
Con insumos básicos de ferretería, el arquitecto convirtió un bungalow en una obra emblemática del deconstructivismo y la eligió como su vivienda
5 minutos de lectura'

Frank Gehry es recordado sobre todo como un arquitecto de grandes escalas, famoso por el carácter lúdico de edificios emblemáticos como el Museo Vitra en Alemania, el Guggenheim en España o la sala Disney en Los Ángeles. Gehry, fallecido la semana pasada a los 96 años, fue un pionero de un lenguaje basado en formas curvas superpuestas de maneras que antes parecían imposibles. Encontraba inspiración en las líneas de los peces, en guitarras rotas y en los pliegues del cuerpo humano.
Pero entre tantos destellos de fama suele quedar relegada una de sus primeras grandes obras: la casa que tuvo en Santa Mónica, un modesto bungalow rosado que compró en 1977 y transformó en uno de los primeros íconos del deconstructivismo. Con apenas US$50.000 de presupuesto, Gehry recurrió a materiales inesperados —alambrado, madera contrachapada y bloques de cemento—, el tipo de insumos económicos que de niño veía en la ferretería de su abuelo en Toronto.

“Antes de la celebridad y de los proyectos deslumbrantes, fueron las cosas de la vida cotidiana las que lo convirtieron en un arquitecto verdaderamente innovador”, señaló Brian Goldstein, historiador de la arquitectura en Swarthmore College, cerca de Filadelfia, y autor de The Roots of Urban Renaissance.
A fines de la década de 1970, Gehry y su esposa, Berta Aguilera, vivían en un departamento en Santa Mónica. Cuando Aguilera quedó embarazada de su segundo hijo, decidieron que necesitaban una casa y encontraron un bungalow de dos pisos en un lote en esquina por US$160.000. Había sido construido en la década de 1920 y tenía tejas de asbesto. Gehry lo describiría más tarde como una “casita tonta pero con encanto” y también como una “dulce casita que a todo el barrio le caía bien.”

Dijo a la autora Barbara Isenberg, en su libro de 2009 Conversations With Frank Gehry, que tuvo la idea de construir “una casa nueva alrededor de la casa vieja”.
La pareja no tenía mucho dinero en ese entonces, pero Gehry se puso manos a la obra. Rodeó la estructura con chapas acanaladas y agregó tramos de alambre tejido que parecían crecer desde lo alto. Los paneles de vidrio sobresalían en ángulos inusuales. Un muro de bloques de cemento pintado en color aguamarina delimitaba el jardín. En el interior, el piso de la cocina era de asfalto.
La estructura —una casa dentro de otra— tenía dos puertas de entrada; era posible estar dentro y afuera al mismo tiempo. El arquitecto Philip Johnson dijo a The New York Times en 1982 que lo extraordinario de la casa era “cuando estás en el comedor nuevo y alguien se asoma por la ventana de la casa vieja, y pensás: ‘Caramba, creía que estaba adentro, pero ahora veo que estoy afuera, y esa persona me mira desde la ventana’”.

Y agregó: “No se trata de belleza ni de fealdad, sino de una satisfacción inquietante que no se encuentra en ningún otro espacio, en ningún arquitecto del mundo”.
Al final, la casa parecía algo construido con los restos de una ferretería. Ningún barrio suburbano había visto algo parecido. “Los vecinos se enojaron muchísimo”, contó Gehry en una entrevista de 2021. Uno de ellos incluso intentó demandarlo.
Pero para Gehry, la casa representaba una libertad creativa que no siempre tenía en tiempos de poco presupuesto. No había un cliente al que complacer ni plazos que cumplir. Desestimó las quejas de los vecinos y siguió adelante. “No soporto la hipocresía de una situación en la que todas las casas de la cuadra tienen un tráiler, un camión o un bote estacionado en la puerta, pero cuando alguien coloca un poco de alambre tejido, arman un escándalo”, dijo a The Times en 1982.

Independientemente de lo que pensara el vecindario, el proyecto —y el desconcierto que generó— situó a Gehry como un talento travieso y renovador. La historiadora de la arquitectura Beatriz Colomina llegó a llamarla “la casa que construyó a Gehry”. Era una ruptura con las formas y líneas convencionales, una declaración del espíritu inconformista que impulsaría su fama en las décadas siguientes.
Pero el edificio no era solo un manifiesto. Gehry y su familia vivieron allí durante décadas, y a medida que la vida doméstica cambiaba, él no tenía reparos en modificar lo que hiciera falta.
“Quería una ventana en el baño, así que agarré un martillo e hice un agujero en el techo”, contó a Isenberg en su libro de 2009. “Luego puse un vidrio en el techo exterior, bien sellado para que no se moviera ni filtrara agua. Así quedó la ventana del baño. Se hizo así, simplemente.”

En la década de 1990, cuando ya tenía más recursos, Gehry volvió a renovar la casa: agregó una piscina y actualizó el techo, la iluminación y el sistema eléctrico. “Se hicieron muchas cosas que desarmaron aquella casa original, y la perdí”, confesó en el libro. “Ahora solo quedan rastros de la fuerza que tenía antes, pero ya no es tan buena casa. No es tan buena obra de arte, si querés llamarla arte, como lo fue en la primera versión.”
Con el tiempo, Gehry se mudó a otra vivienda en Santa Mónica, un proyecto que diseñó junto a su hijo, Sam. Aun así, el bungalow rosado que él mismo distorsionó y reinventó sigue en pie como una pieza esencial de su obra y como un gesto de rebeldía arquitectónica.
“Además de cuestionar la idea misma de lo que significa una casa”, señaló Goldstein, “fue también una manera de cuestionar el elitismo y esa noción de que para crear algo extraordinario uno debe ubicarse por encima de los demás.”
1- 2
El príncipe Harry, Meghan y sus hijos regresan al Reino Unido por primera vez en cuatro años y se alojarán en una propiedad de la familia real
3El impuesto oculto del que nadie habla y encarece los departamentos nuevos
4Cuánto gana el encargado de un edificio y qué porcentaje de las expensas representa
