Dos hermanos arquitectos transformaron la casa que construyó su madre
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En Villa Devoto, un barrio históricamente asociado a la vivienda unifamiliar y a una escala residencial definida, el Edificio Cervantes se inscribe en un debate urbano cada vez más presente: qué hacer con las casas en buen estado que, presionadas por la lógica del valor del suelo, suelen ser demolidas. En un contexto donde cada metro cuadrado se vuelve un activo financiero y la identidad barrial queda relegada, este proyecto propone una alternativa concreta basada en la transformación, la reutilización y la adaptación de lo existente.
La intervención parte de una vivienda unifamiliar construida en los años 90, un chalet típico de Devoto proyectado por la madre de la familia, de profesión arquitecta. En esa casa se criaron cuatro hermanos y se desarrollaron distintas etapas de la vida familiar. Con el tiempo y la independencia de los hijos, la vivienda de casi 450 m² quedó sobredimensionada y difícil de sostener. “Esta casa nos permitía aprovecharla y sobrevivirla”, explica uno de los hijos, el arquitecto Federico Grizzo, quien junto a su hermana Lucila, también arquitecta, estuvo a cargo del proyecto.

La decisión fue evitar la demolición y avanzar con una reconversión integral que permitiera transformar la casa en un edificio de usos mixtos. Sin embargo, el desafío central fue lograr que el conjunto funcionara como un edificio contemporáneo sin perder la lectura de la vivienda original ni su vínculo con el barrio. “Fue un trabajo complejo hacer un edificio sin borrar la casa”, resume Grizzo.
Por su parte, el proyecto atraviesa a sus autores desde dos dimensiones complementarias. Por un lado, la identidad del barrio en el que nacieron y por otro, la casa en la que se criaron. A pesar de esto, el fuerte valor sentimental no fue un límite, sino un punto de partida para ensayar nuevas morfologías, experimentar con la materialidad y combinar distintos sistemas constructivos. El resultado no solo refleja la arquitectura que buscan como estudio, sino que “se convirtió también en la carta de presentación de Grizzo Studio”, afirma el arquitecto.

Transformar sin tirar abajo
El Edificio Cervantes se organiza a partir de la escalera central de la casa original, que se conserva y se consolida como el núcleo vertical del conjunto. A partir de ese elemento, se reorganizan los distintos sectores y se incorpora un ascensor, lo que permite que el edificio funcione con la lógica de una construcción contemporánea. “Fue un tremendo trabajo hacerla funcionar como edificio, aprovechar la escalera del medio y sumar el ascensor”, explica Federico Grizzo, sintetizando una de las decisiones estructurales clave del proyecto.
De ese modo, la antigua vivienda unifamiliar se transforma en un edificio de cuatro unidades: la casa de los padres, que conserva el jardín; un estudio de arquitectura; un consultorio odontológico; y un departamento en el último nivel.

Desde el inicio, la intención fue clara: preservar la identidad original de la casa y, al mismo tiempo, dejar visible la intervención contemporánea. “La idea del proyecto fue que se notara la intervención de la nueva camada de arquitectos, pero siempre dejando las dos lecturas: el cubo nuevo y la fachada original”, señala Federico.
En ese sentido, el proceso estuvo atravesado por un fuerte componente familiar. “Siempre hubo un gesto de respeto por la casa”, remarca. Lo más complejo, explica, fue, al comienzo, lograr consenso puertas adentro, “pero cuando les mostramos a mis padres lo que les iba a quedar, aceptaron”, añade.
La clave estuvo en ofrecer nuevas unidades que mantuvieran una escala doméstica reconocible. “Los nuevos ambientes tienen el mismo tamaño y les dimos a nuestros padres la posibilidad de hacer su casa desde cero”, agrega. Una vez aprobado el rumbo general, el estudio tuvo libertad total para avanzar con el diseño de la fachada y su remodelación.
La casa, de abajo hacia arriba
El proceso de obra comenzó antes de la pandemia, se interrumpió durante ese período y se completó tras un año y medio de trabajo. Ese tiempo extendido terminó reforzando una de las ideas centrales del proyecto: transformar sin demoler. Las decisiones tomadas durante la obra apuntaron a preservar la mayor cantidad posible de elementos originales y a resignificar aquello que debía retirarse.

El ladrillo visto de los canteros se mantuvo tal como estaba, al igual que las tejas originales. Incluso estas últimas, al desmontarse parcialmente, volvieron a incorporarse al edificio: con ellas se construyó un banco que atraviesa el acceso, una pieza que sintetiza la lógica de preservar y dar nuevo uso a lo poco que se quitó.
“Es interesante que no exista la necesidad de tirar abajo una casa de esa época por no saber cómo reconvertir la forma de vivir”, reflexiona Federico. Desde su mirada, adaptarse a nuevas dinámicas no implica romper la estructura original ni resignar identidad barrial, sino entender cómo reprogramarla. Esa postura atraviesa todo el edificio y se expresa tanto en las decisiones estructurales como en la organización de los espacios.
El conjunto se distribuye en cuatro unidades bien definidas. En planta baja y primer piso se desarrolla la vivienda de los padres, que conserva el vínculo directo con el jardín. Allí se eligió una lógica opuesta a la de los espacios profesionales: una paleta clara, basada en blancos y madera, y una organización que busca condensar en 200 m² los usos que antes se distribuían en una casa de 450 m².
Para lograrlo, la planta baja se resolvió como un gran espacio integrado de living, comedor y cocina, vinculado al exterior mediante un ventanal de siete metros que se oculta dentro de los muros laterales y permite integrar completamente interior y jardín. En la planta alta se organizan tres dormitorios, dos baños y una terraza.



