provincia, a quien llamaría 24 horas después.
Los Kirchner, dueños de una era que está por acabarse, determinaron los senderos de Scioli y Macri. El patagónico los concebía como dos figuras populares en espejo que, con la destreza del demiurgo que pretendía ser, podía moverlos de manera que se neutralizaran. En ese esquema, claro, debía asegurarse que uno de ellos estuviera de su lado.
En 2003, Scioli era la carta más fuerte del PJ para la candidatura a jefe de gobierno porteño. Estaban la fórmula, los afiches, los cargos. Del otro lado, un inexperto Macri se preparaba para la misma competencia. Hasta que Néstor sacó de imprevisto al motonauta de carrera y lo hizo su vice. "El peronismo explotó", recuerda Víctor Santa María, entonces candidato a diputado de una lista que no fue. Se pospuso la fecha de los comicios y Kirchner bendijo a Aníbal Ibarra, en pos de la transversalidad. Macri resultó beneficiario indirecto: una porción del peronismo que tributaba a Scioli se fue con él en un pestañeo, como si fueran lo mismo. En ese peregrinaje caminaron Cristian Ritondo, Diego Santilli y otros, y, al final, la aventura terminó en derrota.
En 2007, por primera vez ambos festejaron triunfos: uno se hizo gobernador bonaerense; el otro, alcalde porteño. Hicieron la promesa pública de trabajar en conjunto una agenda del área metropolitana, pero la primera reacción K volteó el plan. Desde entonces, sus contactos fueron casi siempre reservados.
Obsesivos de la imagen, se nutrieron del mismo gurú. Del acartonado Compromiso para el Cambio, Macri pasó al amarillo estridente, la sigla Pro y el lema "Va a estar bueno Buenos Aires". Una receta de marketing tan tentadora que Scioli no dudó en convencer al publicista Ernesto Savaglio de sumarse a su equipo. Así, obtuvo su naranja y el eslogan "Buenos Aires Activa".
Cuando el "proyecto" ingresaba en el tramo final, el clamor por "Cristina eterna" casi cambia la historia. En junio de 2013 la "alianza tripartita" para decretar el "fin del kirchnerismo" ubicó a Scioli, Macri y Massa en el mismo barco por unas horas. El objetivo de armar una lista legislativa estaba casi cerrado, con negociaciones en La Ñata, Barrio Parque y Puerto Madero. Por desconfianzas mutuas, sobre todo de Scioli hacia Massa, el acuerdo naufragó.
-Vos tenés que estar acá... insistía Macri, pegado al teléfono.
-Este pibe es un irresponsable. Él gobierna un country, pero yo tengo que gobernar una provincia se despegó Scioli.
El kirchnerismo perdió y Massa, el vencedor, sepultó la fiebre reeleccionista. Eso sí: los tres mantuvieron su ambición presidencial y comenzó a girar la rueda de la disputa.
Este año, Scioli y Macri, en una táctica no escrita pero conversada, se potenciaron como enemigos para sacar al tercero en discordia. La famosa polarización. Por chat, en conversaciones telefónicas, cara a cara, como fuera, alimentaron ese nexo político. "Sin intermediarios", aclaran en ambos lados.
Faltan minutos para el debate. En el auditorio de la Facultad de Derecho está todo listo. Millones de personas ya palpitan la pulseada por TV. En un salón detrás del escenario, se cruzan los equipos. Se miran, se miden. Ellos se saludan. Vuelven a ser "Mauricio" y "Daniel", a secas, aunque ya nada está bien entre ellos. Hasta sus mujeres, Karina Rabolini y Juliana Awada, se distanciaron. Ahora sí trepan al ring imaginario. Es la última prueba de fuego antes del veredicto definitivo. Hoy, por puntos o por knock out, el título se lo llevará uno.
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