Abrió en 2019 sobre una cabecera de la línea H del subte y atravesó el golpe de la pandemia y cambios de formato; hoy apuesta por eventos al atardecer con una programación diversa
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El bar abrió en marzo de 2019, en un punto singular de la ciudad, junto a la estación de la línea H del subte y al lado de la Facultad de Derecho, y casi de inmediato tuvo que redefinirse. “Abrimos en 2019 y al toque nos agarró la pandemia”, resume Marcelo “Chelo” Lanusse, que habla de Ache Paraje como quien describe un proyecto que se fue armando sobre la marcha, empujado tanto por la intuición como por las circunstancias.
Lo que en un comienzo había surgido con la idea de aprovechar el movimiento universitario y funcionar como algo más que una mera cervecería, terminó encontrando su identidad en la intemperie, en la plaza y en el aire libre.

Ese cambio forzado, asegura, fue decisivo. “Antes no valorábamos tanto el espacio abierto, pero la pandemia nos hizo dar cuenta de la importancia de la terraza, el patio y el estar afuera”, cuenta. En medio de las restricciones, cuando la gastronomía porteña atravesaba su momento más incierto, Ache encontró una ventaja en esa ubicación a cielo abierto que antes era apenas una característica más. Para Chelo, ahí empezó a tomar forma el perfil del lugar: un bar con música, gastronomía y circulación de propuestas diversas, más cerca de una experiencia amplia que de un formato rígido.
El debut, recuerda, tuvo una escala llamativa para un proyecto que recién empezaba. “Debutamos con un evento para las Naciones Unidas, un congreso del G20 que se hizo acá en el Centro de Convenciones”, dice. Ese arranque le confirmó que había margen para pensar el espacio de una manera flexible, con usos múltiples y un flujo de público que no se limitara a la lógica del consumo ágil. Sin embargo, poco después llegó el tiempo de improvisar para sobrevivir. “Hicimos de todo. Cuando podíamos, abríamos y le buscábamos la vuelta”, recuerda sobre aquellos meses de horarios recortados, aperturas parciales y un negocio obligado a adaptarse semana a semana.

De la plaza al formato sunset
Marcelo evita encasillar a Ache en una etiqueta demasiado solemne, aunque reconoce que el lugar fue ampliando su radio de acción. “No quiero decir que es un ‘espacio cultural’ porque suena trillado, pero es un lugar donde hay propuestas diversas”, explica. Esa amplitud se refleja en la programación: ciclos de miércoles a domingo, DJs, bandas, stand-up, obras, pintura y hasta un escenario montado arriba de un árbol. En los últimos años, por el lugar pasaron nombres como Estuca, de Los Violadores, y Fernando Ruiz Díaz, de Catupecu Machu.

Hoy el foco está puesto en otro horario. Si durante una etapa la noche larga era parte central de la identidad del lugar, ahora Chelo prefiere hablar de un formato sunset. “Nos estamos enfocando más en las tardes”, dice. La idea es arrancar entre las 17 y las 18, aprovechar la salida de la facultad y extender la actividad hasta la medianoche o la 1, según el día. El corrimiento no es menor: también supone una relectura del público y de la energía buscada. “Antes seguíamos hasta más tarde, pero ahora apuntamos a un público que disfrute la tarde”, señala.
Ese público también fue mutando. En el arranque, la cercanía con la Facultad de Derecho le daba al bar un perfil mucho más universitario. Con el tiempo, el espectro se amplió y hoy conviven distintas escenas según el día. “Los miércoles, jueves y viernes tenés público de la facultad, pero los sábados y domingos es gente totalmente ajena”, explica. La franja etaria, agrega, se mueve entre los “25 largos” y los 40 o 45 años, según el ciclo.

La programación semanal acompaña esa lógica diversa. Los jueves aparecen con la cumbia de Diamante Bailable; los viernes se mueven entre pop, rock y cumbia; los sábados se inclinan por la electrónica; y los domingos toman un tono más relajado, de “antidomingo”, para un público más grande, abierto y con un clima especialmente amigable con la comunidad LGBTIQ+. “Es muy ecléctico; un mediodía puedo tener un congreso con 500 médicos comiendo acá y a la noche una fiesta”, sintetiza.
Hay, además, un rasgo que Marcelo subraya como parte del ADN del lugar: el acceso libre. “Este es un espacio gratis para todo el mundo”, remarca. En esa gratuidad, combinada con precios más bajos que los de muchos boliches, Ache construyó también una identidad popular y de volumen. La lógica, según explica, no es la de una sala cerrada con ticket de ingreso, sino la de una plaza activada con propuestas y circulación constante.
Street food, cerveza y fernet

La oferta gastronómica acompaña ese esquema de movimiento rápido y vida al aire libre. Chelo cuenta que se apoyó en su experiencia previa con food trucks en Olivos para armar una carta de impronta callejera. “Me enfoqué en el street food”, dice. Ahí entran la bondiola braseada, la colita de cuadril al malbec desmenuzada, pinchos de pollo, sándwiches, panchos con salchicha alemana y hamburguesas. Como el espacio no tiene fuegos, toda la cocina se resuelve con electricidad, una decisión práctica y funcional a la dinámica del lugar.
En la barra, la ecuación es más directa. “Lo que más sale es la cerveza y el Fernet; son el uno y dos clavados”, afirma. Después aparece el gin. El contexto de plaza, además, define otras decisiones, como el uso de vasos descartables de plástico de medio litro.

El nombre del lugar también nació de esa geografía inmediata. “Salió porque estamos en la puerta de la línea H del subte”, cuenta. De ese modo, una modesta letra terminó convertida en marca.
En su mejor momento, Ache llegó a mover multitudes. Marcelo no se detiene demasiado en ese récord, aunque admite que hubo noches de enorme convocatoria. Señala una paradoja: a veces el fin de mes les rendía mejor, porque cuando parte del público no podía pagar la entrada de un boliche, elegía pasar por Ache.
Lanusse habla de una adaptación más dentro del oficio de emprender. “Es parte del juego de emprender en Argentina; un día estás arriba y otro abajo. Hay que seguir”, dice. Y aunque no reniega del pasado más nocturno, admite que el nuevo esquema también le trajo otra clase de bienestar. “Este formato de tarde que encontramos ahora me gusta; vuelvo a casa a las 2 de la mañana y me siento otra persona, con más energía que cuando volvía a las 6”.
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