
Por Cristina L. de Bugatti Para LA NACION
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Caminando por las calles de mi barrio, vivo en Haedo, encuentro algunas sorpresas. En una casa cercana hay un árbol de porte mediano, pero vigoroso, parecido a un paraíso de bello follaje verde intenso. Al fin del verano, tenía racimos de largas vainas curvadas ya secas. Al abrirlas, se veía que estaban repletas de innumerables semillas, pequeñas, aladas. Consulté con el ingeniero agrónomo Juan José Valla, que dijo que se trataba de una radermachera.
No hallé datos en los libros, pero sí en Internet. Allí dice que pertenece a la familia de las bignoniáceas, y ésta es la Radermachera cinica, nativa del sur de China, India y Taiwan. Puede llegar a 8 metros de altura y tiene follaje permanente. Forma inflorescencias en panículas terminales; las flores son blancas amarillentas, de 8 cm de largo y lóbulos redondeados. Es muy utilizada como planta de interior, pero en clima suave se cultiva como arbolito. Va bien al sol o con media sombra; requiere riego cuando hay sequía, o puede desfoliarse. Sembré las semillas y nacieron en multitud.
Por la misma vecindad hay en la calle dos ejemplares de Firmiana platanifolia, llamada parasol de China, que si bien se puede encontrar en Buenos Aires, no es común. Se trata de un árbol de buen porte, de hojas caducas, grandes, con largos pecíolos. Las flores blancas amarillentas, en racimos, no son notables, pero luego los carpelos parecen hojas secas, rígidas, curvadas como navecitas con semillas adheridas a los bordes. Se reproduce por semilla.
Otro árbol destacado en mi barrio, no muy común, es el Liriodendron tulipifera o tulipanero de Virginia, de origen norteamericano, de gran porte, curiosas hojas caducas que se parecen a las del plátano, pero con el vértice truncado. Las flores se parecen a los tulipanes, son bonitas, verdosas, con destacadas manchas anaranjadas en la base. Se reproduce por semillas.
Estos ejemplares están en un radio de seis cuadras. Lo cuento para valorizar la gran amplitud de posibilidades que ofrecen nuestro clima y nuestro suelo. Aquí hay plantas de los más diversos orígenes, y suelen ser aficionados y viajeros los que traen semillas o gajitos que prosperan espléndidos. Tanta fertilidad tiene sus riesgos, pues la bella flor puede convertirse en plaga, pero ¿quién se resiste?