En el segundo piso se ubica la clínica odontológica de una de las hijas, con recepción, sala de espera, tres consultorios y laboratorio. Todos los ambientes cuentan con iluminación y ventilación natural y se resuelven con una paleta neutra de blancos y grises, en continuidad con el criterio general del edificio, pero ajustada a las exigencias específicas del uso sanitario. La elección material busca acompañar el funcionamiento sin perder coherencia con el resto del conjunto.
El primer piso, en cambio, alberga el estudio de arquitectura de los otros dos hijos y concentra una de las operaciones más expresivas del proyecto. Ubicado al frente, funciona como carta de presentación tanto profesional como personal. “Es donde más trabajo hubo; el techo del estudio terminó siendo nuestra fachada”, explica Grizzo. A través de los grandes ventanales que dan a la calle, el espacio interior pasa a formar parte de la imagen urbana, reforzando la idea de continuidad entre fachada y construcción.


El elemento central es el cielorraso curvo de ladrillo, iluminado de manera rasante, que cubre todo el estudio y actúa como una verdadera “quinta fachada”. Ese recurso permite unificar un espacio de superficie acotada, organizado con mesas de trabajo y estanterías cargadas de muestras y maquetas. “Cuando uno pasa por la calle entiende que ahí hay algo que no es una simple vivienda”, señala el arquitecto.
En términos de materialidad, el edificio trabaja con un concepto general que se adapta según los usos. Mientras que la vivienda de los padres y el consultorio adoptan una paleta más clara —una decisión consensuada con su madre y la hermana odontóloga—, los sectores que dan al frente se resuelven con una materialidad más oscura y expresiva. Esa lógica se refuerza en el estudio, donde el ladrillo y la chapa negra del exterior se traducen hacia el interior en tonos intermedios de gris.
La ausencia de un cliente externo habilitó, además, un margen poco habitual para experimentar. “Aprovechamos que no teníamos que convencer a nadie para probar”, cuenta Grizzo. De allí surgen las distintas texturas en paredes y cielorrasos y piezas singulares como la mesa de la sala de reuniones, realizada a partir de una losa de hormigón que transiciona desde un hormigón picoteado hasta uno pulido. Más que un mueble, funciona como un ensayo material dentro de la obra.
En el tercer y último nivel, el proyecto vuelve a apoyarse en la memoria. Allí se desarrolla la vivienda de Federico, en el antiguo altillo de la casa. “Era el lugar donde nos juntábamos con mis amigos de la facultad a preparar entregas”, recuerda el arquitecto. A partir de ese techo a dos aguas, el objetivo fue condensar en menos de 50 m² todas las cualidades de una casa. Para lograrlo, se abrieron los techos para generar terrazas, se trabajó el tiraje para incorporar una chimenea y se sumaron parrilla, ventilación cruzada y visuales abiertas. “Entre eso y las vistas hacia todos los lados, el departamento adquiere una personalidad mucho más de casa”, explica. El dormitorio se resolvió en un entrepiso, recuperando parte del espacio perdido y reforzando la sensación de doble altura.

La coherencia material se mantiene también en este nivel. Mientras que el exterior conserva el ladrillo como material predominante, el interior se resuelve con una atmósfera controlada y monocromática. “No quería un espacio con cambios de materialidad; por eso mantuve el revoque sin combinarlo con el ladrillo, lo que le da una atmósfera pareja. Somos bastante monocromáticos en los proyectos”, afirma Grizzo. La iluminación acompaña esa decisión: “No hay rebote de luz, salvo por la lucarna, que resalta las texturas con luz natural”. En la misma línea, agrega: “La iluminación está orientada a los materiales y no al espacio; se busca destacar el techo de madera, las texturas y los revoques”.
Mirado en perspectiva, el Edificio Cervantes dejó algo más que una obra terminada. “Creo que lo que más nos dejó fue la libertad de estar en constante exploración”, reflexiona Grizzo. Poder probar, ajustar y volver a pensar desde la obra modificó la forma en que el estudio encara sus proyectos. “Cada prueba que hicimos nos permitió mejorar el producto. Experimentar desde la obra es algo que antes no nos pasaba”, concluye. En ese cruce entre memoria, técnica y ensayo, el edificio funciona no solo como vivienda y lugar de trabajo, sino también como un aprendizaje.









